Por Laura Ayoroa
Fotos: Milton Cabrera
Todo comenzó cuando Bill W –un corredor de Bolsa de Wall Street– y el Dr. Bob –un cirujano– se encontraron a conversar sobre sus problemas con el alcohol. La reunión, que en principio sería de quince minutos, se extendió por seis horas y sería uno de los mojones para la creación de una de las asociaciones civiles más grandes del mundo, Alcohólicos Anónimos (AA).
Aquella conversación era un momento entre dos alcohólicos que intentaban sostenerse. O como dijo Bob años después: “Fue el primer ser humano vivo con quien hablé que discutió inteligentemente mi problema a partir de la experiencia real. Hablaba en mi idioma”. En la mañana del 10 de junio de 1935, Bob tomó una jarra de cerveza antes de ingresar al quirófano. Era la última. Y era el comienzo de AA.
El 18 de marzo pasado se cumplieron 51 años de su presencia en Uruguay y el 18 de julio de 1981 llegó a Paysandú de la mano de Osmar T, quien organizó las primeras reuniones en el subsuelo de Maternidad, luego de reunirse con el entonces director del Hospital, Dr. Rómulo Calegari.

Pablo G. integra uno de de los tres grupos que funciona en Paysandú y aclara que AA “no es una institución, sino una comunidad y me llena de regocijo pertenecer a esta comunidad porque siento que me salva la vida. Y se lo agradezco a ellos”.
Si bien aumentan los consumidores de alcohol, “porque es la droga más legal que pueda existir en tanto la encontramos en la televisión, las revistas y en la cartelería, es una enfermedad que fue decretada en una junta médica como una alergia física y una obsesión mental. Es una enfermedad del alma y así lo he sentido en mi proceso de recuperación”.
Los 12 pasos
AA difunde su “Programa de los 12 pasos” que comienza por admitirse la impotencia ante el alcohol, la creencia en un poder superior tal como lo perciba cada persona que pone la vida a su cuidado.
El cuarto paso invita a un minucioso inventario, “sin miedo” a admitir ante cada uno y frente a otro ser humano la naturaleza exacta de sus defectos y estar dispuesto a liberarse de esa situación. El octavo paso apunta a reparar el daño a otras personas y el noveno a admitir los errores en forma inmediata. Los últimos dos instan a buscar a través de la meditación, en contacto con ese ser superior, la fortaleza para cumplir y llevar el mensaje a otros alcohólicos.
Pablo conoció a un sacerdote mexicano con quien cumplió el quinto paso de admitir frente a otro ser humano la naturaleza de su adicción. Desde entonces pasaron nueve años y hoy es el secretario de su grupo que se reúne en la capilla San Miguel, el último creado hace dos años. A este se suman dos grupos más, uno que se congrega en el salón parroquial y el restante en la sala “Rómulo Calegari” del Hospital Escuela del Litoral.
“Pero recorro todos los grupos para reafirmar nuestro mensaje de autoayuda. Porque no hacemos terapia, sino reuniones de autoayuda. Es un alcohólico que ayuda a otro alcohólico”, resume.
Arduo trabajo
Pablo recuerda que hubo un trabajo arduo para hacer con su entorno y así cumplir con el octavo paso. “Esto nos salva la vida”, enfatiza.
Sin embargo, cada experiencia es única y existen testimonios que aseguran que el perdón no es fácil de obtener. En su caso, reconoce que primero hay que cambiar una forma de ser para que, luego, sea aceptada por ese entorno.
Si bien AA funciona en capillas o en edificios religiosos, no significa que pertenezcan a esa comunidad. “Hay creyentes, ateos y agnósticos e incluso fue una problemática en 1935, cuando comenzó todo esto. Porque el único requisito para ser miembro de AA es el deseo de dejar la bebida, según la tercera tradición”.
En la última regional Norte que integra a los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú y Tacuarembó, llegaron dos custodios –así se denominan los referentes nacionales– “para reafirmar la conciencia de grupo y unificarnos. Porque somos enfermos emocionales y hay días en que no estamos bien. Pero tenemos que aplicar el programa y la asistencia a las reuniones grupales, es mi medicina”, asegura.
AA trabaja junto al Poder Judicial con personas que son derivadas a los grupos a raíz de situaciones vinculadas a la violencia doméstica. “Pero no vamos a buscar a las personas a sus casas para que asistan a los grupos y extendemos la constancia con el sello, tal como lo requiere nuestra organización que es anónima. Tampoco controlamos que llegue en hora, simplemente escribimos a la hora que ingresó. A la persona le hacemos entender que esto es una enfermedad, pero el cambio depende de cada uno. Y el seguimiento es responsabilidad del Poder Judicial o eventualmente del aspecto sanitario vinculado a la salud mental”, aclara.
