En el tramo final de la campaña electoral, en la que los dos candidatos que han obtenido la mayoría relativa en las elecciones del 27 de octubre se centran sobre todo en captar la adhesión de los indecisos o de quienes han votado en blanco o anulado, los candidatos por regla general se dedican a endulzar los oídos de los potenciales votantes con posibles medidas para mejorar la situación económica del país, contemplar áreas prioritarias como la enseñanza, la vivienda, la salud, entre otras posibilidades, exponiendo el qué pero en el mejor de los casos sin aclarar el cómo, cuando se sabe que los recursos son finitos y todo gobernante debe ponderar la ecuación costo- beneficio, decantando prioridades.
Pero también, y ese es el tema, en nuestro país, en que todo se maneja en base a cortoplacismos, y sobre todo en costos políticos, para que todo lo que se haga de rédito de cara a la siguiente elección, hay grandes temas que son eternamente postergados, y que eventualmente se mencionan lateralmente, cosa de no levantar muchas olas y sobre todo, no ofrecer blanco para la crítica fácil y las tergiversaciones, que se potencian en campaña electoral y sobre todo a pocos días del balotaje, en el que los candidatos se juegan toda su suerte, y donde los errores ya no permiten marcha atrás o desmentidos que resultan complicados para reparar el daño.
Mucho de ello quedó confirmado en el debate de los dos candidatos de este domingo, donde fue evidente que el formato no ayudó a que realmente hubiera debate en lugar de respectivas exposiciones sobre temas acordados previamente, donde cada parte ignoró lo que le planteaba la otra, cuando ello sucedió, y cada uno se apegó a su receta; sobre todo Yamandú Orsi, que lo llevó escrito.
Y entre los grandes temas soslayados tenemos el de la reforma del Estado, que es un elefante blanco en el que todos los partidos han tenido muy limitados éxitos pero sobre todo grandes fracasos, y han sido en general trancados por la máquina de impedir que son las gremiales de funcionarios públicos, con el Pit Cnt a la cabeza, que son los que sostienen las movilizaciones amparados en la benignidad de ser funcionarios del Estado, con puestos inamovibles y condiciones de trabajo muy contemplativas, por decir lo menos.
Y entre los grandes temas que son fundamentales, pero que no suelen mencionarse porque no resultan en arrastre electoral, tenemos el de la racionalización del gasto del Estado, que ha sido por regla general excesivo –muchas veces desenfrenado e irracional– en épocas de bonanza. Es en sí un sello tan característico como lamentable de gobiernos de los denominados países emergentes –incluimos a Uruguay– porque revela un modo de ver y hacer las cosas que puede resumirse en forma simple como solo vivir el momento, aunque va mucho más allá y es efecto-causa de muchas de las desventuras que padecen sus pueblos.
Estas posturas son en esencia políticas procíclicas, acompañando el ciclo positivo de la economía al inflar el gasto ante mayor disponibilidad de recursos, aunque sean temporales, pero lo que es peor, encontrándose muchas veces con que se han incorporado al Estado gastos fijos que luego deben afrontarse con un menor ingreso, producto de períodos de baja, con un enorme costo social como consecuencia de una menor circulación de dinero en la economía.
Lo vivimos no hace muchos años en el Uruguay, cuando desde 2004 a 2014, en gobiernos de izquierda, se gastaron los recursos extra ingresados en la década de bonanza por las condiciones favorables del exterior, y se dejaron costos fijos que no pudieron solventarse con recursos ya menguados, lo que se paga con endeudamiento y déficit fiscal que subsiste hasta nuestros días.
Este vivir el momento no es otra cosa que comprometer la calidad de vida, la sustentabilidad de las políticas para el futuro inmediato y en muchos casos para las siguientes generaciones, desde que pese al gasto expandido, no se encaran reformas estructurales imprescindibles para apuntalar el crecimiento con desarrollo.
Bueno, estos aspectos cruciales, por ser de carácter estructural, y tener poco y nada de “gancho”, no figuran en el día a día de las campañas de los candidatos, porque no solo no resultan de un atractivo práctico para el electorado, sino que tienen que ver con reglas de la economía y políticas de mediano y largo plazo que no sintonizan con el inmediatismo al que estamos acostumbrados, sobre todo por factores socioeculturales.
Y precisamente la política fiscal procíclica es característica no solo del Uruguay sino de los países del Tercer Mundo o emergentes en general, lo que naturalmente los condiciona severamente, teniendo en cuenta que se trata de una correlación positiva entre los componentes del gasto público y el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI), lo que no permite generar mecanismos necesarios para enfrentar crisis futuras, como fue sin dudas la emergencia sanitaria por la Covid 19, por citar un ejemplo cercano.
El seguir una regla contra políticas procíclicas no es un invento de los economistas ni mucho menos, sino que se asimila a la forma en que se debe manejar por regla general la economía de un hogar, que implica no incurrir en gastos excesivos en los buenos tiempos, para ahorrar y tratar de contar con un respaldo económico-financiero para hacer frente a los períodos problemáticos, porque la otra alternativa es salir desesperadamente a endeudarse o liquidar bienes que han costado mucho esfuerzo lograr.
Ergo, una política fiscal disciplinada es un objetivo que trasciende el mero aspecto de las cuentas públicas porque es un instrumento para que precisamente las acciones que se desarrollen en el marco de políticas económicas y sociales, planes de inversión, provisión de empleo, seguridad social, resulten sostenibles y no sean pan para hoy y hambre para mañana.
En suma, para que estas políticas fiscales resulten realmente útiles para sobrellevar sobresaltos, es fundamental asegurar su continuidad por encima del signo del gobierno de turno, lo que implica seguirlas como política de Estado, aunque naturalmente sin una rigidez que implique inamovilidad para atender situaciones imprevistas o problemáticas prioritarias que surjan por fuera de toda previsión.
Que es la dura realidad, aunque pueda no gustar, más allá del mundo edulcorado, de las promesas y compromisos que tan alegremente se lanzan en campaña por uno u otro candidato y sus equipos. Es que, al fin de cuentas, el votante, como todo ser humano, siempre tiene un rincón bien dispuesto y su corazoncito para renovar la esperanza, y después el tiempo dirá.

