Tras “proyectos cumplidos”, Beatriz Cuevasanta disfruta pequeños grandes momentos postergados

Beatriz Cuevasanta Durán (62) es una de las asiduas concurrentes a las actividades que se realizan en Cajupay, como clases de gimnasia, y aquellas sociales, como bailes o té bingo para la recreación y también la confraternización. En entrevista con Pasividades, esta vital y amigable mujer contó acerca de su infancia y adultez en el medio rural y cómo disfruta hoy plenamente de esta etapa.

Nació el 18 de setiembre de 1962 “en Paysandú, pero ya a la semanita para el campo, en la zona de Tres Bocas. Fui a la escuela a caballo; estaba a 5 kilómetros de mi casa y cuando yo iba asistían 54 niños, no éramos tan pocos”. De esa niñez en el campo, hubieron “cosas lindas y cosas feas”, afirmó, y rescató a partir de tercer año de primaria cuando “ya cambiaron los maestros, eran más compañeros con nosotros, tenían otra actitud, no había ese autoritarismo con largas penitencias. En primero y segundo llegué a vivir eso; te retaban mucho, eran muy estrictos”, y no mostraban mucha empatía con niños “que vivíamos en el medio del campo y, en mi caso, no tenía a nadie alrededor con quien jugar, porque mi hermana era muy pequeña, ya que ella nació cuando yo tenía 4 años. Cuando empecé a los 6 años, porque en esos años no había jardinera, iba sola a caballo y era tan infeliz que el animal volvía para atrás, pero mis padres me veían grande y yo tenía que ir sola a la escuela. Pero no era grande, son recuerdos que no son lindos”, comentó.

“Desde tercer año en adelante, los maestros fueron otros, jóvenes, con otra impronta, con otra manera de enseñar, de compartir, de hacer cosas. Se subían a un caballo y salían a visitar a los padres, era todo diferente; se hacían fiestas en la escuela, compartíamos. De tercer año en adelante fue muy distinta la escuela”, recordó. De esa niñez, también relató que “como toda casa rural, no tenías mucho tiempo para jugar, y aunque existieran juguetes los padres no compraban y jugábamos con lo que encontrábamos en la vuelta. No me aburría nunca”, aseguró, recordando que “íbamos a la quinta con mamá, donde teníamos un pedacito de tierra para plantar nosotros. También entraba a la quesería, nos daban unas latitas y hacíamos un quesito chiquito, y la abuela me lo comía después”.

Rescató de esa época que “aprendimos mucho, a salir adelante con cosas que se producen en Uruguay, que son muchas y que se puede vivir muy bien si uno trabaja. También nos inculcaron el respeto hacia los demás y valores”, subrayó. Entre otras muchas anédcotas, citó: “los domingos de tarde mi padre no trabajaba en el campo, entonces íbamos a visitar a un vecino. Cuando estaba en quinto, mi papá compró una televisión a batería y los vecinos iban con sus hijos a casa a mirar el programa ‘Feliz domingo’”.
“Mi padre trabajaba bastante bien, por lo que yo no tuve una niñez complicada en el sentido de carencia económica, pero como ellos sí la tuvieron nos criaron igual, con carencias de cosas aunque se pudieran comprar, quizás a los efectos de que nosotros aprendiéramos”, recordó. “En mi escuela había gente muy humilde y había otros que no lo eran tanto, como en el caso de mi padre, pero nos criaron en forma muy austera”, insistió.

En este sentido, destacó los valores que su padres les transmitieron a ella y sus hermanos, como el no hacer diferencia con aquellos más desfavorecidos económicamente. “Recuerdo haber ido a la casa de niños que vivían en un ranchito con piso de tierra, sentarme en una sillita chiquita de paja y comer los buñuelitos que me hacía su mamá en una cocina a leña. Me encantaba conversar con esa mamá, para mí era un placer”, expresó.

“SIEMPRE SEGUÍ LOS CONSEJOS DE PAPÁ”

Al finalizar la Primaria, por consejo de la maestra, “mi padre, que era una persona que tenía solo tercero de escuela, pero sí escuchaba, compró una casita en Paysandú y nos vinimos con mis hermanos y mamá para que yo empezara el liceo”, contó. Tras los estudios de secundaria, la preparación en Administración de Empresas en UTU, y luego de entregar varios currículum fue convocada para trabajar en una empresa citrícola, pero casualmente su puesto laboral está en Tres Bocas. Es así que retorna a su lugar de origen, y “trabajé 38 años”. Allí formó su familia, crió a sus dos hijos, que hoy ya son adultos y viven en Montevideo, donde tienen su propia empresa, según contó. Hoy siente una profunda satisfacción de haber cumplido una vida profesional de casi cuatro décadas, realizando la tarea para la que se había preparado y que “me gustaba”, y al mismo tiempo la realización personal de que sus hijos, Oscar y Mauro, también hayan ido tras sus propios sueños.

En su transitar “siempre seguí los consejos de papá. Yo admiré mucho a mi padre por todo lo que pudo lograr de la nada. Siempre trató de que la familia estuviera junta, más allá de los problemas, no sé si llegaba a la etapa del perdón pero sí a la tolerancia. Y eso nos inculcó a todos, hasta el día de hoy, aunque ellos no están, pero eso lo legamos”, reflexionó.

“MIS PROYECTOS SE VIERON CUMPLIDOS”

“Ahora estoy disfrutando de la tranquilidad de haber trabajado en lo que me gustó, ascendí todo lo que podía en la empresa; mis proyectos se vieron cumplidos”, aseguró. Ahora es tiempo de disfrutar de aquellas cosas postergadas, como por ejemplo “me encantan las manualidades, me encanta hacer cosas, me levanto y ando el día entero hasta las 11 de la noche. Vengo a Cajupay a hacer gimnasia, y los domingos no falto a los bailes. Es entretenido, el lugar es tranquilo y personalmente me vino bien en la parte social, porque el hecho de vivir en el campo te aleja de la gente. De hecho hacemos amigos acá y luego continuamos la amistad también afuera. Cuando surge algun paseo vamos, también algún té bingo; perdí mucha cantidad de años sin disfrutar nada”.

“Hoy me siento feliz y realizada. Tuve dificultades de más joven pero nada que hoy me esté afectando, fueron todas resueltas. Yo hoy estoy feliz”, cerró nuestra simpática entrevistada.