Solicitada: La dictadura del género

Este término o instrumento lingüístico tan utilizado actualmente, apareció como tal por primera vez en el foro mundial de Pekín (4.ª Conferencia Internacional sobre la Mujer, 1995) y refiere a la identidad sexual de las personas partiendo del absurdo filosófico y científico que la autopercepción constituye la realidad, postura que corresponde meramente al deseo y no a la verdad objetiva. Esta idea o construcción cultural resulta funcional a los intereses políticos demográficos de control de la natalidad: especialmente en el tercer mundo, con el propósito de reducir la contaminación, la inmigración descontrolada, conservar los recursos naturales finitos y escasos y mantener la seguridad y estabilidad mundial. Estos objetivos ya se mencionaban en el Informe Kissinger (NSSM 200) de 1974, estudio secreto que aborda el tema de la sobrepoblación mundial como un problema de seguridad nacional de los Estados Unidos, desclasificado en 1989. Estas ideas se venden enmascarándose con buena prensa, tergiversaciones y eslóganes atractivos (derechos sexuales reproductivos, planificación familiar, interrupción voluntaria del embarazo, diversidad, etcétera), confundiéndose deseos con derechos. El propio informe Kissinger refiere a estas estrategias para impedir que esta doctrina se visualice como “imperialismo demográfico”.
En las últimas décadas asistimos a un fenómeno conocido como el lenguaje políticamente correcto, que no es más que la utilización de una serie de eufemismos para disfrazar la realidad, suscitando ambigüedades fácilmente utilizables al servicio de intereses ideológicos y/o económicos. Este conjunto de ideas anticientíficas que desarraigan de la sexualidad humana su naturaleza se imponen coercitivamente bajo la amenaza de sanciones políticas y/o suspensión de ayudas económicas, financiamiento o créditos nacionales si no se cumple la agenda de pensamiento hegemónico (en el ámbito cultural, político y jurídico) e intereses económicos de una élite global (ONU) que pretende definir qué debemos pensar y cómo debemos hablar.

No hay ideología o perspectiva de género sin estatismo, se requiere una fuerte presencia del estado tal que pueda obligar a la población a reconocer a las personas por su autopercepción y que a la vez sirva como fuente de financiamiento. Este accionar premeditado, sistemático y muy bien organizado que avasalla nuestras libertades individuales, busca subvertir la realidad del ser humano desde sus raíces, naturalmente ataca al matrimonio y la familia, pilares que forjan nuestra sociedad. Creer que la naturaleza nos oprime, porque nos marca límites, y que una ideología nos libera porque nos obliga a la autoconstrucción, previo derrumbe de lo que somos, es creer que la mentira puede convertirse en verdad.

Ing. Agr. José Francisco Ramos