De niña conoció la necesidad, de joven el trabajo duro y de adulta la tristeza de una separación. Pero Violeta Almada Hidalgo, nacida en Guichón hace 68 años, eligió otro camino: el del esfuerzo, la alegría y la superación. Hoy es maratonista, viaja por el mundo gracias a su pasión por correr y contagia entusiasmo a todo el que se cruza en su camino.
Recibió a Pasividades con la calidez que la caracteriza, con esa simpatía tan suya que le ha ganado amistades en cada rincón donde ha vivido. “Mi vida fue no tan linda, a lo que pude y a lo que soy hoy”, dijo al recordar su infancia en Guichón, marcada por la pobreza y la enfermedad de su madre. A los diez años ya cuidaba niños, muchas veces a cambio de un plato de comida o una taza de café. Su madre, Nélida, sufría ataques de epilepsia, y su padre, Parmena, era peón de campo. Criada por otra familia, Violeta creció entre obligaciones, con poco espacio para la niñez.
Trabajó desde siempre. “Nadie me dio nada”, aseguró. Fue empleada doméstica, auxiliar de servicio y vivió los vaivenes del sistema cooperativo bancario: Caytrac, ACAC, Cacdu, Cofac… hasta que finalmente terminó en Bandes, ya en Colonia. Allí se instaló en 2006, luego del cierre de Cofac. Ese cambio, aunque forzado, le trajo una nueva vida.
“Cuando me separé, la terapia fue el básquetbol”, recordó. El deporte siempre la atrajo, pero no pudo practicarlo hasta la adultez. El divorcio le dio un sacudón, pero también el impulso para comenzar a hacer lo que siempre había deseado: moverse, competir, superarse.
En Colonia encontró el lugar para renacer. “Era otra vida, me sentía libre”, afirmó. Hizo nuevos amigos, se integró a la comunidad, se ganó a la gente. “Yo me conquisté a la gente”, dijo con orgullo. Y así, poco a poco, empezó a entrenar. Primero en bicicleta: una de sus primeras grandes travesías fue en San Martín de los Andes, desde donde pedaleó más de 120 kilómetros diarios en cinco etapas, cruzando a Chile. “Te da vida”, afirmó. “Todo lo que es deporte a mí me llena el alma”.
Con el tiempo, el running se volvió su forma de estar en el mundo. Corre al amanecer, va al gimnasio, suma kilómetros todos los días. “Hoy estoy corriendo, que es muy lindo, es una cosa que andás cansada, que no tenés tiempo de nada, y llega la tardecita y tenés la disciplina… me pongo los tenis y salgo a correr”, contó. Ha corrido doce maratones de 42 kilómetros: en Cuba, en Chile, en Marruecos, en Buenos Aires, en Río Grande. Pronto partirá hacia España para participar en la media maratón de Compostela y ya se prepara para cumplir otro sueño: correr la maratón de Atenas en noviembre. “Nadie me auspicia, lo banco con mi jubilación. Gracias a Dios me pude jubilar bien y era lo que yo quería: jubilarme bien”, comentó.
ENTRE PAYSANDÚ Y COLONIA
Después de jubilarse, Violeta volvió a encontrar el amor. Hoy comparte su vida con un compañero de Paysandú, y viaja entre esta ciudad y Colonia, donde viven sus hijos José Carlos y Guillermo, y sus nietos Felipe y Benicio. “Soy muy unida con mis hijos”, aseguró.
La niña que no pudo elegir hoy inspira a otras mujeres con su ejemplo. “Las gurisas me admiran y yo les digo: ustedes también van a ser así. Es solamente tener voluntad y disciplina”, contó. También alienta a los mayores: “Yo les digo: ‘usted puede hacerlo’, es solamente empezar y ponerse unos championes y salir a caminar, y va a ver que le va a gustar”. Cada mañana se levanta temprano para correr en grupo. Después va al gimnasio. “Si no corro, me falta algo”, admitió. “Así esté cansada, yo salgo a correr y me olvido. Y los días de lluvia son más lindos todavía para correr, te pega en la cara y te da energía”, confió.
La maratón es su forma de vivir. Ha conocido países y culturas, y se ha emocionado con lo inesperado. “Por primera vez en mi vida vi nieve el año pasado en la Patagonia. Creía que me iba a morir sin verla, fue divino”, dijo, todavía maravillada.
Hoy, cuando se mira en el espejo o la saludan en la calle con un “¡Viole!” o un “¡Lita!”, siente que todo lo recorrido valió la pena. “Me enorgullece”, confesó. “Porque todo lo que sufrí antes, hoy es como un regalo”, afirmó.
Y mientras entrena para su próximo desafío, se permite soñar: “A veces veo viejitos de 92 años corriendo y digo: si yo llegara así, 92… que corren maratones… uno nunca sabe”. Y sonríe, como quien ya ganó la carrera más importante: la de superar la vida con alegría.

