Recordar a los muertos es un acto profundo de humanidad. Pero aún más conmovedor es recordar con amor a quienes los honraron: quienes erigieron memoriales no para fijar el pasado, sino para tender puentes entre los que partieron y los que aún habitamos el mundo.
Este artículo repasa la vida y el legado de Julio Rocco, figura clave en la defensa del patrimonio funerario sanducero, impulsor de proyectos, educador silencioso y sembrador de memoria. Su legado persiste y, sin duda, tendrá eco en el tiempo.
Ingeniero de la memoria
Ingeniero de formación y empresario en Homipay, Rocco dejó su huella más profunda en los caminos simbólicos y culturales que abrió. Desde que asumió en 2008 la presidencia de la Asociación de Amigos del Museo de Paysandú, fue una figura central en la protección del patrimonio local, especialmente en torno al Monumento a Perpetuidad.
Fundador del colectivo junto a Ana López, Milton Carballo, Ricardo Freitas, Leticia Pereyra, Isabel Benítez y Javier Sellanes, fue también impulsor de la Red Uruguaya de Cementerios Patrimoniales. Más allá de títulos, lo definía su convicción por promover espacios de memoria y comprensión de los ritos culturales de la muerte.
Lo conocí en 2007 o 2008, en una visita al Monumento a Perpetuidad. Dábamos nuestros primeros pasos en gestión educativa, con las “cacerías de símbolos” para estudiantes. Desde entonces, su apoyo fue generoso y constante.
Gracias a su guía, se concretó la publicación de ¿De qué nos están hablando los símbolos del Cementerio Viejo?, una investigación iconográfica realizada por Enrique Moreno, Silvia Pérez y quien escribe. Julio no solo confió en el proyecto: lo revisó, lo corrigió y lo cuidó editorialmente.
Montevideo: visibilidad nacional
Ese mismo impulso lo llevó a gestionar, entre el 30 de marzo y el 3 de abril de 2009, el evento “Patrimonio en Paysandú: El Cementerio Viejo y sus símbolos” en la Intendencia de Montevideo. Se expusieron además de la mencionada publicación, obras de Virginia del Giudice, una galería con el trabajo educativo y el cortometraje “La Historia Despierta”.
Allí participaron referentes como Alejandro Jiménez, Raquel Pontet, Carinia Erchini, Andrea Bielli, Ramón Cuadra, la ministra María Simón y el arquitecto Mariano Arana. Para Paysandú fue un momento de consagración. Para Julio, un acto más de coherencia entre pensar y hacer.
Solía repetir una frase del político británico W. E. Gladstone:
“El respeto de la gente por sus leyes y su tierra se puede medir con precisión matemática por la forma en que esta se ocupa de sus muertos”.
Ese principio fue su brújula. Para él, los cementerios no eran sinónimo de abandono sino de ciudadanía. No le interesaba la monumentalidad de las piedras, sino la historia, el silencio y la dignidad que ellas resguardaban.
Una apuesta por los jóvenes
Ese mismo año, otro gesto reveló su sensibilidad por estos temas. Tras varias visitas al Monumento con estudiantes del Liceo Nº 7, Julio percibió algo que muchos habrían pasado por alto: el interés genuino de esos jóvenes por el patrimonio.
Así nació, con su impulso, el colectivo Guardianes del Patrimonio, un espacio juvenil que asumía el cuidado del acervo simbólico con compromiso reflexivo. No se trataba de formar custodios, sino de sembrar conciencia e identidad.
Julio no solo apoyó institucionalmente al colectivo: lo escuchó, lo creyó capaz. Sabía que el patrimonio no se resguarda en archivos, sino en las personas. Y sobre todo, en los jóvenes que se lo apropian.
Medellín: pedagogía y patrimonio
En octubre de 2009, Paysandú aspiraba a ser sede del XI Encuentro Iberoamericano de Cementerios Patrimoniales. Para postularse, era imprescindible participar del X Encuentro en Medellín.
Gracias a la gestión de Amigos del Museo y al apoyo de Azucarlito, se logró enviar una delegación integrada por Ana López, Enrique Moreno, Julio y quien escribe. En ese encuentro, sorprendimos con un enfoque inusual: destacar la dimensión pedagógica del patrimonio funerario, en medio de presentaciones más arquitectónicas, antropológicas o turísticas. Fue un aporte conceptual innovador que abrió nuevas formas de pensar el vínculo entre patrimonio, educación y comunidad.
El XI Encuentro y la Declaración de Paysandú
Un año después, en 2010, Paysandú fue sede del XI Encuentro Iberoamericano. Por primera vez, Uruguay acogía este evento internacional. Y fue posible por la constancia de Julio y del colectivo de Amigos del Museo.
Durante varios días, el Monumento a Perpetuidad fue epicentro de debates que integraron arte, historia, arquitectura y educación. No solo visibilizó el trabajo local ante expertos iberoamericanos: consolidó a Paysandú como referente en gestión patrimonial con enfoque comunitario.
Del memento mori al memento amori
Con los años, Julio afinó más su mirada. Uno de sus últimos focos fue la reivindicación de los cementerios rurales: memoriales humildes del interior profundo, muchas veces olvidados. Para Julio, esos espacios tenían una densidad simbólica esencial. Expresaban comunidades pequeñas, silenciadas, pero merecedoras de memoria.
Lo recuerdo en una visita al cementerio de Queguay Chico, junto a estudiantes de la Escuela Nº 81 y Ana María Pereira Henderson. Julio nos trasladó en su camioneta, como tantas veces. Caminaba entre las niñas y niños, con una sonrisa honda. Sabía que ese trabajo silencioso era más importante que cualquier simposio: la memoria como experiencia compartida, como acto educativo, como vínculo entre generaciones.
Julio no buscaba reconocimientos. Pero deja, sin proponérselo, un legado inmenso. Está en los proyectos que sostuvo, en las puertas que abrió, en las manos que tendió.
Está, sobre todo, en las personas que lo conocimos. Su forma de entender el patrimonio no era técnica, aunque tenía rigor; ni romántica, aunque había emoción. Era profundamente humana. Sabía que conservar no es coleccionar, sino cuidar. Y que cuidar no es custodiar, sino compartir.
Recordarlo hoy es continuar su mirada del mundo, su respeto por lo mínimo, su fe en la educación como puente entre vivos y muertos, entre pasado y porvenir.
En tiempos donde la prisa arrasa con la memoria, Julio nos enseñó a detenernos. A escuchar.
Porque hay personas que, cuando se van, no dejan un vacío. Dejan una tarea.
Alejandro Mesa
