Mercosur: 30 años de frustraciones

El Mercado Común del Sur (Mercosur) tuvo un cumpleaños que nadie podría calificar como aburrido. En esta ocasión le correspondió al presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, decir en voz alta lo que muchos se guardan en silencio: el bloque regional constituido en 1991 lleva tres décadas sin funcionar y se ha transformado en una pesada máquina burocrática que acumula funcionarios muy bien pagos y frustraciones de los pueblos que financian esa estructura administrativa que poco o nada les aporta. El 30° aniversario del bloque regional lo encuentra en una situación crítica que obliga a nuestro país a pensar en su flexibilización en el corto plazo.
De acuerdo con lo informado por la Presidencia de la República, Lacalle Pou “hizo énfasis en la necesidad de sincerarse en cuanto a las relaciones del bloque, apelando al consenso pragmático” y “manifestó que es importante avanzar en aquellas acciones que los Gobiernos estén dispuestos a concretar”. Resumiendo lo que muchos uruguayos sienten en relación con este esquema de integración regional, el presidente afirmó que “Obviamente que el Mercosur pesa, obviamente que su producción pesa en el concierto internacional, lo que no debe y no puede ser es que sea un lastre. No estamos dispuestos a que sea un corsé del que nuestro país no pueda moverse, por eso hemos hablado de flexibilización”. La respuesta del presidente de la República Argentina, Alberto Fernández (“No queremos ser lastre de nadie, si somos un lastre, que tomen otro barco, pero lastre no somos de nadie”) no debe sorprender a nadie, ya que una de las cosas que caracteriza al kirchnerismo es precisamente una actitud agresiva, patoteril y despectiva con nuestro país, tal como lo han demostrado en el pasado los expresidentes Cristina Fernández y su esposo, Ernesto Kirchner. Para muchos seguidores de esa corriente política, así como del peronismo en general, Uruguay sigue siendo “una provincia rebelde” que debería formar parte de Argentina. Los uruguayos parecemos haber olvidado el desprecio que Cristina Kirchner le realizó al presidente Vázquez en el año 2007 al pronunciar su discurso de asunción como presidenta y señalar en forma expresa que Uruguay había violado el Tratado del Río Uruguay. Precisamente en este tipo de actos reside lo que los uruguayos debemos entender por encima de todas las cosas: cuando un presidente extranjero le falta el respeto a nuestro presidente, ese gesto constituye un insulto a todo el pueblo uruguayo sin distinciones, porque de acuerdo a nuestra Constitución quien ocupa la primera magistratura es el Jefe de Estado y también Jefe de Gobierno, y por ello representa a todos los uruguayos, hayan votado por él o no. Lamentablemente para los peronistas (y para muchos políticos uruguayos que festejan las palabras de Alberto Fernández) Uruguay es un país independiente, soberano, republicano y democrático cuyos índices de desarrollo humano, índices de pobreza, calidad democrática o niveles de corrupción deberían tratar de imitar en lugar de transformarnos en blanco de sus frustraciones y fracasos.
La dura realidad es que, con el paso de los años, el Mercosur se ha transformado en una jaula de oro custodiada tanto por Argentina como por Brasil, quienes hacen valer su gran peso geopolítico en la región para evitar que tanto Paraguay como nuestro país puedan establecer acuerdos comerciales bilaterales en forma directa. A modo de ejemplo podemos citar el caso de Estados Unidos y la República Popular de China, países con los cuales Uruguay ha tratado en los últimos años de celebrar tratados de libre comercio pero que han fracasado tanto por las presiones argentinas y brasileñas como por las provenientes del Pit Cnt y del Frente Amplio –brazo político y sindical de una misma causa–, aún contrariando los intentos del entonces presidente Tabaré Vázquez. A modo de ejemplo, si Uruguay hubiese firmado un tratado de libre comercio con Estados Unidos –frustrado por una rápida movida del entonces Canciller Reinaldo Gargano, del Partido Socialista–, seguramente Paylana hubiese continuado exportando por varios años más, dado que el único nicho de mercado que le quedaba como posible era precisamente Norteamérica. Y si tuviera hoy un tratado de libre comercio con China los productos lácteos sanduceros podrían llegar a ese país un 30% más baratos y la planta de PILI estaría abierta en lugar de estar esperando por una solución que se va dilatando cada vez más. Resulta importante destacar que en 2020 China fue nuevamente el principal socio comercial de Uruguay, representando el 27% de las exportaciones de bienes, con US$ 2.149 millones exportados. En segundo lugar se ubicó Brasil (15%), seguido por la Unión Europea (14%), Estados Unidos (7%), Argentina (5%) y México (3%). El porcentaje de exportaciones a territorio argentino deja en claro que no se trata precisamente de nuestro principal socio comercial, a pesar de que a sus actuales gobernantes le guste actuar y tratarnos como si lo fueran. Una cartera de exportaciones diversificadas le dará a nuestro país mayores posibilidades de superar crisis puntuales de algunos de sus compradores, estrategia que se resume popularmente como “poner los huevos en diferentes canastas”.
Teniendo en cuenta todo lo mencionado, es hora de que Uruguay impulse por fin la flexibilización del Mercosur, defendiendo su vocación de país exportador y abierto al comercio internacional y protegiendo al mismo tiempo el trabajo de nuestros habitantes. Al hacerlo, no estaremos “inventando la rueda” sino que estaremos honrando doblemente la tradición artiguista en esta materia. En primer lugar, cumpliremos con el espíritu de las Instrucciones del Año XIII, cuyo artículo 14 disponía que “ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados de una Provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquiera regulación de Comercio o renta a los Puertos de una Provincia sobre las de otras ni los Barcos destinados de esta Provincia a otra serán obligados a entrar a anclar o pagar Derechos en otra”. En segundo lugar, pondremos límite a los habituales exabruptos de los políticos peronistas porteños quienes han llegado a afirmar la falsedad de que “Artigas quería ser argentino y no lo dejaron” ya que como lo señalaba el artículo 19 de las mencionadas Instrucciones del Año XIII ya en ese entonces era necesario disponer “que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires, donde reside el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas”. En el mismo sentido de la defensa del libre comercio y los intereses locales, los artículos 12 y 13 de ese documento dispone que los puertos de Maldonado y Colonia sean libres para todos los buques que concurran a la introducción de efectos y exportación de frutos, estableciendo aduanas en ambos y pidiendo al Comandante de las Fuerzas de su Majestad Británica, para que proteja la navegación o comercio de su Nación. Esperemos que Buenos Aires no rechace en pleno siglo XXI nuestras posiciones históricas a favor del libre comercio, tal como lo hizo con los diputados orientales y sus instrucciones en el año 1813.
A pesar de las afrentas que algunos gobernantes del vecino país han inferido a nuestros presidentes, existe una hermandad histórica indisoluble entre argentinos y uruguayos. Ese debe ser el punto de partida para que Uruguay sea tratado con respeto y dignidad y ejerza su legítimo derecho a transitar las estrategias comerciales internacionales que mejor defiendan sus intereses y el bienestar de sus habitantes. No podemos ni debemos renunciar a ser un país abierto el comercio, una práctica que forma parte del legado de nuestro máximo héroe nacional, José Gervasio Artigas.

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