Andrea, la niña que nació para desafiar al mundo

Hija, hermana, madre, trabajadora y soñadora. Andrea Yanet Pruzzo Murieda aprendió desde pequeña a convivir con una parálisis cerebral espástica, a buscar alternativas para desenvolverse y a defender sus decisiones. Su historia está atravesada por el amor de su familia, las dificultades para acceder a la educación, el deseo de trabajar y la necesidad de demostrar que una discapacidad no define todo lo que una persona puede ser.



Un nacimiento con complicaciones

Andrea nació el 16 de enero de 1994, en el Hospital Escuela del Litoral. Hija de Juan Carlos “Tano” Pruzzo y Silvia Murieda, pesó 2,600 kilos. Tiene tres hermanos: Luis, Stephani y Carlos, a quien todos conocen como Carlitos.
Silvia es hipertensa y sus partos anteriores habían sido asistidos. Pero Andrea, quizás anunciando desde el primer instante que decidiría por sí misma cómo transitar la vida, no esperó al médico. Nació antes de tiempo, con una doble circular de cordón alrededor del cuello y dificultades para recuperar el color después del parto. “Cuando nació, en lugar de ponerla en la incubadora con oxígeno, me la dieron a mí. Estaba morada y le costó recuperar el color”, recuerda su madre. Andrea nació alrededor de las seis de la tarde y, a las diez de la noche, ya estaba en su casa. Desde entonces, la familia comenzó a buscar respuestas. El primer médico les indicó que estuvieran tranquilos, pero Silvia sentía que algo no estaba bien. “Esa misma semana me di cuenta de que no tragaba. Yo preguntaba, insistía y consultaba a todos los médicos. Les decía que ya tenía otros gurises y que esto no era lo mismo. A Andrea le costaba tragar, le costaba todo y quedaba muy durita cuando la vestía”.

Durante los primeros meses, las respuestas no llegaban. Silvia cambió varias veces de médico hasta encontrar profesionales dispuestos a escucharla y estudiar qué le sucedía a su hija. Los doctores Grillo y Finozzi le indicaron que viajara inmediatamente a Montevideo, al Hospital Pereira Rossell.
Silvia y su pareja emprendieron el viaje sin conocer demasiado sobre aquel hospital ni sobre lo que les esperaba. Llegaron de madrugada y se encontraron con un mundo desconocido, niños con enfermedades que nunca habían visto y una incertidumbre difícil de explicar. Un médico escuchó su historia y les indicó que fueran a su consultorio particular.
Así comenzó un largo camino de consultas, tratamientos, aprendizajes y esfuerzos familiares que marcaría la vida de todos.

Nacer diferente

Con el tiempo llegó el diagnóstico: parálisis cerebral espástica. A sus padres les dijeron que probablemente Andrea no hablaría, que no caminaría y que podía quedar prácticamente sin respuesta.
Pero todavía no conocían a Andrea.
Ella resume su historia como una lucha permanente entre su cuerpo y sus deseos, un desafío en el que ambos parecen enfrentarse para ver quién gana: “una historia vista y experimentada desde adentro. Mi parálisis cerebral y yo, peleando una con la otra, desafiándonos mutuamente para ver quién gana”, escribió al presentar su experiencia.

Buscar caminos cuando no había respuestas

La infancia estuvo marcada por tratamientos, ejercicios, consultas y pequeñas conquistas que exigían una enorme dedicación. Como no era sencillo conseguir elementos de apoyo, la familia aprendió a improvisar con lo que tenía. Silvia recuerda que todas las noches, cuando el padre de Andrea regresaba del trabajo, se sentaban en el piso, sobre un acolchado, para hacerle masajes y ejercicios. También recurrieron a terapias alternativas y buscaron distintas maneras de estimular sus músculos.
Cuando les recomendaron trabajar la fuerza de las piernas y la espalda en el agua, Silvia consiguió a través de “Polilla” Samurio poder llevarla a una piscina después de las nueve de la noche; “estaba una hora con ella en el agua, haciéndole cosas para que agarrara fuerza en las piernas y en la espalda”. La familia también fabricaba elementos caseros. Utilizaban maderas de persianas, telas y jean para confeccionar férulas que ayudaran a mantener los brazos y las piernas en una posición más firme. Una muñeca con peso servía para trabajar la postura.

