El mundo en deuda

La página del Banco Mundial, en su sección blogs, publica un artículo que su economista jefe, el indoestadounidense Indermit Gill, firmó originalmente en la web Project Syndicate, una organización internacional sin fines de lucro considerada como la mayor fuente de artículos de opinión del mundo, en la que se recogen comentarios y análisis realizados por expertos, activistas, premios Nobel, estadistas, economistas, pensadores políticos, líderes empresariales y académicos, instándose a la creación de redes entre ellos.
Este artículo se titula “El inminente desastre de la deuda mundial”. En él, Gill plantea una visión bastante pesimista sobre el futuro de la economía mundial basándose en el elevado endeudamiento, pero sobre todo en que la receta para este momento parece ser seguir tomando deuda, a la vez que se cierran los mercados.
“A pesar de una serie de conmociones que han tenido lugar desde 2020, la economía mundial ha resistido sorprendentemente bien, hasta ahora. Pero el margen de error es cada vez menor. La deuda mundial total es hoy casi un 25% más alta de lo que era en vísperas de la pandemia de COVID-19, cuando ya estaba en un máximo histórico. Este sobreendeudamiento podría socavar la capacidad de todas las economías para protegerse contra la última crisis: el aumento de los aranceles comerciales”, plantea como escenario.
Aunque se entiende que la deuda “es crucial para impulsar el crecimiento económico”, Gill sugiere que se la debe asumir “como una forma de impuestos diferidos. Al endeudarse en lugar de aplicar gravámenes, los Gobiernos pueden hacer inversiones a largo plazo que beneficiarán a los futuros contribuyentes sin imponer una carga a la generación actual; o pueden apuntalar el crecimiento nacional y los ingresos durante una emergencia económica, cuando un alza de los impuestos no haría más que profundizar la recesión”. No obstante, al final del día hay que afrontar las consecuencias, “y, si el ingreso nacional no crece más rápido que el costo de los préstamos, se deberán subir los impuestos para pagar la deuda. Un endeudamiento persistentemente elevado se convierte así en un obstáculo para el progreso económico”. Esa barrera, afirma Gill en su artículo, rara vez ha sido tan alta. “En los últimos 15 años, los países en desarrollo se acostumbraron a contraer deuda, que acumularon a un ritmo récord de 6 puntos porcentuales del PBI anual, en promedio. Estas acumulaciones aceleradas de deuda suelen acabar en lágrimas. De hecho, las probabilidades de que desencadenen una crisis financiera son aproximadamente del 50%”.
Pero a su vez en este momento se ven acompañadas por el aumento más rápido de las tasas de interés en las últimas cuatro décadas. “Los costos de endeudamiento se duplicaron en la mitad de las economías en desarrollo, y el costo neto de los intereses, como porcentaje de los ingresos públicos, aumentó de menos del 9% en 2007 a alrededor del 20% en 2024. Esto por sí solo constituye una crisis”, afirmó.
En este escenario “demasiadas economías en desarrollo se encuentran hoy en un círculo vicioso” y para hacer frente a sus obligaciones se están “recortando las inversiones en educación, atención de la salud e infraestructura que se necesitan para garantizar el crecimiento futuro”. Esto aplica, afirma, para el caso de los 78 países pobres que pueden recibir financiamiento de la Asociación Internacional de Fomento del Banco Mundial, países en los que habita la cuarta parte de la humanidad y que representa una gran parte de los 1.200 millones de jóvenes que ingresarán a la fuerza laboral en los próximos 10 a 15 años. “Sin embargo, los responsables de formular políticas en todo el mundo han optado por tentar a la suerte. En otro caso en que prevalece la esperanza sobre la experiencia, apuestan a que el crecimiento mundial se acelerará —y a que las tasas de interés bajarán— lo suficiente como para desactivar la bomba de la deuda”.
Esta actitud, que califica como pasiva, la considera “comprensible”, en la medida que en lo que va de este siglo –del que hemos consumido prácticamente la cuarta parte–, “ha sido extremadamente difícil concebir un sistema capaz de garantizar la sostenibilidad de la deuda mundial y la rápida reestructuración de la deuda de los países que lo necesitan” y en los casos en los que se produjeron avances, han sido demasiado lentos”.
Gill considera que, como el crecimiento mundial no se va a acelerar en el breve plazo si se mantienen las políticas actuales, “probablemente aumenten los coeficientes de deuda soberana-PBI en lo que queda de esta década”. Además señaló que estas guerras comerciales han empeorado las perspectivas de la economía mundial, al punto de que a principios de 2025, se proyectaba un crecimiento mundial del 2,6% para este año, mientras que ahora ese dato se sitúa en el 2,2%, “casi un tercio menos que el promedio que prevaleció en los años 2010”. Agrega que tampoco bajarán los tipos de interés, que se ubican en “más de cinco veces el promedio anual registrado entre 2010 y 2019”, lo que implica más dificultades para que las economías en desarrollo hagan frente a sus compromisos.
Señala Gill que, en una época de recursos públicos escasos, “será necesaria una movilización total de capital privado para impulsar el crecimiento y el desarrollo en los próximos cinco años”, pero apunta que ve poco probable que el capital privado extranjero fluya hacia economías muy endeudadas con escasas perspectivas de crecimiento. “Los inversionistas privados asumirán correctamente que cualquier ganancia derivada del crecimiento económico será gravada para pagar la deuda”.
Reconoce el experto que es necesaria una visión clara del problema y que es urgente “modernizar el sistema mundial para evaluar la sostenibilidad de la deuda de un país”, y deja una afirmación clave: “El sistema actual se apresura a decidir que los países solo necesitan préstamos para salir adelante, cuando la mayoría de los países de ingreso bajo, de hecho, son insolventes y necesitarán condonaciones de deuda”. Del mismo modo expresa que los Gobiernos deberán también “dejar de endeudarse con acreedores nacionales; el aumento de la deuda interna está sofocando la iniciativa del sector privado nacional”.
Así las cosas, en el mundo es necesario que la prudencia marque el rumbo en las decisiones que se tomen en nuestro país. Si bien es comprensible que algunos sectores encuentren en este momento, en que se discute el presupuesto que pautará el andar del resto de la década, la oportunidad de plantear sus reivindicaciones a un gobierno en el que reconocen afinidades, es preciso que quienes toman las decisiones no se dejen llevar y que finalmente el criterio sea la austeridad uruguaya, tantas veces invocada, pero no siempre practicada.