Cuando la ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, visitó Colonia a comienzos de junio, manifestó su preocupación por el aumento de los casos de hidatidosis en ese departamento y por el crecimiento de la sífilis y la tuberculosis en todo el país.
Incluso expuso esta problemática en la última cumbre de ministros de Salud del Mercosur y Estados asociados, con la presencia de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). El organismo internacional elabora un informe semestral dirigido a los ministros del área, donde detalla la situación epidemiológica regional. En esta ocasión, dos temas centrales fueron el incremento “emergente” de la sífilis y la tuberculosis.
Se trata de dos enfermedades distintas, que no deberían estar presentes en estos niveles, tal como lo expresó el subdirector general de Salud, Gilberto Ríos.
Pero ¿por qué lo están? La sífilis es una infección de transmisión sexual; la hidatidosis ha sido objeto de largas campañas de prevención por tratarse de una de las zoonosis más conocidas; y la tuberculosis suele estar asociada a condiciones sociales específicas.
En el último año, más del 4% de las embarazadas —unas 1.120 mujeres— dieron positivo al test de sífilis. Se trata de una enfermedad conocida desde hace siglos, que parecía estar en vías de erradicación en Uruguay: hace apenas cinco años, los casos eran la mitad. Sin embargo, con la pandemia de COVID-19 se produjo un retroceso, y desde entonces se observa un aumento sostenido.
Lo más preocupante es el contagio al feto a través del cordón umbilical y las consecuencias posteriores de una infección que, en teoría, se combate eficazmente con penicilina.
La Cátedra de Neonatología investigó las razones de esta transmisión vertical y concluyó que muchas madres y sus parejas no recibieron el tratamiento adecuado, lo que llevó a reinfecciones. El sistema público de salud no logró interrumpir la cadena de contagio.
Este dato pone en evidencia el peso de la inequidad social: en el subsector privado, los casos son menos de la mitad. Este contraste invita a reflexionar sobre otras variables, como las conductas individuales. Al menos en el Interior, los mismos profesionales suelen atender en ambos sectores, y la accesibilidad a los análisis es similar. Por tanto, la diferencia no parece estar en los recursos humanos ni técnicos, sino en el comportamiento social y en la continuidad del seguimiento.En Paysandú, se reportaron 165 casos de sífilis en 2024 y 120 en lo que va de 2025, según el último informe epidemiológico del Ministerio de Salud Pública, correspondiente a la semana 22.
Lo incierto sigue siendo la respuesta de la población objetivo a las campañas de prevención y tratamiento, orientadas a modificar conductas de riesgo, como el uso del preservativo. A esto se suma el aumento de casos de gonorrea.
¿Pero qué sucede cuando también se disparan los diagnósticos en Colonia, uno de los departamentos con menor índice de pobreza (menos del 9%) y altos niveles de desarrollo? Este panorama motivó un pedido de informes por parte del diputado nacionalista del departamento, Napoleón Gardiol, quien solicitó precisiones sobre el alcance de estas afirmaciones, aunque sin detallar las localidades afectadas ni la magnitud del problema.
Allí también se registró un incremento significativo de hidatidosis. Aunque no se diagnosticaron casos en humanos, los resultados generaron alarma: se relevaron 57 establecimientos rurales y el 26% dio positivo.
El tema fue abordado por el ministro de Ganadería, Alfredo Fratti, durante la apertura de las 52ª Jornadas Uruguayas de Buiatría, en Paysandú.
Veterinario de profesión, Fratti recordó que años atrás se entregaban antiparasitarios a los perros en zonas rurales, práctica que ha dejado de realizarse. En ese entonces, las campañas de prevención del quiste hidático eran conocidas por su intensidad, e incluso se hablaba del tema en las aulas de Primaria.
Pero, como señaló el ministro, “eso se perdió y hemos bajado la guardia”, reemplazando la estrategia territorial por una “logística de escritorio”.
La ministra Lustemberg también abogó por articular acciones con el sistema educativo, para generar conciencia y conocimiento, reconociendo que hasta ahora no se tenía una verdadera dimensión del problema.
En Uruguay, cuando hay descuidos, las enfermedades reaparecen. Y hay zonas específicas donde el aumento es particularmente llamativo.
En cuanto a la tuberculosis, el país registra 36 casos cada 100.000 habitantes, una cifra superior al promedio de las Américas, según el Instituto Pasteur de Montevideo. “La falta de diagnóstico oportuno, el abandono del tratamiento y factores socioeconómicos, como la desnutrición, dificultan su erradicación”, señala esta prestigiosa institución.
Este año, por primera vez, Uruguay será sede de la XII Reunión de la Sociedad Latinoamericana de Tuberculosis y otras Micobacteriosis. Participarán referentes internacionales en diagnóstico, tratamiento e investigación. Será una oportunidad para visibilizar esta problemática y, al mismo tiempo, conocer el trabajo de los científicos uruguayos. Porque una cosa es lo que se hace desde la academia, y otra —que parece bastante diferente— son las políticas públicas que aplican los sucesivos gobiernos.
El verdadero desafío es volver al territorio, comunicar con claridad, y mejorar un sistema de salud que necesita una profunda revisión de sus modelos de atención, gestión y seguimiento. Hoy por hoy, aún no constituye una política de Estado.
Todos podemos comprender que estas enfermedades se multiplicaran en tiempos en que no se conocían sus causas, o no existían antibióticos ni tratamientos eficaces. Lo que resulta más difícil de entender es que resurjan en un país con acceso universal a la salud. Como advirtió la ministra: “Lo peor es seguir adelante sin identificar los problemas”.

