El rotundo fracaso de la educación que pone en riesgo la democracia

¿Se acuerda de la orinoterapia? Entre fines de los ‘90 y la primera década de este siglo esta supuesta terapia que decía aprovechar las propiedades de la propia orina, tuvo sus quince minutos de fama. Destacando como mayor virtud que la orina contenía información útil sobre el cuerpo, los déficits y los males que afrontaba la persona de la cual provenía, animaba a tomarse un vaso en ayunas cada mañana como receta para estar bien. Aun sin los mecanismos de distribución de información que tenemos hoy se hizo bastante popular en algunos sectores de la población y hubo hasta médicos que salieron a hablar a favor de esta práctica. De esos tiempos hasta acá ha ocurrido una revolución tecnológica de la que se esperaba que pusiera el conocimiento al alcance de todas las personas. La realidad está mostrando que sus efectos han sido todo lo opuesto. La ciencia ha demostrado que beber orina, la propia o la ajena, tiene sus riesgos, se consumen sustancias que el cuerpo ha desechado, además de microorganismos con el potencial para provocar enfermedades, a cambio de incorporar algunos ingredientes que pueden tener acciones beneficiosas, que se podrían incorporar por otra vía modificando la dieta.

Pero el problema no es que las personas estén tomándose su propio pichí. O al menos no es solo eso. Se van poniendo de moda otras prácticas, conductas y formas de pensar, a partir de recomendaciones que se encuentran en Internet, sin ningún tipo de chequeo o filtro, por lo general proferidas por una persona que pone cara de convencida, habla con voz firme y dice tener el secreto del universo, del que nadie quiere que te enteres. Y por supuesto, todo “científicamente probado”. Por ese hueco que parece haberse abierto en la racionalidad humana han entrado, por ejemplo, una práctica que tiene puntos con contacto con lo de la orina, como lo es la de tomar agua de mar sin tratar. No hace falta —aunque ahora parece que sí— recordar los riesgos que trae aparejado el consumir agua marina, la humanidad lo sabe desde hace mucho tiempo, desde que empezaron a navegar mar adentro supieron los antiguos que debían llevar consigo agua dulce, porque beber el agua que les rodeaba les exponía a la muerte. Hoy no solamente se consume agua marina sino que hay redes de distribución en nuestro país que hacen llegar desde la costa a cualquier lugar el agua embotellada. Los pueden buscar en las redes, se encuentran fácilmente y hasta ofrecen subproductos.

Qué no decir de otros bulos, como lo denominan los españoles, entre los que podemos situar éxitos como la manipulación climática (en oposición al cambio climático) por la que ponen el grito en el cielo algunos cuando ven tres nubes sospechosamente alineadas; la adulteración de las vacunas con microchips, nano robots, imanes o una variada gama de sustancias dañinas; el terraplanismo –tope de gama– y otras conspiranoias que no viene al caso detallar.

La propagación de este tipo de cosas es preocupante. En el próximo período legislativo tendremos en una banca de la Cámara de Diputados una representante que voluntariamente expresó a través de sus redes, de forma no irónica, que el sonado accidente de un ómnibus del transporte urbano de Montevideo se debió a una secuela de la vacuna contra la COVID-19. En todo caso no llama la atención porque el principal referente de su agrupación, que además es su padre, levantó banderas de este tipo durante su campaña, alertando sobre una gran orquestación mundial de la que forman parte todos los demás sectores y partidos del Uruguay.
El retroceso es enorme en cuanto a la pérdida de prestigio del conocimiento y de la ciencia. En cualquier sitio de Internet hay un argumento disponible para rebatir la más fundamentada y respaldada de las afirmaciones, pero se ponen en la misma balanza invocando falazmente un supuesto “derecho a dar mi opinión”, como si la opinión de cualquier persona valiese lo mismo. Y no es así. Hay hombres y mujeres que han dedicado su vida a conocer más sobre determinadas áreas del conocimiento, se llama especialización, y no es justo ni es conveniente que cualquier Juan de los Palotes con 50 o 60 horas de YouTube encima venga a contrastar o a intentar rebatir –porque siempre es así, con la “plancha”, sin pretender dejar lugar a dudas de que su prejuicio es la verdad última del universo– el planteo de alguien que ha estudiado de verdad el asunto en debate. También es frecuente justificar una falsa información en que “lo dijo fulano del tal”, –muchas veces se invoca a Bill Gates, por ejemplo–, quien puede ser un genio como empresario, agrónomo o inventor pero de biología o meteorología.
Cómo puede habernos pasado esto, en qué momento nos ganó la idiotez generalizada. Hay grandes chances de que se haya acentuado durante la pandemia, pero la realidad es que venía de antes; de mucho antes. Claramente es una muestra del rotundo fracaso de la educación; pero no en Uruguay, sino a nivel global. Quizás sea por la tendencia que ha seguido el mundo de priorizar la educación en lo práctico desestimando lo que antes se llamaba “cultura general”, así como se perdió el énfasis en las ciencias. Eso sí, estamos todos “empoderados” por la Internet y por eso millones de personas sostienen ciegamente que el simple vórtice que genera una avión jet es “siembra de nubes” (¿será que nunca viajaron en avión? Hasta pueden observar el fenómeno por la ventanilla). Quien no sabe nada de energía repite como loro que con un montón de “antenas” en un barco y un generador se puede crear un huracán, o que ya se inventaron máquinas que no necesitan energía para funcionar, pero que “los grandes capitales no quieren que se sepa”. ¡Y hasta los muestran en videos (falsos, obviamente)!
Los ejemplos pueden ser infinitos –que vivimos en una “matrix”, que los pájaros no existen, que podemos resolver nuestras vidas a través de “constelaciones”, que los planetas deciden nuestro destino, que las vacunas imantan el cuerpo, etcétera–; la estupidez ciertamente es muy democrática, cada cual cree lo que quiere creer.

El panorama a futuro es sombrío, si no cambiamos ya la pisada. Y la forma es, una vez más, a través de la educación. “Como la luz del Sol, puede y debe llegar a todos”, como dice la conocida frase de José Pedro Varela, que vaya si tiene vigencia. El desafío es grande, pero es necesario que se dé esta batalla, porque como está quedando de manifiesto, por este camino hasta la democracia está en peligro. Tomemos conciencia y hagamos lo que hay que hacer ya; ¡y brindemos con agua de Querétaro, es tan sana que hasta cura el cáncer!