Pola, un largo camino transitado en el que bordó una linda historia

Próxima a cumplir sus 88 años, Lidia Bonín Martinelli, llamada por sus seres queridos “Pola”, con su característica gentileza recibió a Pasividades para contarnos acerca de su vida, desde los primeros años en campaña en la zona de San Javier, su gusto por el bordado a máquina, el tejido, su juventud ya en Paysandú donde trabajó en tiendas céntricas de aquella época y formó su hermosa familia. Hoy disfruta del merecido descanso de una mujer trabajadora, pero aún permanece activa ocupándose de las tareas propias del hogar, del cuidado de sus plantas y en ocasiones visita la chacra de un familiar donde contacta nuevamente con la naturaleza con la que se vinculó tan estrechamente de niña.
Nació el 30 de julio de 1936 en el hogar de los esposos Camilo y Angela, donde “éramos 9 hermanos. Me crié en campaña. Primero era la estancia Farrapos, donde mi padre hacía el jardín, la quinta de árboles frutales, todo el mantenimiento, pero si faltaba algún peón para recorrer él también iba. Y mi madre, en casa criando gurises, pero sabía de todo, coser ropa de hombre y de mujer, cortaba el pelo, bordaba a mano”, recordó.
“Mi niñez fue linda, todos con mamá en casa. La escuela era el problema que teníamos porque nos quedaba como 5 leguas (unos 25 kilómetros). Fui a la escuela 25 de Bellaco; íbamos a caballo en ancas de a dos”, comentó.
“Cuando yo tendría unos 7 u 8 años, el administrador se jubiló y los dueños que vivían en Francia decidieron venderla al Instituto de Colonización, y a mi padre le dieron un campo. El hizo un rancho de barro y techo de paja y el cielo raso con bolsas de arpillera”, detalló, recordando que en aquel momento “los vecinos todos se ayudaban, eran muy solidarios”. Con los años, “papá hizo una casa de material”, agregó.
“Cuando cumplimos 15 años, el regalo de papá era una máquina de coser”, contó y agregó que mientras a sus hermanas les gustaba corte y confección, “a mí me gustó siempre bordar a máquina”.
A los 18 años decidió dar un giro a su vida y junto a una hermana se vino a Paysandú a trabajar, aprovechando que su padre había comprado una casa en esta ciudad precisamente para que los hijos tuvieran un lugar donde vivir si optaban por probar nuevos horizontes. Es así que desde muy jovencita inicia su vida laboral en tiendas céntricas reconocidas en aquellos años, y seguramente recordadas por quienes ya peinan canas. “Cuando vine a Paysandú me puse a trabajar en la juguetería y bazar Renacimiento, después con Pérez Iglesias, que primero tenía la tienda por Leandro Gómez, y después en 18 de Julio, vendían todos artículos exclusivos para el hogar, cuadros, artículos de plata” y todo tipo de accesorios, y luego incorporaron también zapatos “que traían de una casa de Montevideo”, relató. Otro de los lugares en que también estuvo dedicada a la atención al público fue en Zoraya, una boutique con ropa exclusiva, recordó.
En aquellos años se casó con un joven que ya conocía de su tierra natal, Julio Carbajal, y años más tarde tuvieron dos hijos: Alejandra y Fernando. Es así que, tal como sucede en estas épocas, debió administrar su tiempo entre su vida laboral, la atención de su hogar y la crianza de su familia. Cuando se jubiló, continuó su labor desde su casa, pero dedicada durante horas al tejido a mano y así lo hizo durante 7 años. Incluso hasta hace poco tejió alguna prenda para un nieto de una de las amigas de su hija, aunque ahora –nos confiesa– ya abandonó las agujas “porque yo ya no tengo ganas”, dijo sonriente.

“He sido feliz”

Aunque reconoce que tiene ciertos achaques propios de la edad, que le limitan un poco el ritmo de su andar, eso igualmente no la frena para iniciar su rutina diaria muy temprano a la mañana. “El basurero me hace levantar a la 7 y media para tirar la basura”, contó, ya que reside en un barrio del Este de la ciudad donde aún no hay instaladas volquetas. “Tomo mate de mañana, pero unos pocos porque ando haciendo las cosas del hogar”, comentó. Entre esas tareas, está el cuidado de sus plantas, unas pocas que conserva y entre las que sobresale un hermoso rosal en el frente de la casa. Hasta hace algunos cuantos años, y tal como era costumbre en la mayoría de los hogares sanduceros con fondos amplios, tenía una quinta y un hermoso jardín que cuidaba celosamente.
Disfruta de programas de televisión de entretenimiento y le gusta estar al tanto de la realidad por lo que también “miro el informativo de Canal 4”.
Haciendo una retrospectiva de su vida, nos aseguró que “yo he sido feliz”.
“Me acuerdo del campo; salías y veías de todo, hasta flores, había una cañada que estaba llena de patos, los gansos, era lindo, a mí me gustaba. Ordeñábamos, porque después se hizo un tambo, se sacaba la crema en los tachos, mamá hacía quesos cuando las vacas daban poca leche. Pero, la leche la vendíamos, sacábamos dos tachos y Sabelín los levantaba”, recordó. “Por eso te digo sí, fui feliz, a mí me gustaba y me gusta el campo”, reafirmó. Por eso, muy frecuentemente visita a su primo que tiene una chacrita cercana. “Paso bien”, aseguró al finalizar una charla muy amena de una mujer un poco cansada por la edad y las dolencias que los años traen, pero que conserva intacto su espíritu alegre y está muy satisfecha con su historia de vida.