Radicales y pulmones

En los dos partidos clásicos que disputaron Peñarol y Nacional este mes la tribuna Olímpica, históricamente la tribuna compartida, o “neutral” –para diferenciarla de las cabeceras Amsterdam y Colombes que ocupan los hinchas más enfervorizados– lucía prácticamente vacía durante la transmisión televisiva, producto de la distancia que hay que preservar entre las parcialidades de ambos clubes para evitar que se agredan. Difícil encontrar un mejor símbolo de estos tiempos. Ese “pulmón” como se lo llamó desde que se empezó instrumentar, ha crecido en metros hasta abarcar ya más de la mitad de esa tribuna. Un absurdo si se lo analiza fríamente y fuera de contexto. Ojo, esto sin dejar de reconocer que ha sido un logro el volver a jugar con las dos hinchadas, luego de un año en el que, al menos en la actividad oficial, este tipo de partidos solo se pudo jugar con las parcialidades locales, en los estadios de cada club.

Pero todo esto viene a cuento en un año en el que el país tendrá en juego otras cosas más relevantes que un partido de fútbol y en el que la violencia a través de las redes sociales ha comenzado con una alta intensidad en un enero que no ha sido tan “de siesta” como los de otrora, y como un poco mantiene la concepción popular. Ha sido un inicio de año en el que la intensidad en el intercambio de agravios bajó muy poco, si es que bajó, con varios episodios que tuvieron como blanco de críticas principalmente al presidente de la República, Luis Lacalle Pou, y a la intendente de Montevideo, Carolina Cosse. Y sí, lógicamente también a algunos de los protagonistas de los referidos partidos: jugadores, árbitros y directivos. Pero sobre todo ha sido muy agresivo el intercambio entre quienes se suman a la discusión, entre las personas comunes, los “hinchas”, “adherentes”, “militantes”, “seguidores”, o como se quiera llamarles. A ese nivel se han perdido completamente las formas y los buenos modos. En esa batalla la derrota es incontestable.

Por eso viene a cuento citar el mensaje difundido por la directora general de Unesco, Audrey Azoulay, que en el Día Internacional de la Educación, el pasado miércoles 24 de enero, aludió, justamente al problema del odio en las redes. La funcionaria advirtió que “El odio empieza con las palabras: palabras que discriminan, dividen y deshumanizan; palabras que socavan la democracia, difunden ignorancia, infunden miedo y pueden incluso preludiar los peores crímenes. Cuando estas palabras no se controlan –cuando se permite la proliferación de discursos de odio racistas, antisemitas, xenófobos o por razones de género–, se convierten en una amenaza existencial para los derechos humanos, la democracia y la paz”.

Planteó Azoulay que, en los últimos años, “el discurso de odio y la difusión de falsedades en Internet han ganado terreno con la expansión de los medios sociales. El año pasado, un estudio realizado en 16 países puso de manifiesto que el 67% de los usuarios de Internet se habían encontrado con discursos de odio en línea. Alrededor del 85% de los encuestados expresaron su preocupación por el impacto y la influencia de la desinformación en sus conciudadanos”.

Agregó que, para hacer frente a este creciente fenómeno, “contamos con la educación: para combatir el odio desde sus raíces, para desarrollar el pensamiento crítico y para erigir los baluartes de la paz en la mente de las mujeres y los hombres”. Además recordó que se publicó el año pasado una guía “dirigida a los encargados de la formulación de políticas, para ayudarlos a reforzar las políticas públicas en este ámbito”, titulada “Addressing hate speech through education” (“Combatir el discurso de odio a través de la educación”).

“Si el odio empieza con las palabras, la paz empieza con la educación”, sostuvo la directora general.
Pero no solamente Unesco ha advertido sobre este efecto nocivo y radicalizante de las redes sociales. En julio pasado la Oficina de las Naciones Unidas para la Prevención del Genocidio y la Responsabilidad de Proteger presentó un documento con el propósito de “contrarrestar y abordar el discurso del odio en Internet”. La guía, titulada “Countering and Addressing Online Hate Speech: A Guide for Policy Makers and Practitioners” (“Contrarrestar y abordar el discurso de odio en línea: una guía para responsables políticos y profesionales”), elaborado en conjunto entre la Oficina de la ONU y el Proyecto de Derechos Humanos, Big Data y Tecnología del Consejo de Investigación Económica y Social (ESRC), de la Universidad de Essex, en el Reino Unido.

Entre las principales recomendaciones de este informe figuran: La necesidad de garantizar el respeto de los derechos humanos y el Estado de Derecho en la lucha contra la incitación al odio en Internet, y aplicar estas normas a la moderación, la selección y la regulación de contenidos; Aumentar la transparencia de la moderación, la edición y la regulación de contenidos; Promover narrativas positivas para contrarrestar la incitación al odio en línea y fomentar la participación y el empoderamiento de los usuarios; Garantizar la rendición de cuentas, reforzar los mecanismos judiciales y mejorar los mecanismos de supervisión independientes; Reforzar la cooperación multilateral y entre múltiples partes interesadas; Promover las voces de las comunidades y formular políticas y buenas prácticas que tengan en cuenta el contexto y se basen en el conocimiento para proteger y empoderar a los grupos y poblaciones vulnerables a fin de contrarrestar la incitación al odio en línea.

El error de esta guía está en que no considera que detrás de esta radicalización de los discursos hay intereses creados, que no es un fenómeno casual el de la proliferación de estos discursos de odio, es funcional a algo y es, por lo tanto, difícil pararse en el medio y tratar de fomentar el entendimiento entre algunos que han alcanzado hace rato ya el nivel de energúmenos.
Demasiado ingenua, por decirlo en pocas palabras. Retomando la metáfora futbolera, da la impresión de que, más que pulmón, lo que está haciendo falta poner es un poco de cerebro en ciertos cuerpos.