La Democracia contemporánea es un Manual socio/político/administrativo que ampara
la habilidad para desdibujar los límites.
Hummm, ¿podré estar tan equivocado?
Tal vez sí, tal vez no, pero me inclino a que por lo menos algo de esto es cierto en estos tiempos.
No nos vallamos muy lejos de cosas y actos contundentes ya pasados para ver que hoy no tienen expresión ninguna por haber sido manipulados por las manos santas.
Las irregularidades de Ancap, de la Regasificadora, de los Molinos de Viento (no los del Quijote), los préstamos a empresas quebradas, Pluna y su tragicomedia, los administradores de los despilfarros públicos, los que eligieron y colocaron en cargos públicos a los grandes incapaces, los grandes incapaces de la gestión pública mismamente dicho, la industria de los pasaportes, los sindicatos como caballos desbocados incontrolables y apátridas, la educación culturalmente desprolija y deshilachada, la clase política débil de formación honorable.
Tanto se desdibujaron los conceptos que hasta la Justicia fue alcanzada.
Y todo esto y más en la mayor aceptación y blandura, protegido por un status orquestado para amparar un ámbito de tolerancia pluridimensional inalcanzable a todo juzgamiento y subsecuente impensada reparación por los daños producidos.
Ahora cae la pregunta de siempre: ¿y quién está ganando con esto?
No quiero ser tan infantil de pensar que se llegó a este estado de cosas por desgaste (término que se usa mucho), como sucede con el desgaste de las piezas mecánicas.
Sí, efectivamente se llegó por el empeño en las negociaciones que darían beneficios y alegrías a esta clase social manipuladora y vil que cohabita en la maraña política, administrativa y lobista.
La temporal unión de los cuatro partidos políticos que forman el gobierno actual tomaron ciertos compromisos que hicieron de que muchos de los que estaban ya “cansados” les dieran el voto y a los del mismo pelo optimismo.
Y no trabajaron mal, hasta muy bien por las circunstancias impredecibles que tuvieron que atravesar, pero pasado ya ese tiempo llama mucho la atención el no cumplimiento de promesas electorales de las que llamaríamos propuestas y/o acciones sanadoras.
La inmensa mayoría de los que les dieron su confianza esperaban que fueran cumplidas y que la espada de la buena justicia sirviera de mojón para marcar con claridad los límites que deben respetar los individuos así como las instituciones.
Pero para abreviar tinta y tiempo, es inaceptable que habiendo abundantísima información, denuncias aceptadas, contundencia de pruebas, juzgamientos en curso y no haya habido sustitución, despido y encarcelamiento de ningún indeseable.
Recuperación de pérdidas, ni pensar. Producir justicia, ¿cómo?
Entonces, llegados a este punto nos deparamos con uno de los panoramas más desoladores posibles para una sociedad.
La pérdida de la esperanza en la Justicia como entidad universal, protectora, reparadora, impoluta, administradora del respeto, va más allá que el sentimiento de la confianza perdida/rota en algo o alguien.
Es la falta de luz para una sociedad condenada a vivir en el desconcierto del concepto de que cualquier cosa sirve porque nada vale nada.
La palabra pronunciada, la palabra dada, en el hombre de bien vale como un juramento y extiende tranquilidad a lo que ella alcance. El quebranto de la confianza es el desencanto y sufrimiento del que la descubre y padece, y por el otro lado también es el propio búmeran que recibirá más tarde quien no cumple su palabra.
No es bueno jugar con fuego. A grueso modo podemos dividir la sociedad entre los que trabajan porque tienen normas, crean oportunidades, generan riquezas, las distribuyen, y los otros que son más o menos lo opuesto a lo anterior.
Hay que honrar con los hechos a aquellos que mantienen la cosa andando y dieron con fe su trascendente apoyo (y honrar las virtudes del país también).
Para ir encerrando esta charla regresemos al título.
“Si no hay un Pacto, entonces ¿qué es lo que pasa?”
De momentos siento resistirme a creer que existe un pacto entre la gente del gobierno y los otros y por esa razón no pasa nada.
De a momentos pienso que la ingenuidad no es una buena consejera en el reino de los bandidos. Entonces suena más fuerte el ¿qué es lo que pasa?
Rodolfo Angel Beccaría Pesce