Con esfuerzo y constancia, Andrea fue ganando fuerza. Primero utilizó un triciclo y más adelante, una bicicleta. No todos sus avances fueron reconocidos. Silvia recuerda una consulta, cuando su hija tenía alrededor de tres años y había comenzado a mover las manos e intentar agarrar objetos. Nosotros le dijimos a la doctora que Andrea movía las manos y que quería agarrar cosas, pero nos respondió que a veces los padres vemos cosas que no existen. Nos fuimos con una sensación horrible, porque habíamos viajado solamente para contarle lo que estaba pasando.

Para una madre que llevaba años buscando respuestas, que no tomaran en serio sus observaciones resultaba doloroso. Sin embargo, Silvia siguió insistiendo. Había aprendido a reconocer los pequeños avances de su hija y a buscar alternativas cuando las respuestas no aparecían. Andrea creció acompañada por una familia que no siempre tenía las herramientas necesarias, pero estaba dispuesta a buscarlas, aprenderlas o construirlas.



La familia: una fuerza compartida

Sus padres y hermanos, especialmente Carlitos, fueron parte de ese aprendizaje cotidiano que consistía en encontrar maneras de hacer las cosas, acompañarse y seguir adelante. Silvia aprendió ejercicios, buscó profesionales y fabricó férulas. Su padre aportó materiales y participó en las actividades que realizaban en casa. La familia no solo buscaba mejorar sus capacidades físicas: también quería que Andrea aprendiera, estudiara y desarrollara sus propias habilidades.
A medida que crecía, Andrea adquirió herramientas para desenvolverse con mayor autonomía. Su manera de aprender, basada en la observación y la escucha, le permitió encontrar alternativas y resolver situaciones que requerían más tiempo y esfuerzo. “Yo siempre aprendí mirando y escuchando. Aprendía mucho de lo que veía hacer a los demás”, contó. Ese aprendizaje se convirtió en una fortaleza. Necesitaba apoyos específicos, pero sus dificultades motrices no significaban que no pudiera aprender ni tomar decisiones.

Al cumplir los 18 años, comenzó a hacerse cargo de los trámites relacionados con su pensión y de las gestiones económicas correspondientes. La autonomía no significó dejar de necesitar ayuda. En algunas gestiones y consultas médicas sigue recurriendo a sus padres, pero procura asumir por sí misma todo lo que está a su alcance y pedir apoyo cuando lo necesita. Esa combinación de independencia y acompañamiento atraviesa toda su historia: una familia que estuvo presente sin dejar de reconocer su deseo de decidir por sí misma.

Educación y Bullying

Cuando Andrea tenía alrededor de siete años, Mercedes Burgel descubrió que sabía leer y escribir, incluso utilizando una computadora. En Aprodime habían llevado una computadora destinada a niños sordos y la pusieron frente a ella. La niña escribió los nombres de sus hermanos, su dirección y otros datos. Su capacidad sorprendió a quienes estaban presentes y abrió una nueva posibilidad educativa. “Nos dijeron que teníamos que buscarle una escuela o un colegio donde pudiera seguir aprendiendo”.

