Buenos Aires, (Por Horacio R. Brum).- En la calle Talcahuano de Buenos Aires, a la vuelta de la casa de este corresponsal, hay una pizzería como las muchas de una ciudad que bien puede reclamar el título de capital americana de la pizza. El local, de un solo piso, tiene varias puertas de madera y un letrero de neón, al estilo de los años ‘40; una placa puesta en la fachada por el gobierno de la ciudad dice que fue fundada en esa época y la proclama como uno de los lugares tradicionales de la capital. Adentro, el ambiente lo dan las paredes repletas de banderines de clubes de fútbol, camisetas y cuadros con fotos de los famosos que han sido clientes. El Cuartito es el nombre y aunque se sirve en muchas variedades, la pizza de molde no es muy diferente de la hecha en Banchero o Güerrin, dos establecimientos emblemáticos de la cercana calle Corrientes. En la esquina, la Kentucky ofrece pizzas menos elaboradas pero más baratas, al igual que La Continental, una cuadra más allá, en dirección a la avenida Santa Fe, donde abundan también los cafés y restaurantes para comer ese manjar que los italianos pobres trajeron al Río de la Plata y mejoraron gracias a la prosperidad que lograron aquí.
El Cuartito abre a las 12.30, pero con frecuencia se forman filas a las puertas desde una hora antes, porque algunas guías de viajes la consagraron como “la mejor pizzería de Buenos Aires” y los extranjeros –principalmente del hemisferio norte–, vienen a esta capital en busca de lo que suponen es típicamente argentino, junto al tango. Actualmente, sin embargo, ya no hay tanta cola en esa casa de “typical argentinian pizza”, porque el ingreso de turistas viene en disminución desde el año pasado y la tendencia decreciente llegó al 30% respecto a 2024.
Como lo reconoció un tiempo atrás el ministro de Economía Luis Caputo, Argentina está cara en dólares, un dato fácilmente comprobable para quienes viajan desde el país al exterior. En abril, quien esto escribe estuvo en Suiza (un país con reputación de caro), donde cualquier yogur común cuesta entre la mitad y un tercio del precio que tienen los productos del mismo rubro e inferior calidad en un supermercado argentino. Esa diferencia de precios disuade de visitar el país a muchos europeos, que suelen ser los que más aportan los dólares tan necesarios para el gobierno. Ahora, quienes buscan paisajes variados los pueden ver en Chile, que solía ser caro y Brasil les da el exotismo tropical con precios bastante más bajos.
Paradojalmente, tanto como los argentinos necesitan la moneda fuerte que trae el turismo, en Europa hay ciudades cuyos habitantes están exigiendo que los turistas los dejen en paz. Los 50.000 venecianos se quejan de los más de 20.000.000 de personas que les llegan cada año y dejan su dinero, pero también suciedad y amenazas varias al patrimonio. En Florencia, el mes pasado un turista dañó un cuadro de la Galleria degli Uffizi, uno de los museos de arte más importantes del mundo, al caer sobre la pintura mientras intentaba ser fotografiado con la misma de fondo. Anteriormente, un visitante a un museo de Verona destrozó una silla hecha con cristales, porque se sentó en ella, también para obtener una foto.
Venecia ya está cobrando cinco euros a cada turista que venga solamente por el día y hace algunos años prohibió el amarre de buques de crucero frente a la plaza de San Marcos, el centro de su casco histórico. También está prohibido a los guías el uso de megáfonos y los grupos guiados no pueden tener más de 25 personas. Para el director de la Galleria degli Uffizi, hay un problema creciente por la gente que sólo quiere tomarse fotos frente a las obras de arte, para ponerlas en las redes sociales, sin tener conciencia de lo que significan como patrimonio cultural.
En Barcelona, una ciudad que recibe 15.000.000 de turistas anualmente, hay habitantes que están en pie de guerra contra el turismo masivo y también exigen controles de la afluencia de visitantes. Además, protestan por las alzas desmedidas de los alquileres y la escasez de viviendas, provocadas por la industria del arriendo de departamentos para vacaciones. Este último problema es padecido desde hace tiempo por la población estable de las zonas balnearias del sur de España, como Marbella, donde se agrega la intranquilidad provocada por las conductas desordenadas de buena parte de los turistas. Aquellos que provienen de la Europa nórdica, una región con más tolerancia al consumo excesivo de alcohol, frecuentemente se entregan a verdaderas borracherías. Este corresponsal recuerda que hace ya varias décadas, cuando trabajaba en la BBC de Londres, las autoridades británicas estaban preocupadas por el efecto sobre la imagen de su país que podían tener los incidentes provocados bajo el efecto del alcohol por los jóvenes que iban de vacaciones a la Costa del Sol española.
Aunque el turismo masivo genera ingresos considerables y muchos puestos de trabajo, su aporte cultural deja mucho que desear. Ya sea a El Cuartito de Buenos Aires o a la Galleria degli Uffizi florentina, ese turista acude porque “hay que estar allí” según se lo dictan las redes sociales y sustituye con una imagen en éstas aquel “Juan estuvo aquí”, que sus antecesores garabateaban en las paredes de los monumentos famosos. Con poca curiosidad intelectual, este personaje no explora las ciudades más allá de lo que puede ver en las pantallas de su telefonito. Viena, por ejemplo, tiene mucho por descubrir allende el Ring, la avenida que encierra al centro donde están la Ópera, el palacio imperial, la catedral de San Esteban y algunos museos. En el Museo de Viena, situado a no más de tres cuadras fuera del Ring y frente a la majestuosa iglesia de San Carlos Borromeo (Karlskirche), las muy bien montadas colecciones, llenas de recursos interactivos, narran la historia de la ciudad en el contexto de la historia de Austria; es el lugar ideal para los excursionistas que pretenden conocer Europa en dos semanas y además, tiene un excelente café-terraza con vistas sobre casi toda la ciudad. No muy lejos, el MuseumsQuartier es un complejo cultural de museos y centros de espectáculos, atractivo para todos los gustos y edades, a un lado de la calle Mariahilfer, donde hay buenos cafés y una gran variedad de tiendas. Sin embargo, las masas turísticas se agolpan en torno a la catedral de San Esteban, compran caro en la peatonal Kärntner, que une a ésta con la Opera, y hacen interminables colas para entrar al café Sacher o al Central, consagrados por las guías. En escenas que se repiten en otras ciudades europeas, durante la temporada alta de verano, las muchedumbres pueden convertir la zona en un infierno de calor y aglomeraciones.
Según las cifras oficiales del Sistema de Información Turística argentino, el año pasado los turistas dejaron en el país 2.807 millones de dólares, en comparación con los casi 8.500 millones que los argentinos gastaron afuera, beneficiados por la bonanza ficticia generada por el gobierno actual. No obstante, hay empresas que están aumentando sus operaciones aquí, debido a que sus actividades son cuestionadas en Europa. Tal es el caso de Airbnb, mediante la cual un particular puede dar en alquiler una vivienda sólo con fines turísticos. En España y otros países de Europa, Airbnb es acusada de distorsionar el mercado de los alquileres, así como de estimular los problemas que crea el turismo de masas para la tranquilidad de los barrios y comunidades. Desde París a Barcelona y Londres, las autoridades municipales han reglamentado estrictamente estos sistemas de alquiler temporal, pero en la Argentina de la desregulación actual y de la necesidad de ingresar dólares para mantener el modelo económico de Javier Milei, lo importante es atraer turistas.

