En Estados Unidos existen profundas desigualdades para el acceso a un derecho básico, el de la salud. Existen muchos estudios acerca de esta realidad, que para los expertos y administradores está sobrediagnosticado. Lo que falta, es decisión política para generar por lo menos unos acuerdos de mínima, como para definir ciertos estándares universales y obligatorios, lo que permitiría mejorar las condiciones de vida, fundamentalmente con foco en la niñez y para los grupos de adultos mayores, con planes preventivos y acceso a la medicación.
Los datos a la fecha son malos, especialmente si se considera que en algunos aspectos hay escasez o inexistencia de fondos, pero también son decepcionantes en aquellas que sí han contado con recursos. Las evaluaciones, las varias que existen, concluyen de manera similar, dejan al desnudo el frustrante desempeño de los sistemas de salud. En efecto, Estados Unidos no cuenta con buenos indicadores respecto al acceso, calidad y resultados. Si se compara esos datos con los de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la tasa de mortalidad evitable de Estados Unidos es de 368,6 por cada 100.000 habitantes. Contrastada con 161,5 de Francia, 194,6 de Alemania, 167,8 de los Países Bajos y 361,8 en Estonia, exime de todo comentario.
Robert F. Kennedy, secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos (DHHS, por sus siglas en inglés) de esta administración, ha destacado que las enfermedades crónicas constituyen uno de los desafíos de salud más importante. En el mismo nivel de preocupación, RFK resaltó algunos hábitos extendidos a nivel general: la dieta, la nutrición y el abuso de sustancias, una trilogía que redunda en obesidad, muy asociadas con la diabetes, las enfermedades cardíacas, las sobredosis y otras afecciones incapacitantes. Pero los expertos no descuidan mencionar que la demencia, el cáncer, la influenza, la neumonía y el suicidio son fuentes de mortalidad y disminución del bienestar.
Algunos cambios que se anuncian están en línea con reclamos de la academia y del sector. La reconfiguración del papel de Estados Unidos como líder mundial en el avance de la ciencia biomédica y el desarrollo de nuevos tratamientos, a través de inversiones en los Institutos Nacionales de Salud, NIH, así como de otras agencias científicas federales recogen, en principio, aspiraciones compartidas. Pero igual de cierto es que la administración Trump ha puesto en riesgo el papel del DHHS en la promoción de la salud pública: más del 95% de los nuevos medicamentos surgieron de investigaciones respaldadas por los NIH.
Primer presupuesto
Los presupuestos son la expresión real de los enunciados de campaña bajo forma política. En este caso, da pistas respecto a las aspiraciones políticas de la nueva administración con respecto a la “política de salud, salud pública y ciencias biomédicas”.
El “presupuesto discrecional” del DHHS reserva un gasto departamental de $95,4 mil millones en 2026 en comparación con $128,7 mil millones en 2024 y $127,6 mil millones en 2025. De aquí salen los recursos para apoyar las actividades de investigación y la inversión directa en capacidad y servicios de tratamiento.
Regresivo y excluyente
Los recursos para investigación 2026 se acotarán a 27.500 millones de dólares para los NIH, lo que significará un recorte de orden del 40% respecto 2025 (48.000 millones de dólares).
Será un severo revés, pero ello no es todo. Hay otros significativos recortes que se van anunciando lentamente.
Lo que se ha argumentado para semejante recorte, es que el propósito es concentrar a los NIH en la “verdadera ciencia”. Puesto en palabras de la administración, “la ciencia necesita ser sacudida porque se ha empantanado de manera ineficiente en la burocracia y los científicos parecen marchar a ciegas al unísono”. Se les califica a los NIH de demasiado conservador, que se dedica poco en ciencia innovadora, y ello por falta de audacia. Aunque algunas de estas ideas pueden ser compartidas dentro de la industria y la academia, la investigación financiada por los NIH sigue siendo la plataforma en la que se lanzan esencialmente todas las nuevas intervenciones biomédicas. Por ello, tan cierto como lo anterior es que se exagera el grado de ineficiencia. Ello se respalda en los resultados: los recursos de los NIH generan positivos retornos económicos y sociales.
La asignación de recursos fue de 40.690 millones de dólares en 2024; 40.470 millones de dólares en 2025; y se propone que sean de 24.110 millones de dólares en 2026. Las reducciones propuestas del gasto en actividades directas de investigación constituyen un recorte del 40,4%. El impacto será muy negativo: se estima que un recorte de mil millones de dólares en subvenciones de investigación de los NIH (1.340 millones de dólares en 2024), tiene como recorte ocho medicamentos menos para los próximos 3 a 10 años. Hoy el promedio es de 53 nuevos medicamentos por año. De acuerdo con esos análisis, los próximos resultados tendrán un achique de nuevos medicamentos recetados en un rango de entre 72 y 97.
También tendrán grandes recortes los tres Institutos Nacionales de la Salud que se enfocan en enfermedades crónicas identificadas como de alta prioridad. El Instituto Nacional del Cáncer (NCI), tendrá una reducción del 38,6% en las subvenciones para investigación, y del 40/45% en la financiación de los centros de investigación. Para el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento, centro donde se desarrollan las investigaciones sobre la enfermedad de Alzheimer y otras afecciones crónicas en adultos mayores, una reducción del 45,5% en la financiación de subvenciones, del 24,5% en el apoyo de los centros de investigación, y del 22% en la financiación de investigación interna en comparación con 2025. Finalmente, el nuevo Instituto Nacional de Salud Conductual, resultado de fusionar los institutos de Salud Mental, del Abuso de Drogas y del Abuso de Alcohol y Alcoholismo, le reducirían un 43.8% los fondos para becas de investigación, y un 40/45% para los diferentes capítulos de investigación.
En resumen, las consecuencias de estos recortes implican importantes achiques presupuestales que se reflejaran en la calidad asistencial, tanto en infraestructura, como recursos médicos y medicamentos.
Se ve venir…
Así las cosas, el presupuesto de salud del presidente Trump y del secretario Kennedy para 2026 será duramente recortado. Serán muy escasos los recursos para enfrentar imprevistos que amenacen la salud pública. Y si bien la atención primaria está catalogada como una alta prioridad, el recorte presupuestario que se anuncia será del 20% en la financiación obligatoria de esos centros.
La formación médica continua se reduce a una mínima expresión presupuestal. Se elimina, y simboliza la filosofía de este plan nacional de salud, un programa de capacitación de atención primaria de $50 millones para médicos, y se recorta el 70% en los programas de capacitación de enfermería.
El presupuesto destinado a la salud tiene un claro propósito regresivo y excluyente. Y aunque las noticias de las agencias internacionales no informen de ello, los sectores medios comprenden la real dimensión de estos recortes pues llegan después de las reformas de Obama, cuando la voluntad era la contraria: que más sectores de la sociedad accedieran a salud de calidad y costos asequibles.

