Walter Belvisi, el hombre detrás de una obra icónica hoy totalmente renovada

El lugar donde hoy se levanta el estadio 8 de Junio era alrededor de 1970 un baldío, donde informalmente se jugaba al fútbol. “Estaba rodeado por otros baldíos, porque la zona no era muy poblada. También Bulevar al sur estaba desploblado”, recuerda Walter Belvisi, quien fuera Intendente en el período en que se planificó y construyó el Estadio Cerrado, inaugurado el 21 de mayo de 1977, con un partido de básquetbol entre la selección de Uruguay y el equipo de San Pablo, que representaba la selección de Brasil.

Walter Belvisi, a la vista de la renovación total de la obra que soñó y construyó en los años setenta, expresa “un reconocimiento en esta etapa al Intendente actual, porque ha sido muy cuidadoso con el proyecto, la ejecución de la obra, una que no es sencillo modificar, pero él lo hizo con mucho respeto, con mucha calidad desde el punto de vista técnico, generando -lo siento así- dos épocas distintas con una misma visión, con un mismo objetivo. Y dos tecnologías que son distintas, separadas por medio siglo”.
“Actualmente la demanda es diferente en el tipo de espectáculo, en la tecnología, en el confort. Un gran adelanto es el aire acondicionado, que en la época en que lo construimos no existía y -además- tampoco teníamos la capacidad financiera para algo así”, destaca.
Sostiene que “se recuperó una obra que estaba cayéndose, una realidad que no merecía el pueblo de Paysandú. Hay que valorar el coraje, como dice el intendente Olivera para generar esta obra basada en aquella. Así que me siento tan contento, tan feliz de esta nueva etapa, de ver que aquellas bases no estaban tan equivocadas”.

DE SECRETARIO GENERAL A INTENDENTE

Walter Belvisi fue secretario general y primer suplente de Oscar Garrasino, quien triunfó en las elecciones de 1971. En abril de 1973 asume Belvisi tras la renuncia de Garrasino, encontrado culpable de hechos de corrupción.
Con 35 años, tuvo la tarea de “corregir una serie de situaciones difíciles. Primero desde el punto de vista administrativo, ordené la casa, pero con mucha dificultad. El endeudamiento de la Intendencia, trasladada a hoy, era el equivalente a algo más de un presupuesto anual”.
“Había además que encarar un plan de obras, darle un rumbo determinado. Entonces surgió hacer un estadio cerrado, que era una de las obras que se venían reclamando desde la década del ‘40. De hecho en 1944 aparecen en EL TELEGRAFO algunas notas reclamando un estadio cerrado para el básquetbol. Eran ideas, proyectos. Se había iniciado algo en el estadio abierto que quedó trunco”.
“Entonces al considerar una obra de infraestructura aparece ese reclamo histórico y el estadio pasa a ser considerado como una obra importante. Junto con la costa, la costanera, la terminal de ómnibus que sería la primera en el país, el Florencio Sánchez”.

CON UN GRAN EQUIPO DE PROFESIONALES

“El estadio cerrado integraba ese conjunto de planteos que veíamos que eran necesarios para un Paysandú que soñábamos cambiar. Se formó un equipo con los arquitectos Pablo Patrone, Alberto Zinno, Braulio Batista y Jorge Cracco y el ingeniero Alberto Ponce Delgado, el ejecutor y proyectista del Puente Fray Bentos-Puerto Unzué, Medalla de Oro a la Facultad de Ingeniería”.
“Tenía buena amistad con nosotros; nos reuníamos en el estudio de Patrone. Le pedimos que estudiara una estructura sin apoyos internos para hacer el Estadio Cerrado. Ya estábamos proyectando la Terminal de Ómnibus, también proyectada por el ingeniero Ponce Delgado. En el estadio sería la empresa Schipilov quien realizaría el techado”.

UN ESTADIO DE GRANDES DIMENSIONES

Un tema que fue muy discutido en el diseño del proyecto fue la capacidad del estadio cerrado. “Sabíamos que no era una obra para 5 años, era una obra 30 o más años. Fue un tema de discusión interna. Pensamos en diferentes capacidades, desde 2.000 personas en adelante. Hasta que quedó esta idea de 7.000 personas, ambiciosa, en alguna medida riesgosa. Pero marcaba un diferencial a favor de Paysandú, que no lo tenía Montevideo”.
El inicio de obra en 1974 fue en el marco de “un panorama complejo, difícil, de reestructura, de recomposición, de refinanciación, de situación financiera delicada en la Intendencia. No obstante emprendimos una obra que no era menor, que en aquel momento superaba el millón de dólares, una suma significativa, un octavo del presupuesto de la Intendencia que se hizo precisamente solo con aportes municipales. Lo único que nos dio -como anécdota- el gobierno central del momento fueron las cuatro puertas del estadio, que hoy ya no están, que en aquel momento costaron 20.000 pesos y pagó Educación Física”.
“Todo lo demás fue idea, proyecto, ejecución del equipo municipal con el aporte externo de la estructura del ingeniero Alberto Ponce”.

LOS OBREROS MUNICIPALES, GRANDES PROTAGONISTAS

La obra fue construida con obreros municipales. “Destaco ese trabajo, porque a esa altura yo iba recomponiendo y fortaleciendo los talleres municipales, desde Obras, que iba preparando el piso, hierro, la parte sanitaria. Por esa razón, por esa planificación y logística la obra no se detuvo ni un día. Todos los materiales estuvieron en tiempo y forma. Se concretó la obra en tres años. Se empezó en abril de 1974 y se terminó en mayo de 1977”.
“No fue fácil, pero diría que el personal municipal que no trabajaba en el estadio tenía como una aspiración hacerlo. Se lo había estimulado de tal forma, había una cohesión tal que empezaron a sentir orgullo por lo que estaban haciendo, porque veían crecer la obra y hasta gente de la cuadrilla de Porvenir llegó a pedir para trabajar en estadio. Con los empleados municipales se había empoderado el tema, estaban entusiasmados, porque le dábamos respaldo en los talleres, en comprar equipamiento, ropa”, subraya Walter Belvisi. “Creo que un mérito que tuvo el estadio cerrado, fue hacerlo con mano de obra municipal”.

TAMBIÉN CENTRO DE ESPECTÁCULOS

“El estadio cerrado no quedó solamente para el básquetbol, se le dio vida y funcionalidad para un montón de actividades artísticas y sociales”, recuerda. De hecho en los años ochenta y en menor medida en los noventa fue un escenario para grandes espectáculos, de carácter internacional, que atrajeron miles de espectadores.

“UNA INMENSA GRATITUD A PAYSANDÚ”

Al mirar atrás, se aprecia el esfuerzo del proyecto y el logro del trabajo denodado. Al volver la vista al presente, aparece “una inmensa gratitud a Paysandú, que ha reconocido esta obra y se ha compenetrado con ella porque le pertenece. Me lo han hecho sentir. Es una gratitud que supongo en una pequeña parte me pertenece”.
Pero, además, en esto de mirar lo realizado, no duda en indicar que “siento una gran alegría y una enorme gratitud a Dios y a la vida por todo lo que he recibido y en especial mi hija María Alejandra y mis tesoros, mis nietos Sofía, Joaquín y Mariana”.