La tragedia de los Andes y la “grieta” uruguaya

El estreno de la película “La sociedad de la nieve” a través del servicio de streaming Netflix, ha revivido el interés de los uruguayos y de todo el mundo en la historia de nuestros compatriotas cuyo avión se accidentó el 13 de octubre de 1972. Desde esa fecha este infortunado suceso se ha ganado con justicia un lugar de privilegio en el corazón de los uruguayos, algo parecido a lo que nos sucede con la selección nacional de fútbol que nos une más allá de cualquier origen o pertenencia y nos regala el increíble momento de una comunión laica en un país que no se caracteriza por ese tipo de fenómenos.

Otra de las cosas que caracteriza al sentimiento nacional sobre la tragedia de los Andes es la reserva y el recato con la cual cada uno de nosotros vivimos y reflexionamos sobre esta odisea cuyas aristas humanas son infinitas y nos convocan permanentemente a ahondar en lo más profundo de nuestro ser y hasta cuestionarnos al preguntarnos cómo reaccionaríamos cada uno de nosotros en esas condiciones tan extremas. Sin quererlo ni buscarlo, cada una de las personas que formaban parte de ese vuelo, hayan sobrevivido o no, forman parte del patrimonio intangible de nuestro país. Hace muchos años el líder del Partido Nacional dijo que “el Uruguay es y solamente es una comunidad espiritual” y de ella forman parte todos los que subieron al fatídico vuelo 571 de la Fuerza Área Uruguaya.

Todo ello no es poco ni tampoco debe considerarse como tal: insertados en un mundo en el cual florecen y se extienden los discursos de odio y la descalificación permanente del otro, las sociedades deben buscar aquellos hechos que unan por encima de factores particulares o de respetables diversidades cuya exacerbación conduce, indefectiblemente, a levantar altos y gruesos muros que nos impiden funcionar como sociedad y alcanzar aquellos objetivos que hacen al bien común. Lo que podríamos definir como “la máquina del odio” es siempre un mecanismo de gran eficiencia y eficacia, fácil de instrumentar, rápido en crecimiento y que apela a la irracionalidad antes que a la reflexión ya que siempre será más fácil iniciar un incendio que apagarlo.

Las dicotomías sobre las cuales trabaja esta máquina son muy elementales pero exitosas porque apelan a los sentimientos más oscuros y negativos del ser humano, siempre bajo el enfrentamiento de “ellos” y “nosotros” a través de construcciones conceptuales en blanco y negro donde no hay lugar ni tiempo para la duda, la empatía o la compasión. Izquierda versus derecha, empleador versus trabajador, auto barato contra auto caro, barrio contra barrio, una nacionalidad contra otra, una opción sexual contra otra, e incluso una religión contra otra. Todo vale a la hora de dividir y demonizar a una persona por el lugar donde vive, la religión que profesa o su situación económica; todo vale para alimentar la máquina del odio, la cual permanece siempre encendida las 24 horas del día los 365 días del año en los lugares de trabajo, en las reuniones familiares o en los encuentros con amigos. Basta una corta visita a las redes sociales para ver cuántas personas (incluso en nuestra ciudad, y seguramente muchas muy cercanas) han transformado esos ámbitos en inmensas cloacas digitales en las cuales navegan impulsados por su rechazo a todo lo que sea diferente, así como sus traumas y frustraciones de las cuales “el otro” siempre es el culpable.

El pasado mes de noviembre el expresidente José Mujica reconoció expresamente esa división entre uruguayos: “Sí hay una grieta. Pero tenemos que hacer lo contrario. Tenemos que luchar contra eso”. Según una encuesta de la consultora Factum divulgada en julio del año pasado, 7 de cada 10 uruguayos considera que cada día es más difícil hablar de política sin pelearse con el que piensa distinto. Para los más jóvenes (18 a 33 años) esa percepción crece hasta un 80%. Verdaderamente preocupante.

En este contexto, el senador frenteamplista y precandidato presidencial Mario Bergara publicó un infortunado mensaje en la red X en los últimos días descalificando –muy probablemente sin intención– a los sobrevivientes de la tragedia de los Andes al señalar que “La epopeya de Los Andes fue protagonizada por chiquilines de los sectores más ricos de la sociedad. Muchachos de élite, sin vuelta ni matices. Sin embargo, todos estamos orgullosos de que sean uruguayos”. El comentario de Bergara suena lleno de resentimiento y prejuicios, lo que resulta más grave viniendo de una persona que aspira a ser presidente de todos los uruguayos.

Si bien es posible que haya querido decir otra cosa, la sola mención no hace más que mostrar lo que en su fuero más íntimo piensa realmente.
Su pedido de disculpas fue a todas luces lamentable y seguramente aconsejado por sus asesores de imagen. Uno de esos sobrevivientes, Eduardo Strauch tildó de “estúpidos y lamentables” los comentarios de Bergara y señaló que con esos dichos se está “generando una grieta que nunca existió en Uruguay”. “No me molesta lo que digan ahora, me da lástima”.

Fernando Parrado, uno de los sobrevivientes, narra la historia de su familia en el libro “Milagro en los Andes” indicando que su abuelo “era un pobre vendedor ambulante que viajaba en un carro tirado por caballos de una estancia a otra vendiendo sillas de montar, bridas, botas y otros productos de uso cotidiano (…) Cuando yo me quejaba de mi vida, mi padre solía recordarme que, de niño, su baño era un cobertizo de hojalata a quince metros de su casa y que no vio un rollo de papel higiénico hasta que cumplió los once años y su familia se trasladó a Montevideo” (…) Cada día, mi padre recorría a pie el trayecto de ida a vuelta hasta la escuela por caminos polvorientos, y además se esperaba de él que participara en la lucha cotidiana de la familia por sobrevivir”.

¿Qué es lo que le molesta al senador Bergara (quien por otra parte es un exmilitante del Partido Comunista del Uruguay)? ¿Que los sobrevivientes hayan ido a un instituto privado de enseñanza (que además es religioso, algo que no es aceptado por el comunismo)? ¿Que vivieran en Carrasco? ¿Que tuvieran un buen pasar económico? ¿Que hayan prosperado económicamente en la vida en base a su trabajo legítimo? ¿Por qué tanto resentimiento? ¿Por qué seguir dividiendo a los uruguayos cavando con fuerza y entusiasmo una grieta que cada día nos separa más? ¿Qué gana el senador Bergara dividiendo entre “ellos” y “nosotros”? Fomentar el odio nunca es el camino.

La Historia ha demostrado que quien hoy discrimina por vivir en un barrio determinado, mañana lo puede hacer por cualquier otro motivo igualmente irracional y arbitrario. La convivencia democrática y el respeto a los ciudadanos no se construye con lindos discursos ante la tribuna, se debe respaldar con hechos concretos y en ese sentido la actitud de Bergara deja mucho que desear.