Para quienes no lo han notado aún, existe en el mundo una clara tendencia a modificar todo acto, personaje u obra cultural que, mirado con los ojos de la actualidad, pueda ser considerado inconveniente, incómodo o simplemente molesto. Con la finalidad de no herir ninguna sensibilidad contemporánea, existe a nivel mundial un ejército de censores que busca modificar todos los aspectos de nuestra cultura: desde cómo debería ser actualizado a nuestros días el personaje de James Bond hasta el ridículo uso del lenguaje inclusivo.
En todo el tema de la corrección política existe una gran carga de hipocresía y un nuevo colonialismo cultural; un claro ejemplo del absurdo es lo que sucedió cuando Edinson Cavani fue castigado por discriminación racial con una suspensión de tres partidos y una multa de 100.000 libras (unos U$S 135.000), tras publicar un mensaje con el texto “Gracias, Negrito”, a quien lo felicitó por haber marcado el gol de la victoria ante el equipo Southampton.
Para Fernando Muñoz, profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, “opinar siempre es arriesgar una conjetura más o menos plausible. La antigüedad opuso conocimiento a opinión, no tanto como términos simplemente antagónicos, sino como fases de un mismo proceso que, partiendo de un estado precario, culminaría idealmente en una verdad perenne como el bronce. El que manifiesta una opinión no formula un conocimiento, se arriesga al error y se expone a la crítica y la oposición de una opinión contraria. Solo desbordando la opinión para desarrollar un conocimiento estricto podría superarse ese riesgo. (…) La asfixiante exigencia de respeto a la llamada ‘corrección política’, que mal esconde la idea de una ‘verdad política’, no responde a logro real alguno de las ciencias sociales y humanas, saberes de estructura dialéctica cuya ruina resulta inexorable una vez que el ejercicio de la argumentación y la contra argumentación se inhibe, en nombre de pretendidas verdades políticas, signos de ‘corrección’”.
Según el artista mexicano Manuel Ajenjo, “una persona que actúa de manera políticamente correcta es aquella que toma en cuenta los valores de todos los grupos humanos y evita cualquier posible discriminación u ofensa hacia ellos por motivos de sexo, preferencias sexuales, ideología política, religión, raza, y un largo etcétera que va desde el modo de vestirse y la predilección gastronómica hasta el amor desproporcionado por los animales. Por supuesto que la idea es plausible, tiene un trasfondo de rectitud y respeto por los demás; es un llamado a evitar prácticas de exclusión, modos de injusticia, ofensas y maltratos. En mi modesta opinión esta tendencia hacia lo políticamente correcto ha llegado a niveles de exageración como el uso antigramatical, que al parecer ya se hizo costumbre”.
Así las cosas, los defensores de lo políticamente correcto (que incluye el denominado “lenguaje inclusivo” o “ideología de género”) asumen un papel tenebroso y antidemocrático: se lanzan a una nueva “caza de brujas” identificando, señalando con el dedo y despedazando –principalmente a través de las redes sociales– a todos aquellos que no comulguen con sus paradigmas autoritarios. En todo caso, no se trata de nada nuevo, porque querer callar la opinión del otro cuando no nos gusta lo que nos dice es una tendencia natural en el ser humano. Antes el poder lo ejercían los gobiernos autoritarios, las dictaduras, las tiranías que sometían al pueblo a la censura impuesta. Ahora ese poder está en manos de las minorías manipuladas hábilmente por el poder político, paradójicamente casi siempre alineado a la izquierda y teocracias totalitaristas. No es casualidad que en las dictaduras o pseudodemocracias que están alineadas a la izquierda internacional no existen estos “problemas”. A un gay lo mandan a prisión, a una feminista que quiera enseñar a amamantar a su hijo por TV la detienen y si es extranjera, le sacan el pasaporte –pregúntenle cómo le fue con eso a la uruguayísima actriz Natalia Oreiro en Rusia–, a los “afrodescendientes” los tiran como perros en la frontera para que vayan a invadir Europa, pero no los aceptan ellos; “multicultural” no existe en sus diccionarios así como tampoco las 60 letras que sigen a la L+.
En cambio, en las democracias liberales nos obligan hasta a modificar la literatura infantil clásica, como Cenicienta o Blancanieves y los siete enanitos, entre muchos otros, que han sido reescritos para ser aceptados como políticamente correctos, desconociendo que la cultura y sus diversas manifestaciones son una hija directa del tiempo en el cual se concretan, y que es un error evaluar costumbres y acciones del pasado con los estándares y valores de hoy, algo que cualquier estudiante de historia tiene bien presente.
De acuerdo con el periodista Winston Manrique Sabogal, “lo políticamente correcto ya es percibido como un Caballo de Troya de la democracia. Lo que nació como una petición-regalo noble en aras de la justicia social y la armonía ha terminado por minar la raíz y un símbolo del sistema: la libertad de expresión y de creación. Escritores, pensadores y expertos lo han denunciado en libros, artículos y conferencias. Varios creadores, expertos y gestores advierten de la manipulación del lenguaje como arma política y arrojadiza en este ámbito. Recuerdan que la ofensa no está en la palabra, si no en el tono, el contexto y la intención de quien la usa y que la gente no es tan ignorante como se quiere hacer creer; y de que no todo es fobia cuando se formulan dudas, preguntas y reflexiones sobre un tema de minorías o delicado”.
En el mismo sentido, el académico argentino Julio Montero ha expresado que en muchos países el autoritarismo se ha reciclado y “se canaliza ahora mediante la doctrina de la corrección política, un neo-totalitarismo revestido de contenidos supuestamente liberales. Ya no se trata de que las personas respeten el derecho del resto a vivir según sus convicciones sin padecer opresión, penalidades ni marginalización; más bien, se espera que abracen las creencias correctas y las apliquen tanto en sus interacciones públicas como en su vida interior. La cultura de la corrección política está montando un sistema de censura, escrache y disciplinamiento que amenaza con fagocitarse el pensamiento libre, principal motor del cambio social. Poco a poco, las sociedades que siguen este sendero se deslizan hacia un sistema de vendettas y justicia por mano propia. La exposición de los herejes en medios y redes sociales es la nueva guillotina de la turba justiciera”.
“La elección que las sociedades occidentales enfrentan es si preservarán su naturaleza abierta, conquistada tras siglos de progreso cultural, o si avanzarán hacia una distopía que homogeniza valores mediante el castigo social de las conductas ‘indebidas’ y la promoción de una auto-constricción fundada en el miedo. Si queremos continuar con el proceso de ampliación de derechos, inclusión de minorías y respeto por la pluralidad, conviene no olvidar que la situación de los grupos oprimidos ha mejorado notablemente gracias a la cultura de la tolerancia. Para mantenerla viva es esencial no cruzar la frontera trazada por el principio del daño”.
Así las cosas, debemos estar atentos ante los avances de estos nuevos censores, defendiendo la libertad a expresar nuestro pensamiento y sin permitir que nadie nos imponga modelos, doctrinas o formas de escribir que poco tienen de inocente o de casual.
