Olga Borges Hornos (71) es una amable mujer que, luego de una vida dedicada a su familia y al trabajo, disfruta plenamente de esta etapa en la que ya han quedado atrás las obligaciones y es posible hacer aquellas cosas que en su momento quedaron postergadas, como excursiones para descubrir nuevos lugares o asistir a espacios de esparcimiento y camaradería, como son los bailes en Cajupay. Así lo comentó en la amena charla que mantuvo con Pasividades, en la que nos relató que nació en Guichón el 31 de mayo de 1953, y vivió su niñez en la campaña junto a sus padres María Teresa y Otasildo, siendo la mayor de 4 hermanos. “Mi papá siempre fue capataz de estancia, entonces, con mis hermanos nos criamos afuera, y fuimos a la escuela de La Tentación. Primero iba a la escuela a caballo, pues nos quedaba a unos 2 o 3 kilómetros de distancia, y después en un charret. Vivíamos en Valdéz, pero luego nos mudamos a una estancia por la Ruta 26, casi llegando a Tacuarembó y como no había ninguna escuela cerca, después de un año con mamá y mis hermanos nos vinimos a vivir a Paysandú porque papá ya había comprado una casa acá. Yo tenía 12 años e hice mi último año en la Escuela 42”, contó.
“Mi infancia fue linda porque nos criamos en la estancia solos los hermanos”, reflexionó, aunque reconoció que lamentablemente “no teníamos otros niños para jugar” porque en aquel entonces las estancias ocupaban grandes extensiones, de miles de héctáreas, y las casas estaban muy distanciadas unas de otras.
Finalizada la Primaria, “fui a la Escuela Industrial –ahora UTU–, e hice costura”, señaló. Al hablar de aquellos años de juventud, describió: “Me crié en un hogar muy estricto, por eso me casé jovencita, porque a mí no me dejaban salir. Cuando estaba de novia, yo tenía que darle la mano a quien después sería mi esposo, no nos dejaban besarnos. Yo nunca había ido a la playa, recién fui después que tuve a mi hija, pese a que vivía acá desde los 12 años, pero mamá no nos llevaba. Tampoco conocí de joven el Club Social o el Club Paysandú, sino que lo conocí recién de grande cuando trabajé en un servicio de eventos. Yo nunca fui a los bailes de jovencita, los primeros a los que asistí fue en el Centro Gamundi a los 50 años”.
Fue así que tras un noviazgo de unos cuatro años, “me casé a los 18 años con Carlos Enrique Carballo, y tuve 3 hijas, Laura, Patricia y Sofía. La más grande y la más chica viven en Estados Unidos y la del medio en Maldonado”, contó, agregando que ya viajó a aquel país en seis oportunidades.
RECUERDOS MUY LINDOS
“De soltera nunca trabajé, pero a los 27 o 28 años, cuando mi hija más chica tenía unos 5 meses, ingresé a Paylana donde estuve trabajando unos 30 años, hasta que me jubilé. Pese a que tenía mis tres hijas y que cuando empecé eran aún muy pequeñas, nunca falté a mi trabajo por ellas”, aseguró dando cuenta del compromiso y responsabilidad típicos de esa generación. “Tengo recuerdos muy lindos de esos años de trabajo, mucho compañerismo, e incluso tengo compañeras que hasta el día de hoy mantenemos el contacto, y creo que eso fue porque yo nunca hablaba de nadie”, subrayó, remarcando que en todas las relaciones, ya sea laborales como personales, el respeto es fundamental para una buena y duradera vinculación.
“Para mí fue un compañerismo precioso. Yo entré en el año ‘81, cuando la más chica tenía 5 meses, y trabajé en la sección Peinaduría toda la vida, pero mientras mis hijas fueron chicas siempre hice los turnos de la mañana y la tarde, porque como mi esposo también trabajaba en la fábrica en la noche, lo tuvieron en consideración para que yo pudiera estar en la noche en casa. Sólo en los últimos años trabajé en el turno de la noche, pero ya mis hijas eran grandes. Me jubilé por problemas de columna a los 57 años”, comentó.
“YO APRENDÍ A VIVIR EN EL 2012”
“Ahora estoy casada con el padre de mis hijas, pero pasó algo muy curioso. Me casé en el ‘72, estuve 40 años casada y en el año 2012 me divorcié. Pero me casé nuevamente el año pasado con el padre de mis hijas”, dijo. “Mi esposo siempre fue un hombre muy trabajador, y a mí nunca me faltó nada”, reconoció Olga, pero luego admitió que ese período de diez años en que estuvo divorciada supuso una etapa de aprendizaje y crecimiento personal. “Yo aprendí a vivir en el 2012”, afirmó, explicando que hasta ese momento “yo no sabía ni lo que valía un kilo de azúcar, pues era mi esposo el que se encargaba de todas las compras. Yo no hacía ningún mandado, él traía todo a la casa, mi vida era de la casa a la fábrica”, graficó. Pero “eso tampoco estuvo bueno, porque cuando me divorcio me doy cuenta del mundo en el que vivo, y me encontré de repente que me tenía que comprar mis cosas”, reflexionó.
“ME DIVIERTO MUCHO”
Olga siempre priorizó las obligaciones laborales y las responsabilidades de criar su familia, sin disponer de tiempo para socializar demasiado, admite, pero “siempre me gustó salir”, enfatizó. Es por eso que “desde los 50 años comencé a asistir a los bailes del Centro de la Tercera Edad Gamundi, y ahora vengo con mis amigas a los bailes de Cajupay. Acá me divierto mucho, incluso lloviendo, vengo igual”, dijo sonriente.
“También participo de todas las excursiones que acá organizan”, agregó, comentando que disfruta de todos los encuentros sociales que en este ámbito se realizan. Además, “he ido 6 veces a Estados Unidos a visitar a mis hijas y nietos en Nueva Jersey. La última vez que viajé fue en el 2015, porque después vinieron ellas a visitarnos”, agregó. Pese a la distancia que la separa de sus 5 nietos, en algún caso cientos y en otros miles de kilómetros, Olga mantiene contacto permanente –vía WhatsApp– con Brian (29), Emiliano (27), Delfina (25), Isabella (9) y Tomás (9).
Orgullosa de la familia que formó, y haciendo una retrospectiva de lo que ha sido su vida hasta ahora, reflexionó: “me considero una persona feliz, más allá de las cosas que pasaron pero que son propias de la vida, porque el mundo no es perfecto”.
