Diariamente en Paysandú se registran varios siniestros de tránsito, algunos de los cuales trascienden a través de nuestra página policial, donde se publican cada día aquellos de los que nos enteramos y son de mayor entidad, o por sus características extraordinarias. En estos casi siempre hay personas lesionadas, que sufren importantes traumatismos, fracturas, heridas varias y en ciertos casos hasta se registran fallecimientos, además de los daños materiales en los vehículos.
Es por eso que muchas veces se suele referir a los siniestros de tránsito como una “pandemia” para la cual no hay vacuna, más allá de todo lo que se pueda hacer para prevenirlos. Y para eso es imprescindible conocer las causas que los provocan.
Seguramente todos tenemos una opinión formada de por qué se da esta triste realidad, basada en la información con la que contamos así también como de la propia experiencia en el tránsito y, por qué no, de los prejuicios que tenemos.
Si vamos al “circo romano” de las redes sociales el pulgar de las multitudes sin dudas sentenciará que la causa de todos los males, en primer lugar, está en “las preferenciales”.
Desde que se establecieron las calles preferenciales, éstas han gozado de muy mala reputación, fomentada por el hecho de que cada vez que ocurre un siniestro de tránsito en ellas inmediatamente se tiende a justificarlo porque “alguien no respetó la preferencia”, lo cual –si bien es un razonamiento elemental– es sólo una parte de la verdad.
Para determinar la verdadera causa de esta pandemia hay que analizar cada caso científicamente, sin la contaminación de los prejuicios o los veredictos dictatoriales de las redes sociales, donde con sólo ver una foto ya se establecen culpabilidades y se sentencia al cadalso de la opinión pública al supuesto culpable. Otra herramienta objetiva con la que contamos son las estadísticas, que tampoco pueden basarse en la memoria colectiva porque también se tiende a distorsionar la realidad.
Podríamos entonces hacer un relevamiento de los “puntos calientes” del tránsito en función de los accidentes publicados en estas páginas, si bien es cierto que hay muchos choques más de los cuales no nos enteramos o son muy simples como para publicarse.
Hagamos entonces el ejercicio, a sabiendas de que esta estadística es parcial y por lo tanto carece del rigor necesario para establecer certezas.
Si tomamos como referencia el mes de junio, en la sección Policiales de nuestra web se pueden encontrar 31 publicaciones de accidentes ocurridos en la ciudad. De esos, 4 ocurrieron en calles preferenciales; un 12%. En avenidas con cantero central también hubo 4 (12%) y en cruces con semáforos fueron 10 (33%). Trece fueron en cruces simples, sin semáforos. Observando estos números fríos se puede determinar entonces que las preferenciales no son el problema. Un tercio de los siniestros de tránsito ocurrieron en esquinas con semáforos; si aplicáramos la lógica del “circo romano” habría que eliminar los semáforos, lo cual es por supuesto absurdo por cuanto no hay mejor ordenador del tráfico que éste, el cual indica claramente quién está habilitado para pasar y quién no. En teoría, si fuese respetado como corresponde, sería imposible que se produzca un accidente donde hay un semáforo funcionando. Sin embargo es donde más dan.
También es clara la preferencia de las avenidas con cantero central, por lo que no sería necesario contar con reductores de velocidad en los cruces transversales porque se trata de una regla universal y conocida. Pero hubo tantos siniestros en avenidas como en las calles preferenciales.
Además, claro está, en todos los siniestros “alguien” tenía la derecha –preferencia de paso— aún cuando la calle no fuese de tránsito preferido, por lo cual visto bajo la lupa simplista de las redes sociales hubo otro conductor que “provocó” el choque. ¿Acaso habría que eliminar la preferencia de la derecha también? ¿Habría que instalar reductores de velocidad –“lomos de burro”– en cada esquina?
Obviamente que no. Lo que corresponde es estudiar las causas reales, antes de ponernos eufóricos cual romano en el Coliseo para bajarle el dedo al desgraciado de turno con total liviandad, culpándolo de todos los males sin derecho al pataleo. Porque los accidentes no siempre son tan simples de descifrar con solo ver quién tenía la preferencia y quién no. Lo que sí es cierto es que cuando ocurren, siempre es porque uno cometió un error –o una imprudencia– y que el otro involucrado no pudo evitar el desenlace; porque nadie en su sano juicio choca por placer. Y aquí es donde debemos detenernos a pensar el por qué no pudo evitarlo, porque si todos condujéramos aplicando las técnicas de manejo defensivo seguramente la gran mayoría de estos choques nunca hubiesen ocurrido, independientemente de quién haya tenido la preferencia. Ésta no es una carta libre para circular a 60 kilómetros por hora en una calle preferencial y pasar por arriba todo lo que se interponga en el camino, así como tener la derecha no es una prohibición de frenar o reducir la velocidad prudencialmente en una esquina.
En este mes que observamos hubo un caso claro de negligencia que excepcionalmente quedó registrado en cámaras de seguridad, pero de no haber sido así el kamikaze que provocó el accidente sería visto como víctima. Se trata de un motociclista que circulaba en una rueda a muy alta velocidad y al cual se le interpuso en su camino una camioneta que llegó a la esquina por la izquierda. Queda claro en las imágenes que el conductor de la camioneta se vio completamente sorprendido por la velocidad a la que se apareció el birrodado en su campo de visión, siendo inevitable el desenlace. ¿Cuántas otras situaciones así habrá entre los cientos de casos que parecen tan evidentes y no lo son?
Pero no todos los accidentes son provocados por una imprudencia mayor, a veces sólo hace falta una mínima distracción, y todos cometemos errores en algún momento. Y eso no nos hace potenciales criminales.
Por eso lo importante es cambiar la cabeza al sentarse frente a un volante o tomar un manillar, pensar que conducir es siempre un riesgo y que hay que evitar los siniestros sin importar quién es el culpable, conduciendo a velocidad de frenado, reduciendo siempre la velocidad en las esquinas –aún en calles preferenciales— y no confiándose ciegamente a que el mundo es perfecto y nada nos va a pasar si la razón está de nuestro lado. Porque las consecuencias siempre son muy dolorosas, en especial para los eslabones más débiles de la cadena: los motociclistas, ciclistas y peatones. En el mejor de los casos no habrá que lamentar heridas, pero siempre habrá daños materiales en los vehículos cuya reparación es costosa y muchas incomodidades que superar.
Cuando lo inimaginable ya sucedió, argumentar que “yo tenía la preferencia” no es más que consuelo de tontos. Lo más inteligente siempre es evitar chocar, ser chocado o embestir a alguien. Lo demás es solo material para el circo romano.
