Escribe Ernesto Kreimerman: También China tendrá que cambiar…

En pleno cambio de milenio, Estados Unidos ayudó a China a unirse a la Organización Mundial del Comercio. Y dos décadas después, ambos están enfrentados en una guerra comercial, en el marco de escenarios de resurgimientos de viejos conflictos bélicos, otros nuevos de rápida escalada militar, de costos varias veces millonarios. Adicionalmente, no hay que desatender las marchas y contramarchas sobre la evolución de los riesgos de una guerra por Taiwán. Éste es un riesgo para el cual el ejército chino se ha preparado preventivamente.

No quiero olvidarme, dentro del amplio mix de disputas en el escenario mundial: hace pocos meses, el presidente Donald Trump amenazó a Irán con “bombardear como nunca antes habían visto”. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán replicó: “La violencia trae violencia”.
Ese intercambio se parece más a la presentación “en sociedad” de una “nueva estrategia de Trump” para con Irán, idéntica a la que en su momento llevó a cabo el entonces presidente Obama y que los republicanos cuestionaron tanto e incluso el propio Netanyahu. No pocos sectores de la diáspora judía se hizo eco después. Estados Unidos e Irán han celebrado tres rondas de reuniones destinadas a frenar las ambiciones nucleares del país. Estas conversaciones han sido preliminares y en su mayoría indirectas, con funcionarios del gobierno omaní actuando como mediadores, pero ambas partes las han descrito como positivas. Las conversaciones, en lugar de las amenazas, son una señal positiva de progreso.

Esa coexistencia no parece difícil, pero eliminar todos los tipos de fricción y animosidad que se cierne sobre las relaciones hoy en día no va a ser fácil. La generación de líderes chinos después de Xi, muchos de los cuales alcanzaron la mayoría de edad durante las modestas aperturas de las décadas de 1980, 1990 y la primera década de este siglo, bien podrían querer devolver al país a la promesa de esos períodos.
También pueden darse cuenta de que enredarse en cualquier confrontación militar o geoeconómica significativa impedirá que China logre sus otros objetivos, como reactivar la economía para lograr el crecimiento de la clase media en el país y extender la influencia del país en el extranjero. Pekín no puede librar una gran guerra y aun así alcanzar la seguridad económica. El envejecimiento de la sociedad y los imperativos de una mayor integración económica regional para sostener su crecimiento hacen que sea más difícil soportar las consecuencias de un conflicto de gran envergadura, o incluso de una postura regional y mundial más confrontativa.

Pero incluso si China evita desencadenar conflictos con sus vecinos su influencia global podría variar significativamente.
No pocos analistas especulan acerca del futuro de China. Temen que vaya hacia una mirada más tensa, más confrontativa en sus enfoques. Pero ¿qué pasaría si China alentada por las circunstancias, optara por concentrar en el estado un mayor poder, sin trabas y la subordinación de los derechos y libertades civiles a los objetivos económicos y de desarrollo?
China no abandonará su reclamo sobre Taiwán, como demostró el mensaje de Año Nuevo 2025 de Xi cuando declaró que “nadie puede detener la tendencia histórica de reunificación nacional”.

Una historia que contar

China, y ésta es la expectativa de buena parte de las nuevas figuras del relevo, creen que podrían emerger como un centro de nuevas tecnologías para la década de 2030, si continúa la tendencia hacia el “desacoplamiento” tecnológico y comercial. Es probable que menos jóvenes chinos estudien en Occidente, y el ya pequeño número de occidentales que lo hacen en China seguirá siendo limitado. Es probable que China y Estados Unidos se distancien aún más a medida que sus ecologías tecnológicas diverjan más con el tiempo.
Pero a medida que el desarrollo científico de China en campos como la inteligencia artificial se vuelve más propio, es decir, marcadamente disímil del de los países occidentales, cobrará valor propio, y esos desarrolladores de tecnología y los empresarios que opten por ella, querrán participar en unos y otros. Probablemente, en la década de 2030, las normas tecnológicas podrían encontrarse y competir en Oriente Medio, el sudeste asiático y América del Sur, a veces formando culturas tecnológicas híbridas que combinen elementos de China y Occidente. China buscará atraer a más personas a su órbita tecnológica. Las universidades e institutos de investigación chinos acogerán a un número creciente de estudiantes e investigadores del sudeste asiático y más allá. Algunos de los trabajos científicos más creativos podrían tener lugar en terceros países, donde los investigadores y los empresarios tienen más libertad para mezclar y combinar lo que aprenden. El desacoplamiento, que obligaría a la investigación y el desarrollo científicos a dividirse en silos separados, sería malo para las bases científicas occidentales y chinas, pero podría ser la creación de varias potencias medias emergentes.

China, actor geopolítico

Transcurridos otros 20 años, China podría llegar a ser un actor geopolítico muy diferente de lo que es actualmente: habrá enfrentado el desafío de superar esta etapa donde lo central del esfuerzo es para reconfigurar su autoritarismo, y después poseer pero no usar la fuerza militar, y estar limitado y habilitado por sus principales vínculos comerciales y tecnológicos. Esta China seguiría siendo un país cuyas normas son diferentes a las del mundo liberal cada vez más pequeño, y sus capacidades seguirían indudablemente poniendo nerviosos a sus vecinos y rivales. Pero los países occidentales encontrarían a una China así manejable y también más difícil de presentar como un rival geopolítico existencial. Pero a partir de ese nivel, China tendrá que cambiar. Deberá persuadir de que no busca resolver sus problemas a través de la confrontación, de medios militares convencionales y la tecnología cibernética. Tendrá que alejarse de su recorrido, abandonar su tendencia y tomar el curso propio de una retórica que tiene que ver con su propio lugar en el orden global y, por otro lado, las duras diatribas y las tácticas comerciales y militares coercitivas, deja buena parte de sus acciones pensando en que los países no se alinean.
Esta retórica funciona en el entorno cerrado de los medios de comunicación en casa: tiene poco atractivo global, incluso entre los países que profesan cierta simpatía por la visión del mundo de la necesidad del país de cuidar a una población mayor y más enferma, el aumento a la madurez de una generación que no creció con la creencia de que Estados Unidos es el principal enemigo de China y la necesidad de crear empleos estables de mayor valor con una población en edad de trabajar cada vez menor. La actual recesión que se manifiesta en el empleo profesional de la clase media nacional que solo puede resolverse con soluciones a largo plazo que impliquen que China trabaje mucho más para convertirse en un actor confiable y cooperativo en la economía global.
Es una hora difícil la que nos toca, muy compleja. Dos muestras significativas; una apocalíptica, y otra de chapuceros. Aun así, sigo convencido que queda mucho por hacer, por compartir. Fundamentalmente, para cambiar. Alejándonos de los chapuceros, y apostando a la calidad.