Pretextos: Los poemas perdidos

Nórdica Libros (2013)
En vida, la escritora estadounidense Dorothy Parker gozó del éxito, al menos económico. Luego de que falleciera, en 1967, ese éxito no la abandonó. Sus cuentos y poemas se siguen publicando y son leídos por nuevas generaciones de lectores con avidez y hasta fanatismo.

Si bien su trabajo es más conocido por sus narraciones breves, sus poemas no se quedan atrás en popularidad. Ahora bien, la crítica ¿qué dice? Acompaña a sus lectores sí, pero hasta cierto punto. Parker, si la sacamos de su amado Nueva York, no es tan reconocible como, por ejemplo, Susan Sontang, Patricia Highsmith, Sylvia Plath o Joyce Carol Oates, por nombrar algunas.

Eso, le duela a quien le duela, es precisamente por la crítica que no ha sabido nunca donde colocar la obra de Dorothy Parker. Leyendo sus cuentos uno puede más o menos deducir porqué ha ocurrido esto, pero es en sus poemas en donde queda muy claro ese desdén crítico.

Parker es una escritora, gran escritora si vamos al caso, que no se toma nada en serio. Y cuando digo nada me refiero no solo a aquello que criticaba tanto, sino también a lo que amaba, e incluso ya que estamos, a su propio talento.

Sus poemas más exitosos y recordados son aquellos en los que, con la última línea, destruía lo que había construido. Es decir, después de crear imágenes perfectas de un romanticismo que darían envidia a los poetas más encumbrados, terminaba con una frase que contradecía todo lo leído hasta ese momento.
Si describe a una mujer hermosa caminando por la calle con metáforas perfectas y alusiones que denotan a una intelectual muy sagaz, termina deseando que se tropiece y se reviente la cara, en una expresión de celos muy femenina de la que no se avergonzaba, sino todo lo contrario.

El poema dedicado a su perro, en el que le critica los modales, la energía sin fin, el poco cerebro y demás defectos del pobre bicho, culmina confesando que ella siempre se enamoraba de hombres iguales a su can.

Entonces, ante tanta ironía y causticidad el público supo seguirla y, bastante más atrás, la crítica también, pero siempre de una manera muy medida. Nadie en el ambiente crítico la coloca al nivel de una Sylvia Plath, cuando en realidad, vaya si lo merece.

Claro, en el caso de Plath todo fue muy trágico, incluso su muerte ¿cómo no rendir homenaje a tanto sufrimiento? Parker, en cambio, iba de fiesta en fiesta, ganaba muy bien con su trabajo en revistas y diarios como crítica teatral y tenía millones de lectores que la adoraban. Era suficiente, que además se la hubiera valorado por lo que realmente es en materia literaria ya era “demasiado”.
Pero como saben los que piensan, el talento aparece donde quiere sin mirar por supuesto el sexo, el dinero, la orientación política o la religión a la que se pueda seguir.

Dorothy Parker era judía, comunista y neoyorkina por adopción. Una bohemia que bajaba Martini tras Martini mientras observaba una sociedad a la que amaba pero que supo describir con toda su crudeza probablemente como nadie.

Hoy en día hay quienes quieren reivindicarla como ícono feminista. Pero eso solo porque fue y es una escritora exitosa. Basta con leer sus “Canciones de odio”, para advertir que sigue siendo incómoda también para la corriente (¿moda?) feminista. No solo no se salvan los hombres, sino que las mujeres también son víctimas de sus versos satíricos. Las casadas, las tontas y, por supuesto, las inteligentes. “A veces me dan ganas de matarlas a todas/ cualquier jurado me absolvería”, termina el poema.

¿Va demasiado lejos? Esa pregunta hay que hacércela después de leerla, no antes. Como ya se ha dicho mucho, en la poesía hay ciertos límites que no existen. En la prosa puede que los haya, pero la poesía da a quien la escribe una libertad que lo deja ir más al hueso. O al menos al hueso de lo que quiere decir. Y eso lo hacía como nadie Dorothy Parker.

Un comentario aparte para la traducción, una tarea harto difícil si hablamos de poesía. En el libro que comento, la traducción es muy española, lo que puede dañar en resultado final. Pero los propios traductores se disculpan por ello, haciendo notar que el uso del lunfardo en Parker lo dificultaba todo. Deben tener razón.

Pero si hay entre los posibles lectores alguno con un gusto demasiado fino y esto puede parecerle un obstáculo muy grande, hay que recordar que la edición también tiene los originales en inglés.
Lo que es una “finura” de la que la propia Dorothy Parker se hubiera reído hasta caerse de espaldas después del décimo martini.

Fabio Penas Díaz