El vapor del recuerdo: San Javier celebra su legado con samovares encendidos

Por Pedro Dutour
Fotos: Raquel Roure

Una silueta metálica y robusta exhalando vapor, rodeada de tazas de porcelana decoradas con filigrana y azucareros de otro tiempo, se transformó durante un fin de semana en el corazón de San Javier. Por primera vez en sus 112 años de historia, esta localidad fundada por inmigrantes rusos en el litoral uruguayo organizó una muestra pública de samovares –los tradicionales calentadores de agua del mundo eslavo– en el Museo de los Inmigrantes.

No resultó ser una muestra cualquiera. Representó un gesto comunitario que activó memorias familiares y volvió a encender, literalmente, un modo de compartir la vida. “Todos destacaban el hecho de haber juntado tantos samovares que nunca se habían visto. Fue una enorme responsabilidad para mí, que fui a pedirlos, y que la gente confiara”, dice a QUINTO DIA Leonardo Martínez, encargado del museo y motor de la iniciativa. “Por suerte, superamos con creces las expectativas: tanto por la cantidad de piezas como por la gente que vino”, comenta.

Herencia caliente

El samovar –pieza icónica de la cultura rusa y de sus ritos del té– significó el símbolo elegido para celebrar el nuevo aniversario de San Javier, localidad fundada en 1913 por un grupo de familias que escapaba de la represión zarista. Desde entonces, el pueblo ha sabido cultivar con esmero una identidad singular en el paisaje uruguayo, marcada por sus danzas, su idioma, sus costumbres ortodoxas y, obviamente, por estos objetos que conservan la energía de un mundo que ya no existe, pero que en San Javier se resiste a desvanecerse.

Durante la muestra, 27 samovares de diferentes épocas, modelos y procedencias ocuparon un salón del museo, acompañados por un despliegue de accesorios que parecía salido de una pintura de Repin (uno de los más grandes pintores realistas de Rusia del siglo XIX): teteras de loza, cucharitas de plata antiguas, coladores, azucareros. Entre los ejemplares expuestos, 11 pertenecen al propio Martínez, quien se confiesa “apasionado de estas piezas, al igual que de las matrioshkas”.

Pero lo más notable no fue la cantidad, sino el entramado humano detrás de cada objeto. Varias familias de San Javier, pero también otras de Paysandú y Fray Bentos con raíces en el pueblo, colaboraron con el armado de la exposición. “A su vez, el samovar exhibido en la Asociación Cultural Máximo Gorki también formó parte de la muestra el sábado. Sandra Tijanovich, una vecina que siempre apoya al museo, nos prestó gran parte de los accesorios: las tacitas, los azucareros”, enumera Martínez. “Otras familias trajeron samovares completos, con sus propios juegos de té”, explica.

La respuesta superó toda previsión. La diáspora de San Javier –esa red invisible de nietos y bisnietos de los fundadores que vuelve cada julio al terruño natal– se acercó al museo con entusiasmo. “Vinieron cuatro o cinco personas que me dijeron ‘yo tengo un samovar en casa, qué lástima que no nos enteramos antes’. Ya quedamos en contacto. Incluso nos donaron cosas para el museo, como un álbum fotográfico de una familia influyente y un libro escolar de 1922”, cuenta con emoción el curador.

Té, brasas y zarismo

Más allá de su valor como objeto estético, el samovar ha sido y sigue siendo una suerte de relicario doméstico. En el centro del mostrador del Museo de los Inmigrantes de San Javier, uno de los modelos antiguos, de bronce y con funcionamiento a carbón, se encendió especialmente para servir té a los visitantes. Y no era una simple demostración técnica: era un acto de evocación profunda, una experiencia sensorial que permitió a muchos reencontrarse –por el sabor, el aroma y el calor del vapor– con las historias que les contaban sus abuelos.

“Esta pieza se usaba para calentar el agua. El té se preparaba por separado, bien concentrado, y después se servía un chorrito en la taza, que se completaba con agua caliente desde la canillita del samovar”, asevera Martínez mientras sirve a una de las ansiosas señoras que esperaban por su infusión. “Era algo que unía el entorno familiar. Cuando se prendía el samovar, significaba que había reunión”, añade.
Puede que exista cierta analogía con el significado del mate en esta parte del mundo. Ambos rituales condensan una idea de comunidad. Pero el samovar, a diferencia del termo portátil, exigía cierta ceremonia. “Era más aparatoso, más difícil de trasladar, y por eso muchos abuelos adoptaron el mate al llegar acá”, señala el responsable del museo. “De todos modos, el samovar siguió presente, como símbolo de origen”.

Los más antiguos datan de principios del siglo XX y portan en sus cuerpos robustos los “sellos imperiales” que distinguían a los fabricantes galardonados por el zar. Algunos de los exhibidos tienen grabados que permiten rastrear su origen hasta 1906 o 1909, e incluso hay piezas llegadas junto a los fundadores. Más que adornos, son cápsulas del tiempo, testigos de un exilio y una reconstrucción.

“En Rusia, los samovares antiguos fueron declarados patrimonio nacional y ya no se pueden sacar del país. Por eso los que tenemos acá son muy valiosos”, explica Martínez. “En cambio, los modelos modernos, eléctricos, empezaron a fabricarse en los años de 1950 y son los que los visitantes solían traer de regalo”.

San Javier: 112 años de memoria viva

Fundada por cerca de 300 inmigrantes rusos que escapaban del régimen zarista –en su mayoría seguidores del líder espiritual Basilio Lukov, del grupo religioso Nuevo Israel–, San Javier conserva una densidad cultural única. Con poco más de 2.000 habitantes, es un lugar donde se cruzan el cirílico con el español, la danza Kalinka con el chamamé, y donde las festividades mantienen viva la herencia de los primeros pobladores.

Cada aniversario se vive como una oportunidad de reafirmación. En este 112° cumpleaños, además de la muestra de samovares, se inauguró en el balneario Puerto Viejo una nueva matrioshka –similar a las que se encuentran en la céntrica plaza Libertad–, símbolo de identidad cultural rusa. Y aunque la lluvia obligó a modificar algunas actividades, el clima no logró opacar el entusiasmo de una comunidad que hace del recuerdo una forma de resistencia.

“Hay un gran sentido de pertenencia”, dice Martínez. “La gente que viene de otros lados y tiene raíces acá se emociona, quiere aportar, quiere saber. Es como si el pueblo les hablara”.

El Museo de los Inmigrantes se ha vuelto el epicentro de ese ida y vuelta que tiene a la memoria colectiva como centro. Desde que asumió como encargado, Martínez ha intentado no sólo preservar objetos, sino recuperar relatos. Los samovares son una excusa, una puerta. “Cada uno de ellos viene con una historia. Quién lo trajo, cuándo, qué significaba para esa familia. Algunos estaban guardados hace décadas. Sacarlos, limpiarlos, mostrarlos fue como despertarlos”.

Para un pueblo que conoce bien las ausencias –la de la patria dejada atrás, la de los hijos que emigran, la de los oficios que se pierden–, la muestra de samovares representó mucho más que una exposición de piezas antiguas. Significó un acto de afirmación, un recordatorio de que la identidad no es una pieza de museo, sino algo que se enciende, que se comparte, que se sirve caliente. Que representa el alma de este particular pueblo del interior uruguayo.