¿Es el fin del Uruguay rural?

De acuerdo con los recientemente conocidos datos del Censo 2023, la población rural uruguaya es de 127.621, o el 3,64% de los 3.499.451 que constituyen el total de habitantes. Es, por cierto, el porcentaje más bajo que ha tenido nunca la población rural de nuestro país. Claro, es muy ambiguo y deja muchas sombras ese “partir” entre población rural y población urbana. Ese porcentaje alude a personas que habitan en el campo, y sobre él vamos a trabajar. Pero también es cierto que hay un montón de localidades en el interior del país que tienen características y costumbres más asociadas a la vida rural que a la de las ciudades, incluso en la periferia de las grandes ciudades ocurre esto. Después están los complejos de Mevir, que han afincado en torno a núcleos urbanos a población que en muchos casos sigue teniendo vínculos con la vida rural, aunque notoriamente se han urbanizado. Hay muchos grises en esa división. Pero así como la vida en las ciudades ha cambiado mucho, la vida en el campo dista mucho de aquella que relataba el doctor Roberto Bouton en su libro La vida rural en el Uruguay, que prologado y ordenado por Lauro Ayestarán vio la luz en 1961, a partir de una serie de apuntes que el médico oriundo de Montevideo, afincado en el medio rural, legó a través de su esposa, para que tengamos un registro de cómo se vivía en la campaña uruguaya. Está accesible en su versión digital, para lectura en línea o descarga, desde el archivo Anáforas de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República (y es muy recomendable su lectura).

Esta población rural fue decreciendo paulatinamente. En un informe del Instituto Nacional de estadísticas titulado Variables Estadísticas Relevantes Durante el Siglo XX, repasa que en 1860 se estimaba que el 45% de la población uruguaya residía en zonas urbanas, y de la misma el 50% se concentraba en Montevideo. Aunque en el censo de 1908 no se plantea una dicotomía entre la población urbana y rural, la residente solamente en las ciudades capitales alcanzaba al 50%, lo cual indica que el grado de urbanización se situaba por encima de ese valor. Hacia 1930 el porcentaje urbano se estimaba en 63%, en 1950 se eleva al 73% y en el censo de 1963, dos años después de la publicación del libro, llegaba al 81%. Al momento de publicarse el informe, sobre el cambio de siglo, el 91% de la población uruguaya residía en zonas urbanas. De nuevo conviene aclarar que esto de urbano/rural es muy relativo y que incluso en todo este tiempo hubo hasta cambios de criterios.

Pero más allá de la cantidad de población, poco queda de aquel Uruguay rural que describía Bouton hace algunas décadas. Veamos algunos datos surgidos del mismo Censo 2023. En el medio rural, donde viven esos 127.621 habitantes, hay 101.689 viviendas, de las cuales 98.679 son particulares. El 53% de ellas están ocupadas. El Tamaño medio del hogar es de 2,5 integrantes. El 73,8% de las familias posee automóvil o camioneta, lógicamente esta cifra está por encima del promedio país. La posesión de ciclomotor o motocicleta alcanza al 51,4%, el acceso a la Internet (como cantan Larbanois y Carrero) es del 66,9% (y contando). El 45,9% tiene computadora, laptop o tablet y el 29,3% disfruta de servicios de streaming para ver sus series favoritas, escuchar música o ver el fútbol del Uruguay o al Real Madrid contra el Barcelona. Lejanos tiempos aquellos en los que el Pericón tenía vida propia por fuera de los actos escolares. Un 40,4% de las familias del campo disfrutan del confort del aire acondicionado. Esto gracias a que la luz eléctrica alcanza hoy al 95,4% de los hogares.

En el anuario 2017 de Opypa, la Oficina de Programación y Política Agropecuaria, refería en su apartado 3,2 a la “cuantificación del empleo agropecuario y las características asociadas a la educación formal y calificación”. Planteaba ese informe que el sector agropecuario empleaba entonces al 9% de los ocupados en la economía, lo que implica algo más de 140 mil empleos considerando la actividad principal y se elevaba a unos 150 mil puestos de trabajo analizando las actividades secundarias. En estas cifras de ocupados en el sector se incluye tanto el trabajo asalariado como en otras categorías de ocupación (patrones, cuentapropistas, trabajadores familiares no remunerados). Es decir que también ocurre que muchos empleos del medio rural son ejercidos por habitantes del medio urbano, lo que contribuye más aun a desdibujar cualquier rastro de aquella frontera. Tampoco es algo nuevo, pero hasta hace unos años irse a trabajar al campo era una decisión muy pesada, suponía asumir un cambio de vida radical.

Es tarea para otro tipo de investigadores, que profundicen más en procesos de largo plazo, analizar las causas y, sobre todo, las consecuencias de estos cambios, que deben ser vistos con la mirada larga. De hecho hay mucho escrito al respecto, del impacto social, económico y hasta ambiental que ocasiona este desplazamiento, la migración del campo a la ciudad. Entre las razones encontraremos seguramente los cambios tecnológicos, que han permitido que la demanda de mano de obra se reduzca en algunas actividades y que otras que no logran esa reducción estén enfrentando problemas de competitividad y de rentabilidad, con lo que el problema se vuelve una especie de rompecabezas. También hay otras razones, porque más allá de que ahora se pueda contar con electricidad para prender el aire acondicionado y ver en directo los goles de Vinicius Jr., todavía hay diferencias marcadas en el acceso a otros diferenciales de calidad de vida, como la salud y la educación. Hablando de rompecabezas. Aunque hay posibilidades que, al amparo de estos avances se podrían aprovechar, como la telemedicina, o el acceso a la educación a distancia. Y en ese sentido tal vez haya sido algo apresurado el cerrarle la puerta a un proyecto como el de la universidad virtual.