Escribe Ernesto Kreimerman: Un pelotón fascista fusiló a Lorca

“Se le vio, caminando entre fusiles/ por una calle larga/ salir al campo frío/ aún con estrellas de la madrugada./ Mataron a Federico/ Cuando la luz asomaba./ El pelotón de verdugos/ No osó mirarle a la cara”.

Antonio Machado
El 18 de agosto de 1936 los sublevados franquistas, aliados de Mussolini y de Hitler, asesinaron a Federico García Lorca; lo fusilaron. De la generación del ‘27, fue el de mayor influencia y también popularidad.

A los 38 años fue fusilado, y dado sepultura en una fosa común sin identificar, en algún lugar del camino de Viznar a Alfacar. Buena parte de su vida académica la hizo en la Residencia de Estudiantes, un espacio que vivía con pasión las pulsaciones de su tiempo. La mirada al mundo para interrogarlo y rebelarse. Por allí pasaron intelectuales y académicos de excepción. Por ejemplo, Albert Einstein, John Maynard Keynes y Marie Curie. Tiempo después conocería a Juan Ramón Jiménez.

Lorca volvería a Granada en mayo de 1921, y conocería al maestro Manuel de Falla. Dedicaría su tiempo a dos asuntos: falla y tertulia, música y teatro. Es un tiempo de creación. Junto a Falla desarrollaron Lola, la comediante, pero la obra no la completaron. En 1925 y luego en 1927, Federico viaja a Cadaqués, a casa de Salvador Dalí. El poeta alcanza, según sus críticos, la madurez creativa, el estilo que le trascenderá, pero también esos años fueron un tiempo atormentado. Dos asuntos, básicamente, le pesan. Su identificación como poeta gitano. Le diría a Jorge Guillén que le “va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas”.

El otro golpe a su estabilidad emocional es el quiebre de su relación con Emilio Aladrén. Hay quienes suman, a estos pesares, el que le habría producido las críticas de Dalí a su Romancero Gitano. Las de Dalí y las de Luis Buñuel. Su alma libre empieza a sentir con más rigor los efectos de las censuras de la dictadura de Primo de Rivera.
Llegaría el año 1929, y el poeta acepta una invitación de Fernando de los Ríos y se trasladan a Nueva York. Poeta en Nueva York es una obra maravillosa y emblemática, casi como la esencia lorquiana. A la dura experiencia vital, se desnuda un alma atormentada, un individuo en crisis; la ciudad y el poeta. Estos poemas lorquianos contienen una dura crítica al sistema y a los convencionalismos sociales. Los asuntos que se exponen muestran una continuidad: la infancia, el paso del tiempo, la muerte, el dolor y el amor atormentado.

“La aurora llega y nadie la recibe en su boca/ porque allí no hay mañana ni esperanza posible./ A veces las monedas en enjambres furiosos/ taladran y devoran abandonados niños.”

Recomendable es escuchar la versión de “Enrique Morente & Lagartija Nick”, cantando a Federico García Lorca y Leonard Cohen, de los años noventa, con invitados especiales, como Vicente Amigo y Tomatito. Expresiones de un arte radicalmente humano, y creaciones cargadas de dolor y esperanza.
Lorca rebelde

Jorge Guillén, decía de Lorca una breve definición, pero tan mínima como concluyente que no es necesario más: “Cuando estás con Federico no hace ni frío ni calor. Hace Federico”.

En esa línea, dos ejemplos más. “La obra maestra era él”, al decir de Luis Buñuel. Y el gran Pablo Neruda, o Ricardo Eliecer Neftalí Reyes el chileno, lo escribía de este otro modo: “Su persona era mágica y morena, y traía la felicidad”.

Lorca vivió con gran intensidad un tiempo histórico donde no había espacio para distraídos o desatentos. Federico fue un hombre de su tiempo, un rebelde, un antifascista. Con una característica muy acentuada: la mirada de Lorca tenía su impronta siempre presente, siempre personal. Por ejemplo, “Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin”… mientras argumentaba acerca de la necesidad de políticas culturales, para dar al pueblo “(…) cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Lorca, como tantos otros intelectuales de su tiempo, adhirieron a la causa del Frente Popular, a partir de asumir una diversidad ideológica. Y esa diversidad, en la concreta, significaba armonizar con quienes militaban por una república, y ello con la gama de matices que va implícito en esa diversidad.

Ilu Ros, una editora murciana que vive en Londres desde el 2011, publicó recientemente una cuidada biografía sobre el poeta. Para la autora, “no es posible no enamorarse de Federico García Lorca”. Autodefiniciones como ésta, “yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo”, revelan una personalidad especial, avasallante, que juega con su histrionismo y su sencillez.

“Dijeron que lo mataban porque era homosexual, y porque decían que tenía una radio en la huerta de San Vicente con la que se ponía en contacto con la Unión Soviética… una locura”, confiesa Ros sin que se disimule una mueca de incomprensión por semejante barbarie. Por eso, ese libro que originalmente iba a contar con 150 páginas terminó en 352. “En realidad fue el odio. La Guerra Civil española tiene un punto de salvajismo y de volver a las cavernas; cualquier motivo podía haber sido considerado bueno para matar a Lorca”. Quizás por allí vaya la verdad.

En la madrugada del 18 de agosto de 1936 Federico García Lorca fue asesinado, fusilado. Por “socialista”, “masón” y “homosexual”, tales los cargos con que las autoridades franquistas acusaron al escritor granadino para condenarlo y fusilarlo en algún punto de Fuente Grande. Ese era el pregón informativo radial de aquella mañana.
En tal caso, el asesinato de Federico fue, antes que nada, un crimen de odio. Ese sentimiento era cargado de violencia y de rechazo. Es que a Lorca se le daba, en esencia, “estar al lado de los más vulnerables, siempre”.

Pero Lorca los ha trascendido. Vive e inspira. Reflexión y rebeldía. Lorca vive en cada biblioteca, en cada reclamo de democracia, en cada espacio de libertad.