El 19 de abril de 1943 marcó el inicio de una insurrección que no fue un estallido espontáneo sino la respuesta organizada de una comunidad que se enfrentaba a un proyecto estatal e industrial de exterminio. La invasión alemana de Polonia en setiembre de 1939 abrió un periodo de ocupación que, bajo la lógica del nazismo, convirtió el antisemitismo en política de Estado: deportaciones masivas, guetos, y la puesta en marcha de campos de exterminio como Treblinka y Majdanek. En ese marco, el gueto de Varsovia se transformó en un espacio de hacinamiento, hambre y muerte administrada. El levantamiento fue la decisión colectiva de oponerse a la deportación final y a la aniquilación sistemática de la “cuestión judía”, junto a la persecución de otros grupos considerados “indeseables”. En síntesis, los grandes hechos que anteceden y definen el 19 de abril fueron la rápida derrota de Polonia en 1939 y la instauración del gobierno general; la segregación y concentración de la población judía en el gueto de Varsovia; las sucesivas oleadas de deportaciones que vaciaron barrios enteros; y la implementación de la “solución final”, siendo las redadas operaciones de exterminio. Frente a esa ofensiva, surgieron organizaciones clandestinas que decidieron organizarse para resistir.
Las semanas y días previos al 19 de abril estuvieron marcados por una tensión creciente y por una preparación metódica. Dentro del gueto se tejieron redes de solidaridad y de resistencia: comités de ayuda, canales de contrabando, redes de rescate de niños, y células políticas que compartían información y recursos. Se adquirieron armas por vías clandestinas, se construyeron búnkeres y refugios subterráneos, se improvisaron túneles y se organizaron puntos de encuentro. Estas tareas no fueron improvisaciones aisladas sino el resultado de meses de trabajo clandestino y de deliberación política: la decisión de resistir fue tomada con plena conciencia de las mínimas probabilidades de supervivencia, con la conciencia de que la dignidad y la memoria exigían sería el mejor legado para las futuras generaciones.

El levantamiento fue coordinado por dos formaciones principales: la Organización Judía de Combate (ŻOB) y la Unión Militar Judía (ŻZW). En ese entramado organizativo emergió con fuerza un liderazgo joven y colectivo. Muchos de los cuadros dirigentes procedían de movimientos juveniles y de la vida cultural y política previa a la guerra; su experiencia en organización, su energía y su capacidad de movilización fueron decisivas para convertir la indignación en estrategia. Mordejai Anielewicz, joven dirigente de la ŻOB, se convirtió en figura central: no solo por su papel en la coordinación militar y en la comunicación entre células, sino por su capacidad para articular la dimensión ética de la revuelta. Anielewicz y sus compañeros entendieron la resistencia como una obligación política y moral: organizar la defensa, proteger a los civiles y preservar testimonios frente al intento de borrado.
El liderazgo de Anielewicz no fue un liderazgo aislado ni personalista; fue representativo de una generación que asumió responsabilidades colectivas. Desde el cuartel general de la ŻOB en la calle Miła 18 se intentó coordinar la defensa, distribuir armas escasas, y mantener la moral de una población sometida. Cuando ese búnker fue finalmente descubierto y asaltado en mayo, la muerte de Anielewicz y de muchos de sus compañeros se convirtió en símbolo de la entrega y del sacrificio de una generación que prefirió la resistencia a la sumisión.
Es imprescindible destacar el papel activo y equivalente de las mujeres en la revuelta. Las muchachas del gueto participaron de igual a igual: combatieron en las barricadas, actuaron como mensajeras y enlaces entre células, organizaron redes de ayuda y escondieron a niños y ancianos. Su trabajo logístico, obtención y ocultamiento de alimentos, gestión de refugios, transporte de armas y mensajes, fue tan decisivo como la acción armada. Los testimonios recogen nombres y rostros femeninos en primera línea; su presencia desmonta la idea de una revuelta exclusivamente masculina y subraya la naturaleza civil y comunitaria del levantamiento.

El 19 de abril, cuando las tropas alemanas entraron con la intención de completar la limpieza del gueto, la respuesta fue inmediata: disparos desde azoteas y ventanas, barricadas improvisadas, y la activación de refugios subterráneos. La sorpresa inicial obligó a los atacantes a cambiar de táctica; bajo el mando de Jürgen Stroop la reacción alemana se volvió sistemática y brutal: incendios para expulsar a los escondidos, demoliciones casa por casa y asaltos dirigidos a borrar físicamente el espacio del gueto. La lucha urbana se prolongó casi un mes y terminó con la destrucción de gran parte del barrio, la muerte de miles y la deportación de muchos más a los campos. Militarmente la revuelta fue aplastada, pero quedó la dimensión moral de aquellos valientes. Fue una decisión ética y política: resistir para proteger a otros, para preservar la memoria y para afirmar la dignidad humana frente a la barbarie. El levantamiento expone la verdadera naturaleza del proyecto nazi y, al mismo tiempo, deja un testimonio de coraje, solidaridad y humanidad que desafía la lógica homicida del régimen.
Conmemorar hoy aquel 19 de abril es honrar una elección por la vida en la hora más oscura de la humanidad: honrar la organización y el sacrificio de quienes resistieron, reconocer el liderazgo joven y colectivo, con Mordejai Anielewicz como emblema, y reivindicar la participación plena de las mujeres como actores centrales de la revuelta. Mantener viva esa memoria es una obligación ética que nos exige combatir el antisemitismo, el racismo y cualquier forma de deshumanización. Una obligación ética que constituye hoy el mismo desafío.
Pero no es un día ni un acto para repetir mecánicamente unas palabras que parezcan sentidas y profundas.
El mundo vive una escalada de odio, autoritarismo belicista y muerte, que se nos ha colado impulsada por unos aventureros irresponsables que, aupados en un ciclo de concentración de la riqueza y del poder, están destruyendo las democracias.
En el recuerdo de aquellos héroes de Varsovia, las conciencias libres del mundo deben volver a levantar las banderas de paz y democracia. Y como entonces entonar el himno de los partisanos… “No es un canto alegre, es canto de fusil / no es tampoco pájaro de libertad / es canción de un pueblo obligado a sufrir / que con sangre y plomo el verso escribirá”.
Del ejemplo de aquellos judíos y judías, solo partidarios de la vida, como cada 19 de abril, tomamos ejemplo y admiración, al ratificar nuestro compromiso con la vida y por la paz.

