Susana Fortunatto Llambías creció jugando en las calles del barrio del puerto, fue deportista, se recibió de maestra siendo muy joven y dedicó buena parte de su vida a enseñar y acompañar a niños y adolescentes. A los 72 años y a casi tres años de jubilada, mira para atrás y encuentra una vida de la que se siente feliz y sin cuentas pendientes, según contó a Pasividades.
Susana nació en 1953, en medio de una creciente del río Uruguay, según le contaron sus padres. “Porque yo nací en calle Colonia, sería hoy la costanera, ya no existe más”, indicó.
De aquella infancia recordó la libertad de jugar afuera, rodeada de otros niños. Iban a pescar, jugaban a la escondida, a la mancha y aprovechaban hasta el carro de un vecino que repartía hielo para hacer paseos. “Fue un barrio precioso, el puerto es un hermosísimo barrio para vivir, para jugar”, aseguró.
Su padre era repartidor de cerveza Salus y su madre, ama de casa. Más adelante ambos trabajaron en el Club Remeros.
Desde temprana edad, el deporte fue una de sus pasiones. Pero en su casa había una condición clara: “vos querés hacer deporte, tenés que estudiar”. Y así lo hizo. Nadó, jugó al voleibol e integró planteles y selecciones. “Yo nunca practiqué ningún deporte por practicar, siempre practiqué en forma competitiva”, afirmó.
Cuando cursaba cuarto de liceo, surgió un concurso de Radio 35 llamado “Cante, gane y viaje con los Iracundos”, que despertó el interés de toda la ciudad. Alentada por sus seres queridos, se presentó y ganó.
“Todo ese cuarto viajamos, 23-24 alumnos”, contó y recordó que cruzaron hacia Concepción del Uruguay en lancha para luego iniciar el viaje hacia Córdoba. Pero antes de disfrutar de aquella inolvidable experiencia, dio la prueba para ingresar a Magisterio. “Con 16 años entré a Magisterio. Ingresamos en esa primera tanda unos 70”, contó y agregó: “la mayoría de nuestro grupo con, excepción de 4 creo, nos recibimos en diciembre con 19-20 años”.
LA MAESTRA Y SUS PRIMEROS DESTINOS
Uno de sus primeros destinos fue Tambores. La experiencia comenzó con una anécdota que todavía recuerda: el primer día se quedó dormida y tuvo que salir corriendo junto a su padre para alcanzar el ómnibus de Copay que partía a las cuatro de la mañana. “Yo vivía en calle Florida y 19, corriendo con mi papá con lo que nosotros suponíamos que era necesario e indispensable para ir a ese lugar, en el que te quedabas toda la semana. Llamamos a Copay y nos esperó. En Felippone y Florida el ómnibus esperándonos y yo subiendo llena de vergüenza porque ese mismo día viajaba la inspectora para Tambores”, relató.
Pero de Tambores quedaron, sobre todo, los afectos. Durante su estadía vivió con un matrimonio mayor que “para mí fueron esa familia hermosa que uno tiene a muchísimos kilómetros, que tuve la suerte de verlos envejecer y tuve el placer de irlos a visitar después cuando yo ya era casada y tuve a mis hijos”, comentó. Trabajó también en Piedra Sola y Quebracho. Para quienes fueron sus alumnos, el paso del tiempo no borró el vínculo. Algunos continúan comunicándose con ella aún hoy.
MUCHO MÁS QUE ENSEÑAR
En 1989 comenzó a trabajar en el INAU y pasó por distintos centros hasta que se jubiló en 2023.
Al consultarle cuál fue su rol en esta institución, respondió: “el mismo, yo nunca trabajé de otra cosa que no fuera de maestra”.
“Con esos gurises tenés que hacer lo mismo que hacés en la escuela, tenés que enseñar, tenés que educar, tenés que aprender, tenés que ponerle el hombro, tenés que darles la mano, tenés que escucharlos, tenés muchas cosas por hacer”, agregó.
Y para sintetizar esa labor, resumió: “En el INAU vos pasás a ser maestra mamá, y en la escuela vos sos la maestra”. Sobre su paso por el Hogar de Varones, recordó que “cada adolescente ingresaba con una característica diferente, desde un lugar distinto, con un pasado distinto, con un presente desafiante”.
Algunos hoy tienen alrededor de 50 años, formaron sus familias y hasta son abuelos. Sin embargo, continúan escribiéndole, llamándola o visitándola. “Para ellos sigo siendo la maestra, nunca me dijeron Susana”, dijo.
UNA JUBILACIÓN SIN RELOJ
Susana se retiró a los 70 años, el mismo 29 de octubre en que cumplía años. Mañana se cumplen tres años. Después de una vida laboral extensa, “nunca imaginé que la jubilación iba a ser una cosa hermosa, no sabía yo que iba a ser tan buena, porque en mi casa no hay ni reloj, ni calendario”, expresó.
Es viuda y vive con sus dos hijos, María y Gerardo, en lo que definió como un “bonito hogar”. Le gusta estar en su casa y disfruta de cuidar sus plantas, atender a su perra, alimentar a los gatos de la calle, recibir a los perros de los vecinos, mirar Netflix y, también, de la estufa a leña.
Un ACV la obligó también a reconsiderar su vida y su físico, “y lograr que nuevamente todo mi cuerpo estuviera activo”. Hoy prefiere los paseos cortos y dejó atrás las ganas de viajar. Después de tantos años trabajando con personas, reconoció además el desgaste que implica una tarea en la que es difícil llegar a casa y desconectarse completamente.
De aquellos años conserva una frase que la ha acompañado durante buena parte de su vida: “Criticar sin proponer es agredir”. Para ella, frente a un problema hay que intentar encontrar una solución antes de cuestionar.
UN LIBRO SIN CUENTAS EN ROJO
Cuando repasa sus elecciones no aparecen cuentas pendientes. “No estoy arrepentida”, resumió al recordar sus decisiones.
“Una persona feliz, sumamente feliz”, respondió al preguntarle cómo se define al repasar su historia. Y enseguida aparecen su familia, su vocación y Germán, su esposo: “Me casé con el amor de mi vida”.
Al resumir sus ya casi 73 años, concluyó: “Si yo tengo que cerrar el libro de cuentas hoy, no tengo rojo”.



Sé el primero en comentar