Ernesto Kreimerman: La tormenta que antecede al terremoto

Los textos de divulgación son claros: “terremoto es un movimiento de la corteza terrestre que se percibe como una vibración brusca y que es producido por la liberación de energía en forma de ondas sísmicas desde el interior del planeta”. Y suceden, tomemos nota, unos 500 mil terremotos al año.
Existen varios tipos de terremotos. Por causas naturales: tectónicos, volcánicos, de colapso, por impactos de meteoritos. Por causas antrópicas: inducidos por grandes embalses, por explosiones nucleares, de minas y canteras, por extracción de petróleo.
Y también se miden. Hay una escala sismológica de magnitud. La más utilizada es la escala de Richter. Esta mide terremotos de 2 a 6,9 de magnitud y de 0 a 400 kilómetros de profundidad. Las consecuencias están relacionadas con la magnitud e intensidad. Van desde la ruptura o quiebre del suelo, inundaciones, deslizamientos de tierra, tsunamis o maremotos, e incluso otras consecuencias más directas, como la desaparición de las redes logísticas, la inaccesibilidad a los servicios básicos, desabastecimiento de alimentos, enfermedades e incluso epidemias, y otros muchos etcéteras.

Terremotos políticos y sociales

En Inglaterra un cinco veces frustrado candidato a integrar la cámara de los comunes, Nigel Farage, se convirtió en el 2019 en la estrella electoral. La similitud con el fenómeno de vaciamiento de contenidos y licuación del sentido social, es el punto en común con otros fenómenos. También el hecho de embarcarse en un plan de titulares rimbombantes cuyo alcance nadie puede explicar, y tampoco nadie espera que lo expliquen. Es un terremoto en preparación, cuya hoguera la ha encendido en permanente vacío propositivo, y la exacerbación de excusas o argumentos que apelan a la ultraindividualidad y a la desintegración social.
Farage, que no tenía partido ni nada, resultó ser el creador del “Partido del Brexit”. Una extraña iniciativa que ni siquiera precisó de un manifiesto. No estaba en sus planes, menos aún en sus posibilidades, profundizar en una propuesta que enunciara un nuevo rumbo y lo fundamentara. Todo lo contrario. El ejercicio electoral radicaba en mostrar un nuevo símbolo con una variante del azul (el color del conservadurismo), el cual se basa en una flecha que apunta a la derecha, y atacar a la primera ministra tory, conservadora, y al laborismo por haber traicionado a la salida británica de la Unión Europea (Brexit en lenguaje político inglés) y a la mayoría euro-escéptica de su base partidaria y electoral.
En 2009 Farage logra que su partido se ubique tercero en las euro-elecciones británicas. Cinco años después, 2014, Farage logra el 27% de las adhesiones. Sin alternativas y derrotado, el primer ministro tory David Cameron se ve forzado a convocar a un referéndum sobre Europa, que ocurrirá en el 2016 y la victoria se la quedan los partidarios del Brexit encabezados por el exalcalde capitalino conservador Boris Johnson. Que tampoco tenía una alternativa o un proyecto a desarrollar.
Farage se retira tras fracasar en su intento de transformar a su partido en una fuerza del parlamento británico. Desde el 2016, se sucedieron los siguientes primeros ministros: Theresa May, Boris Johnson, Elizabeth Truss, y Rishi Sunak. Ninguno de ellos completó el período, especialmente Truss, la más breve, del 6 de setiembre al 25 de octubre del 2022. Todos ellos conservadores.

Otros terremotos

Pero hay otros y más severos y cercanos terremotos, que nos causan problemas nuevos o nos agudizan los viejos e irresueltos. Sin ir más lejos, el drama argentino. Lo primero que demuestra el escape al vacío de nuestros vecinos, es la importancia de contar con partidos políticos más o menos sólidos, honestos, y además, sustentados en valores, tanto presentes como aspiracionales. Un discurso de ira, una comprensión del mercado desde la amoralidad, instalando que todo es una mercadería de intercambio, que todo y todos tienen un valor, y que el punto es hacer coincidir valor y precio. A todo le llega un precio de transacción, sustentado en el criterio de oportunidad. Un órgano del cuerpo humano, la portación de armas, la ambigüedad acerca de la venta de niños, el “Estado es un enemigo”.
El terremoto político argentino no estuvo excluido de una larga lista de insultos, especialmente, de parte del entonces candidato y hoy presidente Javier Milei. Solamente, como ayuda memoria: A Martín Kulfas le dijo “pedazo de mierda, por qué no estudiás, h.d.p.” y a Horacio Rodríguez Larreta, “zurdo de mierda, te aplasto, sorete, gusano arrastrado, pelado asqueroso de mierda”.
En junio de 2022, los principales analistas de opinión pública apostaban que ese gusto o adhesión por el personaje Milei sería pasajero, aunque admitían un riesgo en esa valoración: en los Estados Unidos y también en Brasil se opinaba lo mismo respecto a Trump y a Bolsonaro.
Por ello, es oportuno poner en perspectiva la situación y comprender que el éxito mediático y político de Milei no es él (en sí mismo), sino lo que Milei resignifica. Yendo más a fondo: lo que él representa y que impulsó su recorrido experimental, fue y es el hastío de amplios sectores, transversal, en el sentido que atraviesa clases sociales, con el statu quo que lo ha caracterizado, y para bien y para mal, por lo que beneficia o perjudica.

La tormenta perfecta

Hay una señal de advertencia de la naturaleza que hay que aprender a escuchar. Unos 5 días antes de que se produzca un terremoto, suelen verse cambios en la atmósfera. En particular, un aumento en la energía que provoca relámpagos, un aumento en los niveles de agua en ríos, lagos y arroyos, y los árboles parecen vivir una aparente total quietud.
Como expresara Carlos Marx, en su obra “El 18 de brumario de Luis Bonaparte” escrita entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. En el prólogo a la segunda edición de 1869, Marx agrega una pista, que nos agrega otra línea de análisis: “Entre las obras que trataban en la misma época del mismo tema, sólo dos son dignas de mención: ‘Napoléon le Petit’, de Víctor Hugo y ‘Coup d’Etat’, de Proudhon. Víctor Hugo se limita a una amarga e ingeniosa invectiva contra el editor responsable del golpe de Estado. En cuanto el acontecimiento mismo, parece, en su obra, un rayo que cayese de un cielo sereno. No ve en él más que un acto de fuerza de un solo individuo. No advierte que lo que hace es engrandecer a este individuo en vez de empequeñecerlo, al atribuirle un poder personal de iniciativa que no tenía paralelo en la historia universal. Por su parte, Proudhon intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre las manos, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del golpe de Estado. Cae con ello en el defecto de nuestros pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro como la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”.
Estados Unidos ya ha experimentado esas alteraciones que de nuevo le advierten otra tormenta, previa al terremoto Trump 2. Una tormenta perfecta que antecede al terremoto.