Comenzó entonces otra búsqueda. No fue sencillo encontrar una institución que la aceptara y estuviera dispuesta a acompañar sus necesidades. Asíe fue que pasó por la Escuela N.º 95 y posteriormente continuó su trayectoria en el Instituto Tecnológico Superior (ITS), dependiente de UTU. También asistía a Aprodime, donde encontraba oportunidades para aprender y desarrollar habilidades.
En la escuela utilizaba un atril para apoyar el cuaderno y un lápiz largo que le facilitaba la escritura. Escribir le exigía un esfuerzo importante y podía llevarle mucho más tiempo que a sus compañeros. Pero eso no significaba que no pudiera aprender. Durante varios años compartió la escolaridad con Carlitos. La relación entre ambos era particular: él escribía y ella hablaba. Aunque Andrea tenía dificultades para expresarse oralmente, participaba activamente en clase. Carlitos, por su parte, tenía dislexia, aunque la familia lo supo muchos años después, y a veces sus escritos resultaban difíciles de interpretar. “Carlitos era el que escribía y yo, aunque hablaba con dificultad, era la que hablaba durante toda la clase”, recuerda Andrea; “yo le entendía más o menos lo que escribía Carlitos y se lo explicaba a la maestra. Entre los dos tratábamos de hacer uno”.


Andrea tenía buenas notas y podía pasar de año. También aprendió a leer en braille y a comunicarse por señas. Su aprendizaje no sucedía únicamente dentro del aula; observaba, escuchaba y se relacionaba con los demás, guiada por una curiosidad que la llevaba a explorar otros espacios.
Pero la experiencia escolar también tuvo momentos dolorosos. El bullying y los prejuicios formaron parte de las dificultades que enfrentó. La diferencia física y motriz podía convertirse en motivo de incomprensión y burlas, y no siempre encontraba personas preparadas para entender su realidad: “aprendí que el prejuicio es de la sociedad adulta, a veces por ignorancia o por no querer ver distintas realidades”, reflexiona.

A pesar de esas experiencias, continuó aprendiendo, encontró herramientas y ganó confianza. Llegó hasta tercer año de liceo junto a Carlitos. Cuando ambos ingresaron al ITS, eligieron orientaciones diferentes: él se inclinó por la electrónica y ella por la computación. Para sus padres, ese momento mostró cuánto había avanzado. Andrea ya podía desenvolverse con mayor autonomía y no necesitaba que su hermano la ayudara tanto.



Mi hermano Carlitos: mi brazo izquierdo

Entre los vínculos que marcaron su infancia, el de Carlitos ocupa un lugar especial. Crecieron acompañándose, compartiendo la escuela, las dificultades y los aprendizajes. Durante mucho tiempo, él fue una ayuda importante para Andrea, pero ella también fue fundamental para él.
Cuando él escribía y ella hablaba, encontraban una manera de resolver juntos lo que individualmente podía resultar más difícil.
Ese vínculo volvió a hacerse presente durante el primer stand up de Andrea, cuando se refirió a su hermano como su “brazo izquierdo” durante la niñez.

Al día siguiente, Carlitos compartió unas palabras que reflejaron la emoción que había sentido al escucharla:
“Ayer mi hermana se subió a un escenario para hacer su primer stand up. Pero más allá de las risas, de los aplausos y de los nervios, fue una demostración de valentía, perseverancia y de una enorme capacidad para transformar los desafíos en mensajes que inspiran. Ella eligió hablar de su experiencia con la parálisis cerebral, de su vida, de sus vivencias y de todo lo que la convirtió en la mujer fuerte que es hoy. Y en un momento de su presentación me nombró como su “brazo izquierdo” durante nuestra niñez. No puedo explicar con palabras lo que sentí al escuchar eso. Porque, si bien siempre intenté acompañarla, la realidad es que ella también me enseñó mucho más de lo que imagina. Hoy quiero decirte que me siento profundamente orgulloso de vos. Por animarte, por exponerte, por reírte de las dificultades, por enseñar desde tu experiencia y por demostrar que los límites muchas veces existen solo para ser superados”.

