La visita del papa León XIV nos interpela como sociedad y supone una oportunidad de volver a examinar qué tratamiento le damos a la dimensión espiritual o sobrenatural del hombre. Uruguay ha ido desechando el sistema teológico y espiritual de cristianismo, descartando su estructura filosófica, su ética y sus fundamentos de derecho. Simultáneamente, nos ha parecido científico creer que no se puede creer en nada. Se interpreta que no creer es algo más seguro y menos complicado que tener fe. La duda y la inquietud respecto del sentido de la vida es común a ambas posturas, es decir, para el cree como para el que no cree. Joseph Ratzinger, luego Benedicto XVI, lo ilustraba con meridiana claridad en su libro “Introducción al Cristianismo” escrito en 1968: “Cualquiera que quiera evitar la incerteza de creer, deberá también experimentar la incerteza de no creer, que nunca alcanza a eliminar definitivamente la posibilidad de que creer sea en definitiva la verdad”. En definitiva, todos creen.
La cultura dominante en el Uruguay tiene muy arraigada una concepción de la laicidad que roza lo antirreligioso. En sus comienzos el laicismo nace como una postura opuesta a los regímenes en los que el poder político está unido al poder religioso. Producto de esas tensiones y enfrentamientos se mezclan conceptos filosóficos con posiciones agresivas antirreligiosas y/o anticlericales. Esa impronta “defensiva”, como reacción ante lo que se considera una amenaza, es aceptada hoy en Uruguay, está oficializada.
Los defensores de este laicismo esterilizante acuden sistemáticamente a la concepción vareliana de la educación: “laica, gratuita y obligatoria”. La cultura dominante utiliza a José Pedro Varela para hacerse inexpugnable. Examinando exhaustivamente las premisas de Varela, se observa que para el denominado “padre de la educación uruguaya” al instructor laico le corresponde desarrollar “los principios religiosos comunes a todas las creencias”. Bajo la premisa de que el ser humano debe elegir libremente su sentido en la vida, se ha ido en la práctica a un esquema general donde este tema no existe en su formación. Esto conduce inexorablemente a un vaciamiento de valores fundamentales, y como, en definitiva, el ser humano no tiene vacíos, estos espacios espirituales se llenan con otras cosas. Frecuentemente sobre bases antropológicas equivocadas, ajenas a la realidad. El sentido de la vida ya no está en ser, sino en tener, más precisamente en tener más.
La laicidad sostiene que no debe haber imposición externa del poder sobre la dimensión espiritual o trascendente del hombre. Es la forma de preservar los caminos de la religión. Lamentablemente, la concepción dominante sobre laicidad propendió y propende al relativismo. En ese marco fértil para el emotivismo y el subjetivismo, hemos abandonado el esfuerzo por buscar la verdad. Sin referencias claras, fruto de la percepción racional de la realidad, caminamos sin mojones ni fundamentos filosóficos al ritmo del juicio de valor más frecuente de nuestros tiempos: “yo lo siento así”. En tiempos donde una alta proporción de la sociedad afirma que hay una creciente y sostenida crisis de valores, corresponde pensar dónde y cómo los buscamos y, sobre todo, en qué fundamentos se sustentan.
Es buena cosa que, como sociedad, ante la visita del papa León XIV volvamos al concepto original de laicidad, sin elementos negativos que cercenen la posibilidad de vivir o al menos explorar la dimensión trascendente del hombre. Descartemos visiones hemipléjicas del hombre y su vida, vacías de sentido, y reconozcamos que en el cerno de la existencia humana está la necesidad de apoyarnos en algo más que el conocimiento empírico.
José Francisco Ramos Francolino
Ingresa o suscríbete para leer la noticia completa y todo el contenido del diario.


Sé el primero en comentar