Como decirlo sin herir susceptibilidades…
Si sos de la vieja escuela seguro te acordarás de lo importante que era la educación en aquellos tiempos, y cómo la educación de nuestro “paisito” era destacada a nivel internacional, y por ahí resonaba en referencia a nosotros como “los respetables uruguayos”; y automáticamente el pecho se nos hinchaba de orgullo. En vías de desarrollo seguramente, pero mal educados jamás.
¿Qué fue de aquella escuela?
En tiempos de globalización, con los avances tecnológicos y la información al alcance de un click, por paradójico que esto parezca, la educación del pueblo agoniza en las fauces de una transformación educativa; que es entendida a nivel macro como algo necesario porque es obvio que los programas del siglo XX ya no sirven para este nuevo siglo y esta modernidad líquida.
Comencemos con una breve referencia a la pandemia. Aquel confinamiento del 2020 suspendió la presencialidad abruptamente, de un día para otro dejamos de ir a las aulas. Dos semanas después salimos a la cancha tras horas y horas de videoconferencias (Zoom) con los inspectores y directores, sin horarios, a salvar la educación sustituyéndola por la virtualidad. Había que captar y localizar a todos los alumnos como fuera y mantenerlos en contacto, porque no era solo la educación la que estaba en riesgo, era una misión social, un compromiso colectivo, una responsabilidad docente y el derecho de los estudiantes. Ignoramos las diferentes realidades y el miedo, pero el estar conectados era una especie de escape, justamente, para saber que “estábamos”.
Numéricamente los resultados académicos no fueron buenos por razones que no se desarrollarán aquí, pero para no perder a los estudiantes, las autoridades implementan una readaptación de los reglamentos en cuanto al pasaje de grado, permitiendo que los alumnos pasaran hasta con seis asignaturas pendientes que posteriormente se sumarían a las del año siguiente. ¡¡¡Qué hubiera sido de la educación sin la tecnología en plena pandemia…!!!
Creímos que con el retorno a las aulas todo volvería a la normalidad. En cambio, esta experiencia nos dejó un sabor amargo. Ni cuenta nos dimos y la reforma educativa estaba en marcha.
Las inspecciones preguntaban a los docentes sobre las estrategias que estaban utilizando para vincular a los alumnos que quedaron rezagados en el camino y aprobar a los que continuaban en curso. Ya que el retorno a las aulas se realiza con el cincuenta por ciento de los alumnos, alternando cada quince días, pero que, dadas las condiciones, aún insuficientes, de la virtualidad por la poca conectividad de los alumnos y la falta de dispositivos, hizo que el trabajo se hiciera descomunal, ya que los aprendizajes que no se reflejaron en la pandemia debían ser retomados en la presencialidad.
En esta experiencia se perdieron hábitos de estudio, permanencia en las aulas y asistencia.
En este contexto muy complejo, comienza a imponerse la muy citada pero poco conocida Transformación Educativa.
En un momento donde apenas se podía hacer un diagnóstico de lo que nos había pasado.
Esta transformación surge como la solución a problemas ya existentes, pero que, en su apresurada implementación y la agresividad del discurso implementado, no resulta atractivo, ni genera una identificación de la gran mayoría de los docentes del país. Sobre todo, porque lejos de atacar a los problemas del sistema, genera las condiciones para el agravamiento de los mismos.
Seguramente si sos de la vieja escuela, recordás el respeto y la admiración que sentías por aquellos docentes, la alegría que sentías por ir a tu centro educativo, ponerte la túnica o la remera del centro que te distinguía porque había sentido de pertenencia; aquellos hábitos de estudios, ¿sacabas apuntes verdad?, la tarea domiciliaria al llegar a casa y la búsqueda de información en diarios y revistas, a veces te salvaba algún vecino o ibas a la biblioteca, pero la tarea había que hacerla, nadie te premiaba por pasar de clase, las evaluaciones escritas, parciales y exámenes a fin de año obligatorios que nadie cuestionaba. La asistencia no era opcional, la permanencia en el centro era la norma. Si no cumplías con algo de esto llamaban a tus padres; sí, había padres presentes que respaldaban al docente, su palabra era misa.
Por último, y no menos importante, los actos patrios, levantarse los días feriados para celebrar a los héroes de la patria era una procesión familiar. Todos sabíamos cantar fuerte el himno. Esto ahora sólo pasa en la cancha.
¿Qué fue de aquella escuela?…
Laura

