El microcentro de Paysandú ha experimentado un gran cambio en los últimos años, en el caso de 18 de Julio a partir de la construcción de la semipeatonal, que incluyó la plantación de árboles autóctonos.
Pero el movimiento para recuperar el verde entre el hormigón del centro comenzó algunos años antes, con el trabajo hormiga de organizaciones civiles como el Grupo Gensa en nuestra ciudad, que procuraba concientizar a la población sobre la necesidad de plantar árboles en las veredas y espacios públicos, haciendo énfasis en nuestra flora autóctona.
Con el paso de los años –apenas unos 10 o 20 según el caso; no tanto tiempo al fin y al cabo—podemos ver los resultados y hasta comparar las distintas visiones de ciudad, como en este caso contrastando imágenes de calles que permanecen casi inalteradas desde fines del siglo pasado y otras que fueron intervenidas oportunamente, para verse completamente llenas de vida, color y sombra alternadas con luz gracias al exuberante desarrollo de lapachos, jacarandás y otras especies de árboles muy nuestros.
Con solo ver estas postales podríamos suponer que la discusión está saldada, sin embargo permanece fuertemente arraigada en un sector de la población la mentalidad predominante en los ’90, que prefería el asfalto que se pegaba a la suela de los zapatos bajo el sol de enero que barrer las hojas de la vereda.
Hoy la polémica vuelve a plantearse ante la construcción de pequeños canteros en forma de islas sobre 18 de Julio más allá de la semipeatonal, donde se plantan los árboles que en unos años harán de esas calles un espacio humanamente habitable. Los argumentos en contra son conocidos, y las quejas suelen venir de gente que vive o mayormente trabaja en la zona, al ver reducidos los espacios para estacionar frente a la puerta de su destino.
La razón esgrimida es de recibo bajo la nostálgica mirada ochentosa de algunos a la que hacemos referencia, que quedó asentada en una época donde en Paysandú había unos pocos miles de autos –poco más de 3.000 en 1980– y otros tantos de motos, y que además circulaban mucho menos que ahora, por lo que comparativamente las calles estaban vacías de vehículos, más allá de alguna hora pico o día especial del año en que se juntaban unos cuantos.
Hoy el parque automotor se multiplicó por 10, y es inviable mantener el privilegio de llegar en auto hasta la puerta del trabajo para no tener que caminar 100 o 200 metros. Eso no existe en ninguna ciudad moderna, y en Paysandú ni siquiera era posible antes de la construcción de estas islas – cantero.
Los únicos que quizás aún pueden hacerlo son quienes dejan su vehículo estacionado allí durante la noche, o los propios comerciantes, que con esta acción en definitiva restan espacio a sus propios clientes.
Los resultados están a la vista, cualquiera puede comprobarlo y la propia gente decide qué prefiere, cuando las calles arboladas son las más transitadas por los sanduceros que recorren comercios aún en horas en que el inclemente sol pega con fuerza, mientras que tan solo a unas cuadras de distancia las veredas permanecen desiertas. No así las calles, que sí están llenas de autos estacionados, pero obviamente sin gente.
Así las cosas, las opiniones siguen encontradas. ¿En qué ciudad quisiera pasar su próximo verano? ¿En el Paysandú de 1990, o seguir por el camino de dar vida, oxígeno y frescura como la que encuentra en el centro actual?

