Chile no le teme a Trump

El imprescindible metal rojo.

Santiago de Chile (Por Horacio R. Brum).- Durante muchos años, el consulado general de los Estados Unidos en Santiago de Chile funcionó en un edificio austero, con ventanas enmarcadas en cobre y un friso de la cornisa en el cual unas grandes letras decían: Braden Copper Co. Allí estuvo la sede de la compañía cuprífera Braden, una de las tres empresas estadounidenses que hasta 1966 dominaron la minería del que hoy es el principal país productor de cobre del mundo. Ese año, el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva inició el proceso de “chilenización” de la industria productora del mineral, mediante la compra de paquetes de acciones de las compañías, y en 1971 Salvador Allende realizó la nacionalización total. Después del golpe militar de 1973, lo que se denomina la Gran Minería del cobre fue abierta nuevamente a los privados, pero el Estado se mantiene firme y competitivo mediante la Corporación Nacional del Cobre (Codelco).

A unos 100 kilómetros al sur de la capital, El Teniente, otrora de propiedad de la Braden, es la mina subterránea de cobre más grande del mundo; 1.500 kilómetros al norte está Chuquicamata, cuya operación a cielo abierto también bate los récords mundiales de tamaño. Ambas minas pertenecen a Codelco y aportan una parte significativa de las exportaciones de cobre, que en 2024 superaron los 50.000 millones de dólares. Esa cifra fue la mitad de los envíos chilenos al exterior, que por primera vez superaron el umbral de los 100.000 millones de la divisa norteamericana. Aunque la minería es la base del empuje exportador nacional, la oferta es sumamente variada y va desde la celulosa y el salmón, hasta los vinos y las carnes “de nicho”, como la del vacuno wagyu, muy bien pagada en el mercado japonés. También los servicios han comenzado a tallar en las relaciones comerciales con el extranjero, especialmente en las áreas vinculadas al comercio electrónico, con América Latina como el principal cliente, por sobre los Estados Unidos.

Con más de 30 acuerdos comerciales, Chile es relativamente inmune a las veleidades arancelarias de Donald Trump; su gran mercado está en Asia y sólo en cobre, China le compra cinco veces más que el país del norte. Entre los diez principales productos de exportación, por cada dólar que se recibe de los Estados Unidos, entran en la caja chilena tres dólares de China. Desde China y Japón, hasta Ecuador y Uruguay, a Chile le sobran mercados para compensar los desequilibrios provocados por Trump, quien probablemente tenga más que perder, por ejemplo, si se le ocurre poner aranceles al cobre. El país del magnate no tiene una producción del metal suficiente para satisfacer las necesidades del mercado interno ni la tendrá en un plazo mediano. La Asociación de Productores de Cobre estadounidense pidió oficialmente que no se aumenten los aranceles; subrayó que abrir una nueva mina lleva por lo menos dos décadas y media, e instó al gobierno de Washington a “seguir apoyándose en socios de confianza, como Chile, Perú, Canadá y México”.

Desde 2004 existe un tratado de libre comercio chileno-estadounidense, que tomó muchos años de negociaciones y hasta lo que podría definirse como un chantaje de parte del gobierno de George Bush. En 2003, cuando Estados Unidos resolvió invadir Irak para derrocar a Sadam Husein, el TLC con Chile estaba listo para la firma. Buscando apoyos para la invasión en América Latina, Bush llamó por teléfono al presidente Ricardo Lagos, para pedirle su respaldo al ataque, con o sin el aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Un tiempo antes, la diplomacia norteamericana había dado a entender que, sin ese respaldo, el tratado estaba en peligro, pero Lagos, en una de esas respuestas que hacen grandes a los países chicos, dijo a George Bush: “Señor presidente, Chile y Estados Unidos tienen una estrecha relación, pero si usted forma una coalición fuera del Consejo de Seguridad, Chile no puede participar”.

El tratado de libre comercio se firmó un año más tarde, tal vez porque Estados Unidos no podía permitirse prescindir de las importaciones de minerales chilenos y necesitaba un socio estable y serio en una región donde son frecuentes los gobiernos volátiles. De todos modos, el episodio de Irak sirvió para acelerar y ampliar la búsqueda por las autoridades de Santiago de tratados y acuerdos de libre comercio. Según el ministro de Relaciones Exteriores Alberto van Klaveren, las bravatas de Donald Trump están siendo analizadas en coordinación con el ministerio de Hacienda, para prever cualquier efecto negativo en el flujo comercial entre los dos países. Van Klaveren subrayó que Estados Unidos exporta más a Chile, que lo que Chile envía al norte y la Comisión Chilena del Cobre espera que el precio del metal suba en 2026, no sólo por lo que haga el mandatario estadounidense, sino también porque la demanda va en aumento, a causa de la transición al transporte eléctrico que impulsan los países desarrollados. En cuanto a las inversiones mineras, lejos están los tiempos de la Braden Copper Company, porque junto a Codelco operan grandes empresas privadas canadienses, australianas, japonesas y otras nacionales, como la Antofagasta PLC, que cotiza en la Bolsa de Londres y tiene proyectos en varias partes del mundo, incluido el estado norteamericano de Minnesota. Como un reflejo del cambio de rumbo de los intereses exportadores chilenos, en estos días ha merecido más atención la decisión de la naviera china Cosco de dejar de usar el puerto sureño de Lirquén como salida directa a China. Ello se debió a la apertura del megapuerto peruano en Chancay, del cual Cosco es dueña del 60%. Lirquén será ahora un alimentador de Chancay, con naves de menor calado, y es probable que lo resuelto por la empresa china afecte a otros de los 38 puertos comerciales chilenos. “Hay un loco convicto en la Casa Blanca”, fue el diagnóstico tajante que hizo en una entrevista en el diario El Mercurio Osvaldo Rosales, ex director de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería de Santiago y uno de los principales negociadores del tratado binacional firmado en 2004. Para Rosales, Chile podría sufrir “algún rasguño” por culpa de Trump, porque los tratados “protegen en la medida en que se trata con gobiernos decentes que cumplen con su compromiso internacional”.