“Pero es un trabajo que quiero proponerme con los compañeros del grupo. Lograr que la persona no solo asista por derivación del Poder Judicial para la firma de un papel y que luego no vaya más o continúe su problema con el alcohol. Creo que para esto deberían juntarse un integrante de AA, un psiquiatra y el Poder Judicial para hacer un trabajo más profundo”.
Pablo recalca la importancia de la asistencia en hora porque al comienzo “leemos la introducción al programa y preguntamos sobre las 24 horas anteriores, que es muy importante”.
En este sentido, recuerda que el compromiso “es por 24 horas y la asistencia al grupo. Es el día a día y se lo explicamos a cada integrante que se ve reflejado en nuestra experiencia”. Asegura que sus últimos nueve años no han sido fáciles y tuvo que luchar con las ganas de tomar alcohol. Pero la lectura de los pasos y su fuerza de voluntad lo sacaron, además, de una fuerte depresión que lo impulsaba cada a día a no querer vivir.
“Es una batalla diaria. Por eso, nos consideramos alcohólicos. Es una enfermedad espiritual, hay que tomar los recaudos necesarios y respaldarse en nuestro programa”.
Cuando no se puede más
Aníbal B. interrumpe su relato cuando se emociona. Es otra historia de resiliencia que comenzó el día que quiso dejar de tomar. “Somos anónimos pero no invisibles. Tenemos una enfermedad pero somos parte de la sociedad. Podemos contar a otros alcohólicos lo que vivimos, nuestras desesperanzas, derrotas y situaciones límite. Podemos ayudar a otros conversando y basándonos en nuestra experiencia. Allí, en el grupo, donde se forma un clima tan espiritual, tal como lo indican los 12 pasos”.
Recuerda que “seguimos siendo enfermos y nuestra enfermedad se llama alcoholismo. Incluso fue certificada como tal por la Organización Mundial de la Salud. Al principio parece todo bien, pero después el alcohol va tomando el cuerpo, la mente y el corazón que se va endureciendo. Una persona cambia y se vuelve alguien que no es”.
Describe que “sale todo lo malo que puede originarse dentro del ser humano. Eso se transmite y se comienza por perder amistades y rompiéndose el círculo más íntimo de cada uno. Se llega tan agotado, hasta el punto de decir ‘no puedo más’”.
Hasta que un día “me recibió otro alcohólico y dijo que yo era el más importante en aquella reunión. No fue fácil para mí quedarme en AA. Pero desde entonces, pasaron 6 años”.
Reafirma el plan que dice “no a la primera copa porque es la que emborracha. Y en mi caso, me transforma la cabeza. Hoy soy otro Aníbal que se puede emocionar pero por algo válido. Quiero darle más años a mi nueva vida y por eso me mantengo abstemio. Pero nunca me iré del grupo porque todo lo que logré fue porque me quedé”.
Cada día es un compromiso por 24 horas que fueron sumando para ir curando, al menos, las heridas más graves. “Aunque son seis años, cuando escucho a otro compañero siempre encuentro algo que me va a servir. Ahí está la transmisión espiritual”.
Las primeras sugerencias sirvieron para trazar el camino que sigue hasta hoy. Es que hay momentos del año como fiestas tradicionales o familiares que resultan tentadoras para quien tiene otro plan en su vida.
“‘Andate del lugar que te inquiete’, me decían los compañeros. Si en la reunión hay mucho alcohol, me voy porque no me ofrece nada. El tiempo ayuda a incrementar la fortaleza necesaria, pero siempre dentro del grupo”.
De acuerdo a su experiencia, solo una vez fue al psicólogo. “Pero no me sirvió de nada. Donde dejé de tomar fue en AA”, asegura.
Tanto Pablo como Aníbal reconocen que, a pesar de tratarse de la sustancia de mayor consumo, la asistencia a AA no es masiva. “Creo que no han llegado a una situación límite o a lo que llamamos ‘la derrota’. Hay personas que quieren tomar el compromiso. Pero todo depende de lo que hayan vivido. O es que aún no han tocado fondo. Incluso, hay personas que estigmatizan nuestra organización porque es un grupo para alcohólicos. Pero nosotros nos salvamos cuando pasamos este mensaje a otro alcohólico que sufre. Ese es nuestro objetivo. Con eso nos recuperamos y somos felices”, concluye Aníbal.

