Una peculiar migración a Argentina

(Por Horacio R. Brum)
Para los amigos argentinos, este corresponsal está por cometer la última locura de su vida: irse a vivir a Buenos Aires. A todos ellos les resulta difícil entender las razones para trasladarse al otro lado de los Andes desde Chile, un país que, pese a los problemas de los últimos tiempos, sigue siendo estable, con instituciones confiables y, para los estándares latinoamericanos, muy poco corrupto. Esas razones pueden ser tema para otra nota, pero la puesta en práctica del proyecto es un ejercicio de familiarización con los laberintos burocráticos nacionales, cuya entrada principal está en la Dirección de Migraciones. En la antigua sede del Hotel de Inmigrantes, aquel que se construyó para dar una bienvenida digna a “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino” –como dice la Constitución–, funcionan unas oficinas en las cuales se mezclan en pacientes colas extranjeros de toda América Latina, con un puñado de personas de otros continentes. Entre estas últimas se pueden ver unas familias jóvenes, por lo general con dos niños, bien vestidas y de rasgos e idioma muy similares a los de los ucranianos, que quien esto escribe halló en su reciente visita a Alemania y la República Checa (ver EL TELEGRAFO, 29 de enero: Las dos guerras de Ucrania).
Según los medios y las autoridades argentinas, esas familias son de inmigrantes rusos que intentan escapar de su país antes de que el conflicto en Ucrania afecte sus vidas directamente, porque se ha sabido que el gobierno de Vladimir Putin está poniendo al día los registros de hombres en edad de combatir, para un eventual llamado a filas. Ese es el temor que expresan algunos de los inmigrantes entrevistados por la prensa y ya se está formando en la capital argentina una comunidad de origen ruso, al punto de que una pizzería del barrio de Palermo tiene una carta en su idioma, con explicaciones sobre platos tan “exóticos” como el fainá. Al parecer, esa gente no existe para las organizaciones vinculadas a la embajada de la Federación Rusa; la página web del Consejo Coordinador de Organizaciones de Compatriotas Rusos en Argentina no habla de ellos y en cuanto a la guerra de Ucrania, sólo contiene un texto del ministro de Relaciones Exteriores del Kremlin, que justifica la “operación especial” e insta a la unidad de los residentes rusos en el exterior.

Para quien no conoce de cerca sus países y sus culturas, las diferencias entre los rusos y los ucranianos pueden ser tan imperceptibles como aquellas entre los uruguayos y los argentinos. Por ello es que surgen dudas sobre si entre estos nuevos migrantes no habrá ucranianos que lograron escapar de la prohibición de abandonar el territorio nacional, impuesta a los hombres por el presidente Zelensky al poco tiempo de comenzar la guerra. En un país que, según los índices de Transparencia Internacional, sigue figurando entre los más corruptos del mundo y donde uno de cada cuatro ciudadanos reconoce haber pagado alguna vez una coima a un funcionario público, no debería ser difícil burlar esa prohibición y obtener un pasaporte para entrar a Argentina como “ruso”, ya que, por el momento, Putin no bloquea la salida de los hombres de su país.

Otra manifestación del inusual fenómeno inmigratorio podría vincularse a Ucrania. Entre fines de 2022 y comienzos de este año, miles de mujeres solas y supuestamente rusas llegaron a Buenos Aires con el único objetivo de dar a luz; las autoridades descubrieron una organización que les facilitaba el viaje, a precios de hasta 35.000 dólares, pero ellas venían con poco más que lo puesto. Al comienzo de la guerra, los enviados del diario Clarín informaron desde Kiev sobre una virtual industria de producción de bebés, debido a que la embajada argentina tuvo que evacuar a varias parejas que habían adquirido sus hijos mediante la práctica de maternidad subrogada o alquiler de vientres, ilegal en muchos países. Los periodistas visitaron una de las clínicas y escribieron que “una mujer joven puede cobrar hasta 20 mil dólares por alquilar su vientre comercialmente para gestar un bebé… La industria no está exenta de denuncias por explotación, pero aún así es un mercado floreciente”. Que tal actividad sigue existiendo, se puede comprobar en la página web: biotexcom.ar/gestacion-subrogada-precio, al parecer diseñada para los “clientes” argentinos, que ofrece paquetes de obtención de niños por casi 40.000 euros. En su encabezamiento, la empresa BioTexCom sostiene que el conflicto no alteró sus actividades y “está trabajando sin parar”.

Un enviado de la agencia española EFE también investigó el negocio ucraniano de vientres de alquiler e informó que las mujeres que alquilan sus úteros son pobres, que emplean el dinero ganado para atender necesidades de la vida diaria y pueden prestarse para varios embarazos. Esto coincide con el perfil de las embarazadas llegadas a la Argentina en la primera ola migratoria: unas mujeres jóvenes, que no hablaban otro idioma que el ruso (o ucraniano) y apenas tenían recursos para pagar los gastos del parto. Una situación muy diferente que la de las rusas que están llegando en familia, a veces con hijos crecidos, quienes tienen un buen nivel de educación y dominan el inglés o el español.

En febrero del año pasado, los periodistas de Clarín informaron de la existencia, solamente en Kiev, de por lo menos 2.500 mujeres que estaban cursando embarazos por encargo. Con el aumento de la violencia de la guerra, puede ser difícil que los padres-clientes viajen a Ucrania. En esa situación, las clínicas tal vez implementaron un sistema de “entregas a domicilio”, mediante el cual los partos se producen en un lugar sin riesgos, como Argentina. Las embarazadas “llegan, tienen los hijos, se van de Argentina y no vuelven más”, manifestó la directora de Migraciones, quien supone que el pasaporte argentino, que se otorga fácilmente al niño por haber nacido en este suelo, es utilizado para poder entrar luego a otros países sin visado.

En un café bonaerense de la plaza Vicente López, la mamá embarazada enseñaba a un niño de alrededor de diez años a deletrear los nombres de los platos del menú, mientras el padre intentaba hacerse entender por el mozo, mezclando el inglés y el español. Era otra de las familias rusas que buscan legítimamente construir en Argentina una vida alejada de la guerra y el autoritarismo. “¡Pizza!” gritó el niñito, mientras los padres lo miraban sonrientes, satisfechos por ese primer paso a la integración en un país en paz.