No escribas bajo el imperio de la emoción.
En su novena recomendación del Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga sugiere que el escritor no escriba bajo el imperio de la emoción, porque puede distorsionar la percepción del escritor y nublar su juicio, lo cual aumenta el riesgo de caer en exageraciones, subjetividad o descontrol, y dificulta comunicar con efectividad. Si consideramos que este consejo está dirigido a quienes desean escribir cuentos, un género donde se puede emplear libremente la imaginación, podemos deducir que, para escribir en un medio de comunicación escrito, es fundamental desprenderse de la emoción antes de dar el primer paso en la escritura.
El redactor de un texto que mencionaré a continuación, no tuvo en cuenta esta sugerencia quiroguiana.
El día 9 de noviembre del corriente año, en las páginas de este diario fue publicada una editorial escrita por redactores del mismo. El título (¿malintencionado?) que decidieron ponerle fue “El rotundo fracaso de la educación que pone en riesgo la democracia”. Luego de haber leído esa publicación, decidí compartir con el autor, además de mi respetuosa opinión, el consejo que Quiroga nos dejó para que nuestro mensaje no se vea perjudicado por nuestro estado emocional del momento.
El autor presagia un panorama casi distópico, similar al que plantean quienes ven conspiraciones por doquier, donde la democracia parece condenada por el desacuerdo ideológico. Por lo que cabe preguntarse, ¿quién tiene la culpa del riesgo que corremos los uruguayos de perder la democracia? Al parecer, la educación. Pero a qué educación se refiere, es un misterio que el lector tiene que develar.
Es posiblemente esa intranquilidad ingobernable quien avienta al redactor a decir sin ambages que no todas las opiniones tienen el mismo valor, que nos ganó la idiotez y que, debido a esto, el panorama a futuro es sombrío, si no cambiamos ya la pisada.
Y la forma es, una vez más, a través de la educación. Estas declaraciones sugieren que el autor defiende una visión del conocimiento en la que solo algunos tienen derecho a opinar y decidir, algo que se asemeja a la propuesta de Platón en su República.
Platón desconfiaba de la democracia tal como se practicaba en Atenas, temiendo que personas sin preparación ocuparan posiciones de poder y que las decisiones se tomaran sin sabiduría. Él proponía, en cambio, una sociedad donde los filósofos-gobernantes, por su conocimiento superior, dirigirían el rumbo de la sociedad. Aunque es un planteo filosófico propio de su época, aplicarlo hoy iría en contra de los valores democráticos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿quién tiene realmente la autoridad para decidir quién está apto para gobernar en una democracia? Al parecer, el autor de la editorial aboga por una forma de educación que limite las voces y subordine el pensamiento individual, en lugar de fortalecer una sociedad con opiniones diversas y con espíritu crítico. ¿Es esta la educación que nos garantizará el conocimiento y la libertad que tanto valoramos?
Cuando la recientemente electa como diputada por el partido Identidad Soberana, Nicolle Salle (y aclaro de antemano que no soy votante de ese partido), publicó su opinión sobre el accidente del ómnibus en la capital, la mayoría de nosotros nos dimos cuenta de su imprudencia. Se apresuró a opinar sin confirmar lo que había ocurrido. Más tarde, reconoció su error, eliminó la publicación y admitió en una entrevista en streaming que no debió hacer ese comentario. Esta clase de actitudes, de reconocimiento del error, se debe a la efectividad de nuestra educación.
Por otro lado, no podemos omitir que incluso quienes ostentan títulos universitarios –tres, en algunos casos– también han compartido noticias falsas en redes sociales. ¿Qué quiero decir con esto? Que hasta las personas más preparadas pueden equivocarse, y decir que estos errores atentan contra la democracia es, en el mejor de los casos, una exageración.
El artículo otorga a la ciencia un estatus casi sagrado, comparable a la veneración que en la antigüedad se tenía por deidades como Atenea y Afrodita. Pero, ¿es la ciencia realmente incuestionable e infalible? Quizás, para algunos, la desconfianza no es hacia la ciencia misma, sino hacia quienes la representan y cuyas motivaciones pueden ser cuestionables. No podemos olvidar que existen diversos códigos éticos según cada cultura, y a veces estos principios entran en conflicto. Así, la ética dominante y la narrativa que la respalda tienden a imponerse, recurriendo incluso a la censura como arma. Aprender a convivir con pensamientos diversos sigue siendo un desafío, y también tenemos la tarea de, mediante la educación, evitar el crecimiento y desarrollo de ideologías autoritarias o que promuevan el racismo y el desprecio al prójimo.
¿Cuál es, entonces, el aporte significativo de El Telégrafo a la sociedad y a la educación uruguaya para contrarrestar esta supuesta “idiotez generalizada”? ¿De qué manera colaborarán los redactores de este medio, con su extensa trayectoria, en la adquisición de conocimientos que nos liberen de los grilletes de la ignorancia? ¿Cómo y mediante qué métodos democráticos contribuirán a construir una sociedad más justa y equitativa? Es evidente que este tipo de editoriales acusadoras –muy lejos de la crítica constructiva– no ofrece respuestas ni aporta soluciones. Al contrario, contribuye más a la división y al desprecio hacia quienes piensan distinto, en lugar de estimular una reflexión crítica. Si quienes somos catalogados como “poseídos por la idiotez” dejáramos que este mismo desprecio nos domine, solo estaríamos alimentando la violencia y el odio. Recordemos que la Constitución de la República Oriental del Uruguay, en su artículo 29, y la Declaración Universal de Derechos Humanos, en su artículo 19, nos garantizan el derecho a la libre expresión de nuestras ideas y opiniones, sin censura ni imposiciones. Es este derecho fundamental el que sustenta la democracia y nos permite, a todos, contribuir al diálogo y al progreso del país:
Es enteramente libre en toda materia la comunicación de pensamientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o emisor, con arreglo a la ley por los abusos que cometieren (Constitución de la ROU, art. 29).
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión (Declaración Universal de DDHH, art. 19).
Ahora bien, es importante tener claro que la desinformación y las noticias falsas sí representan una amenaza real para la democracia porque distorsionan la percepción pública y pueden manipular decisiones colectivas. Sin embargo, la solución no reside en restringir el derecho a opinar, sino en fortalecer una educación que enseñe a evaluar críticamente las fuentes de información. La capacidad de discernir entre hechos comprobados y manipulaciones es fundamental para la democracia, y es este tipo de educación lo que contribuirá a una sociedad más informada y consciente.
Según el sitio web uruguayxxi.gub.uy, Uruguay es la democracia más plena de América del Sur y ocupa el lugar 14 en el mundo, una condición que alcanzamos gracias a una educación que fomenta el respeto y la pluralidad. La construcción y permanencia de nuestra democracia se debe a este compromiso educativo, que merece ser valorado; ignorarlo sería un fracaso.
Carlos Command

