Durante la pandemia sanitaria, funcionaron en Paysandú cuatro ollas populares en forma permanente y otras tres que se sostenían de acuerdo a los insumos conseguidos, con la participación de los voluntarios de distintas organizaciones sociales, de acuerdo a datos recabados por EL TELEGRAFO con la Intersocial. Por su parte, la directora de Promoción Social de la Intendencia, Guadalupe Caballero, aseguró que actualmente “no alcanzan a 500 comensales en los comedores municipales, cuando durante la pandemia llegamos a entregar 1.400 viandas”.
El aporte de la intersocial
Este espacio integrado por diversas instituciones sociales, conformó una red de ollas y merenderos que se instalaron en distintos barrios de la ciudad. Actualmente “El Mejunje” en la zona portuaria y “Pintando Sonrisas” en las cercanías del Velódromo, son dos merenderos que brindan atención a los niños de aquellas áreas.
Desde la Intersocial reflexionaron sobre la sostenibilidad en el tiempo de estas ayudas a la población vulnerable que comenzaron durante la pandemia de COVID-19, en tanto requiere de donaciones y una mayor participación de las personas que asistían a la elaboración de los alimentos de manera voluntaria. No obstante, manifestaron que “es una interrogante la ausencia de ollas al día de hoy, cuando el departamento tiene una mayor desocupación y el país cerró el año con altos índices de pobreza infantil”.
Los comedores de la intendencia
Caballero explicó que “las canastas que entrega Promoción Social, con recursos de la Intendencia, son para personas mayores de 60 años o con discapacidad que cobran una pensión. Esa canasta de emergencia que se entrega en forma mensual tenía siete productos en la administración anterior y esta Intendencia la dobló a 14”.
Agregó que “la otra opción, para que nadie se vaya sin comer, es el cupo que entregamos como usuario del comedor. Las personas menores de 60 años que no tengan vínculos con el BPS, reciben la ayuda del Ministerio de Desarrollo Social, teniendo menores a cargo en su núcleo familiar”.
Consultada por las razones que prevalecen para retirar una ayuda social, explicó que “puede ocurrir que la persona que recibe la ayuda tiene más de 60 años, pero superó los ingresos. O es menor de 60 años y no le corresponde. En ese caso, se ofrece el servicio del comedor”.
Recordó que “este mecanismo siempre fue así y es para la población que se cubre desde la Intendencia”. Los vecinos pueden asistir a Vista Hermosa, Chaplin, Curupí, Suroeste y en Zelmar Michelini y Uruguay. Caballero enfatizó que exigen presencialidad “porque es una disposición del Instituto Nacional de Alimentación (INDA) una vez finalizada la pandemia. Pero durante la contingencia sanitaria, llegamos a entregar unas 1.400 viandas”.
En la covacha
En la esquina de avenida Soriano y Entre Ríos, en la sede de la Sociedad Lubola La Cocacha, un grupo de vecinos del barrio y personas vinculadas al grupo, apoyó una olla durante la pandemia. “Este 2024 no funcionó, pero no es por falta de necesidad sino por falta de tiempo de los integrantes del equipo que elaboraba la comida y no pudimos continuar”, señaló Fabián Maulella, referente de los voluntarios.
Explicó que llegaron a entregar más de 300 porciones diarias, que elaboraban a partir de donaciones de empresas, sindicatos y vecinos.
Por los sindicatos
La Mesa Departamental del Pit Cnt “no tiene pedidos de apoyo por alimentos en el momento, pero eventualmente colabora con un merendero”, señaló el secretario general de la central sindical, Carlos Bico.
Por su lado, los estibadores portuarios recibían donaciones para la elaboración de una olla, ante la falta de cargas en el puerto de Paysandú y las dificultades en la inserción laboral, pero en la actualidad ya no la realiza. “Nos conformamos en una cooperativa de trabajo para hacer tareas de mantenimiento en el puerto y esperamos cobrar los jornales correspondientes a noviembre y retomar las tareas en diciembre”, dijo Aníbal Silva.
Los voluntarios
El pastor de la Iglesia Valdense, Marcelo Nicolau, integró la red de merenderos nucleados en la Intersocial y reconoció que “hay un cierto cansancio en las organizaciones sociales para que puedan sostener por un largo tiempo a este tipo de actividades. Es muy difícil que se pueda continuar a fuerza de voluntad, si no hay un fuerte apoyo estatal o de la institucionalidad que lo respalde. Es decir, dependía de los esfuerzos de las personas o de instituciones que, en realidad, tienen otros fines en la sociedad”.
Consignó que “las necesidades permanecen. Las ollas y los merenderos son iniciativas que se entienden como una cuestión de emergencia. Cuando la emergencia se estira, deja de serlo y pasa a ser algo crónico. En ese punto, cambian las cosas porque no es lo mismo atender una emergencia puntual, o de otro tipo como la pandemia o las inundaciones que pueden durar un año. Pero si el problema se estira en el tiempo, pasa a ser crónico”. Opinó que “para enfrentar los problemas crónicos, no sirven las respuestas puntuales. Tiene que haber políticas sociales profundas y muy bien pensadas. Como muchas veces hacemos desde las organizaciones que, a su vez, tenemos otros objetivos. Cuando damos respuestas es para paliar una situación e improvisamos para resolverlo rápidamente. Pero con los problemas crónicos no se puede improvisar, sino que deben darse soluciones de fondo”.
Ejemplificó en este punto que “con las personas en situación de calle vemos un problema en aumento. Tenemos historias de gente que nos cuenta que todos los días golpean la puerta de su casa pidiendo comida. Ese es un problema social claramente grave”.