Maternidad y lactancia: criar a su manera

Andrea quedó embarazada a los 19 años, una experiencia que marcó un cambio importante en su vida y estuvo rodeada de dudas, consultas y decisiones difíciles. Dejó de estudiar y tuvo que enfrentar una situación en la que muchas personas parecían tener más opiniones sobre lo que podía o no podía hacer que certezas sobre su condición. Según relata su familia, varios profesionales cuestionaron la viabilidad del embarazo. Silvia recuerda que algunos emitieron opiniones sin estudiar suficientemente su situación; “opinaban sin mirar. Decían que era inviable y buscaban todos los antecedentes”. Fue vista por nueve ginecólogos hasta encontrar al doctor Carmelo Alonso, quien estudió el caso, revisó los antecedentes y la medicación que tomaba y evaluó los posibles riesgos. Finalmente, Andrea continuó adelante con el acompañamiento de profesionales de distintas especialidades. Durante la gestación tuvo amenazas de parto prematuro y necesitó controles frecuentes. La familia recuerda especialmente al doctor Laluz, quien insistió en completar las ecografías necesarias antes de jubilarse.

El parto comenzó antes de la fecha prevista, cuando rompió bolsa en su casa y, después de iniciadas las contracciones, fue trasladada al Hospital Pasteur, donde le realizaron una cesárea. En medio de la incertidumbre, Francisco nació en buenas condiciones, con un peso de 3,490 kilos y a las 37 semanas y media de gestación. Después de los temores y las dudas que habían acompañado el embarazo, su nacimiento fue un momento de enorme emoción para toda la familia.

La maternidad y la búsqueda de autonomía

La llegada de Francisco puso a prueba algo que había aprendido desde pequeña: buscar alternativas para desenvolverse por sí misma. Esa actitud había sido importante para vestirse, bañarse y arreglarse. Ahora debía encontrar la manera de adaptar las tareas de cuidado de su hijo a sus posibilidades motrices. Andrea quería participar activamente en la crianza y asumir las responsabilidades cotidianas que estuvieran a su alcance. No siempre podía hacer las cosas de la misma manera que otras personas, pero eso no significaba que no pudiera hacerlas. Algunas actividades le llevaban el doble o el triple de tiempo y esfuerzo, pero lo hizo.
La maternidad también le exigió organizarse, reconocer sus posibilidades y pedir apoyo cuando era necesario. Procura resolver por sí misma todo lo que puede, sin confundir independencia con tener que hacerlo absolutamente todo sola; una parte fundamental está en darse tiempo y encontrar la manera de resolver cada situación.

La lactancia y los primeros años de Francisco

Andrea pudo amamantar a demanda a su hijo durante dos años y once meses. Además, durante un año donó leche al banco de leche. Una vez por semana pasaban a recoger la leche que se extraía. “Era una vaca lechera” dice riendo.
La recuperación después de la cesárea fue más difícil. Quedó anémica, muy delgada y con una debilidad que en ocasiones la hacía sentirse inestable. Llegaron a administrarle hierro antes del alta. En ocasiones, se quedaba dormida mientras sostenía al bebé y aflojaba los brazos, lo que le generaba preocupación. Con el acompañamiento de su familia y del equipo de salud, fue recuperándose y adaptándose a la nueva etapa.
Hoy procura estar presente en todos los aspectos de la vida de Francisco. Lo lleva a la escuela, lo busca a la salida, participa en los actos y asiste a los eventos escolares. Dice: “ser madre no consiste solamente en realizar tareas físicas. También implica estar presente, participar, escuchar, acompañar y tomar decisiones”.

La maternidad también le permitió comprobar que los prejuicios pueden desaparecer cuando las personas se conocen y comparten la vida cotidiana. Andrea cuenta que los padres de los compañeros de Francisco han sabido tratarla como a cualquier otra madre. Su entorno ha comprendido que puede tener dificultades motrices, pero que eso no la hace menos capaz de participar en la crianza. Y lo dice con el humor que la caracteriza: “el envase no lo es todo: lo que importa es el contenido”.

El ingreso al mundo laboral

Andrea ingresó a la Intendencia mediante un programa del Mides, con una pasantía de siete meses. Tras completar en veinte días los trámites del Registro Nacional de Personas con Discapacidad, llegó la oportunidad de trabajar. Su primer destino no fue adecuado para sus posibilidades motrices, pero en lugar de resignarse, insistió hasta conseguir un puesto en el monitoreo de cámaras de seguridad del mercado municipal. Aprendió a localizar grabaciones, organizar información y elaborar informes. Con el tiempo y mayores responsabilidades, demostró que podía desempeñar tareas que exigían atención, memoria y criterio.

