La Fundación Cazabajones alerta en su página web que Uruguay se encuentra frente a una epidemia de depresión. En este contexto, analiza que “existen en el país unas 600.000 personas que sufren de depresión, pero el 80 por ciento –es decir 480.000 personas– desconoce que la padece”.
El pasado 13 de enero se conmemoró el Día Mundial de lucha contra la Depresión, una enfermedad que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, de las cuales el 50 por ciento no está diagnosticada. Afecta al doble de mujeres, con respecto a los hombres y es la causante de una de cada diez bajas por discapacidad laboral.
La depresión, en definitiva, está presente en muchas de las situaciones por las que atraviesan 800.000 personas que se suicidan cada año en el mundo. Y, si bien nadie está libre, a menudo es incomprendida u observada como una enfermedad de “otros” o de personas que “no ponen” voluntad para salir adelante.
Para empezar, no se reconoce como una enfermedad. Entonces, ni se diagnostica, ni se consulta, ni se trata como tal. Y ese es el origen de todo lo que viene después.
Tampoco es un fenómeno novedoso ni de sociedades modernas, sino que han aumentado los casos y abarca a una mayor población de edades tempranas.
Los cambios culturales se vuelven urgentes para detener a las estadísticas, pero deben hacerse con campañas de información y prevención. Las redes de apoyo y contención, sumado a la atención sicológica y médica permitirán un correcto abordaje. No es posible pensar, en pleno siglo XXI, que una enfermedad como esta es un síntoma de debilidad de carácter y que puede curarse sola.
De hecho, los abordajes institucionales han sido tardíos. Hubo que esperar a que las cifras interpelaran a la opinión pública para instrumentar planes de atención y un abordaje desde el punto de vista sanitario.
Y aún así, no se ha podido revertir la situación. Porque son políticas de largo aliento que no deben demorarse en su aplicación.
Los datos oficiales aseguran que el 18% de la población ha sufrido algún episodio vinculado a la ansiedad o la depresión y ambas son el origen de las enfermedades de salud mental. Uruguay ha atravesado, al igual que otros países, por crisis económicas así como la última pandemia sanitaria. Sin embargo, tiene un problema por el crecimiento exponencial del consumo problemático de sustancias.
Las adicciones han profundizado el problema y, con el paso de las décadas, no se destinaban inversiones en un plan de políticas públicas con enfoque en la salud mental. La última Rendición de Cuentas dispone de recursos a partir de 2024 para espacios de internación, tiques gratis para la compra de antidepresivos y el financiamiento de tratamiento a pacientes que atravesaron por un intento de autoeliminación.
Si esto es efectivo o no, se verá con el paso del tiempo. Porque es necesario instalar una política de Estado al respecto. Es decir, que continúe en las siguientes administraciones con el fin de apoyar a los organismos que trabajan con poblaciones específicas, tales como la educación, la minoridad, privados de libertad, jóvenes, personas mayores y en condiciones de vulnerabilidad económica.
Ningún programa de este tipo tendrá resultados positivos en la comunidad si no existe antes un acto de generosidad política que vincule al problema con la solución, en vez de la acción con el rédito político.
Todo lo demás vendrá con el programa y el refuerzo en los mensajes hacia la sociedad. Porque no es necesario medicar tanto ni atender específicamente desde el punto de vista siquiátrico. Es posible que la propia comunidad se transforme en el gestor de una solución colectiva.
Los especialistas aseguran que la salud mental se basa en aspectos sociosanitarios y el abordaje involucra a la sociedad en su conjunto. Si se corre detrás del problema, tal como ocurre ahora, entonces no habrá solución posible.
El abordaje temprano implica hablar de la problemática existente con las distintas adicciones desde los ámbitos educativos, en las relaciones interpersonales, en los lugares de trabajo o en los centros de atención a la salud. Es decir, transformar a cada individuo en un espacio de escucha, en ser un agente de cambio de una realidad que toca a cualquiera.
Pero falta mucho. La información y el conocimiento debe estar al alcance de todos para evitar la desorientación que se observa en la actualidad. Es imperioso recordar que la depresión rompe la voluntad de quien la padece. Por lo tanto, no es posible demandarle que mejore su carácter o se levante de la cama.
En cualquier caso, la incomprensión es el principio que lleva al final ya conocido. Si bien falla el sistema de salud, es posible entender que antes –mucho antes– comenzó a fallar el entorno.
El foco de atención está sobre las edades. Si bien era un problema de las personas mayores, tanto por la soledad o una mayor expectativa de vida, ahora se ve un incremento alarmante en los jóvenes.
Por otro lado, los cambios vertiginosos en el mundo predisponen a nuevas formas de crianza. Es importante cuestionar si los niños y adolescentes tienen tolerancia a la frustración. O si cuentan con la capacidad necesaria para resolver problemas o para manejar los conflictos sociales en forma no violenta. Porque la respuesta a estas preguntas iniciales revelan los comprotamientos individuales que se desarrollan en la vida adulta.
Uruguay es uno de los países con mayor índice de depresión en América de Sur. Y no solo porque lo señalan las estadísticas de los organizaciones internacionales, sino porque los propios organismos estatales han tenido un incremento en sus consultas.