Al finalizar la pasantía, esperaba que le renovaran el contrato, pero pasaron meses sin respuestas. Tras numerosas llamadas y gestiones, y consiguió una reunión. Finalmente, pudo formalizar un nuevo contrato a través de la fundación vinculada con la Intendencia. Sin embargo, la estabilidad laboral y las condiciones para asistir a sus controles médicos siguieron siendo preocupaciones, porque para ella la inclusión no consiste solamente en conseguir empleo, sino en tener oportunidades, continuidad y condiciones que le permitan trabajar sin descuidar su salud.

Stand up: reírse de los límites y contar su propia historia

Cuando se le ocurre una idea y quiere llevarla adelante, los posibles impedimentos no necesariamente la detienen. Así nació su decisión de hacer un stand up sobre la parálisis cerebral. El afiche que promocionaba el espectáculo anunciaba: “Se olvidaron de decir lo que era capaz de lograr”.
En el Espacio Cultural Gobbi, Andrea subió al escenario con un micrófono, una mesa, una silla y un par de plantas. No necesitó una escenografía compleja. Su espontaneidad, su humor y su historia fueron suficientes para captar la atención del público. Quienes presenciaron el espectáculo destacaron su frescura y la capacidad para alternar momentos de risa y emoción. Pero hubo algo que sorprendió especialmente: no había escrito un guión ni preparado una ayuda memoria. Habló desde sus recuerdos, sus vivencias y todo lo que había aprendido a lo largo de su vida.

Después del espectáculo, compartió en sus redes sociales la emoción que le había provocado la respuesta del público: “no tengo palabras para expresar mi emoción, alegría, cariño y mucho más aún la locura de que se sumaran a acompañarme en un stand up. Vi llorar al que jamás llora en público, vi reír hasta al que le cuesta reírse. Vi niños, adolescentes, adultos, todos llorando y riendo al mismo tiempo. Esos abrazos al final, llenos de alegrías y emociones, fueron los abrazos más sinceros de las personas que me hacen sentir vista de igual a igual. El agradecimiento nunca será suficiente. Yo cumplí un sueño y ustedes acompañaron a una loca sin monólogo ni borrador”.

“No nací para encantarle al mundo, nací para desafiarlo”

Dijo que no quiere que su vida se cuente únicamente desde las dificultades, sino también desde sus decisiones, sus sueños y lo que hizo con aquello que le tocó vivir. Aprendió que superar una dificultad no significa que desaparezca, sino encontrar herramientas para convivir con ella y seguir avanzando. La parálisis cerebral forma parte de su vida, pero no la define por completo. Le gusta crear, soñar, diseñar y escribir; los caballos, las mariposas azules, los colores pastel y todo lo que tenga un poquito de magia.
Su historia está hecha de desafíos, pero también de vínculos, humor y decisiones. Su familia buscó respuestas cuando no las encontraba; su madre insistió para que la escucharan y sus hermanos fueron compañeros de camino.

En la educación enfrentó obstáculos y prejuicios, pero descubrió habilidades y formas propias de aprender. Como madre, encontró alternativas para cuidar a su hijo y participar de su crianza. Como trabajadora, tuvo que defender sus capacidades e insistir para conseguir continuidad laboral. No pretende ser perfecta ni convertirse en un ejemplo de superación: quiere oportunidades, libertad y que la reconozcan por quien es, más allá de su discapacidad.
Es la hija de Silvia y el Tano, la hermana de Luis, Stephani y Carlitos, la mamá de Francisco y la mujer que sueña, escribe, diseña, trabaja y se anima a subir a un escenario sin guion. Finalizó la entrevista diciendo: “soy Andrea Yanet Pruzzo Murieda. Soy un desafío con patas. Y todavía tengo muchísimo por vivir. ¡Ahora me aguantan!”

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