Escribe: Lic. Ps. Yasmín Buono – Creencias Limitantes: esas frases invisibles que nos frenan cada día

En el día a día, la mayoría del tiempo sin darnos cuenta, repetimos internamente ciertas frases que suceden muy rápido en nuestro pensamiento y tienen una gran influencia en nuestra conducta y la manera en la que nos percibimos.

“Yo no sirvo para las matemáticas”, “nunca voy a encontrar una buena pareja”, “a mi edad ya no puedo empezar de nuevo”, “soy vago”, “nada hago bien” ¿Te suenan conocidas?
Estas frases son ejemplos de lo que en psicología se llaman creencias limitantes. Son pensamientos tan arraigados que parecen verdades absolutas, pero que en realidad son solo interpretaciones que nos encadenan a una verdad reducida de nosotros mismos.

Albert Ellis sostenía que lo que nos perturba no son los hechos, sino las interpretaciones que hacemos de ellos. Si alguien pierde un empleo puede pensar que es un fracaso irreversible o una gran oportunidad para el cambio: la diferencia está en la creencia que sostiene ese pensamiento.

De dónde vienen
estas ideas?

Las creencias limitantes suelen tener su origen en experiencias tempranas: un maestro que repitió que eras “despistado, distraído”, un padre que decía “en esta familia nunca fuimos buenos para el deporte” o incluso un comentario despectivo de un compañero de clase o de varios en el caso de bullying. Si esas experiencias se repiten, con el tiempo, esas frases se instalan como convicciones internas.
Esos pensamientos negativos sobre nosotros mismos, los demás o el mundo según Aaron Beck forman un filtro con el que vemos la realidad y nos hace ver solo lo que confirma la idea original. Así, alguien que piensa “no soy capaz” recordará sobre todo sus errores y minimizará sus logros.

El impacto en la vida diaria

Las creencias limitantes no se quedan solo en la cabeza, se traducen en conductas, en decisiones concretas. Una persona que cree que no merece nada bueno de la vida puede quedarse en vínculos dañinos, no tener la fuerza de voluntad para cambiar o comenzar una tarea sobre algo que realmente le gusta.
Otra que piensa “ya es tarde para estudiar” quizá nunca se inscriba en ese curso que tanto desea.

En lo cotidiano, esto se manifiesta en frases que muchas veces pasan desapercibidas pero generan malestar. Recordemos que cada pensamiento afecta la manera en la que nos sentimos.
“No pido un aumento porque seguro me dicen que no”, “No me animo a hablar de un tema importante porque siempre me pongo nervioso y tengo miedo al rechazo”. Cada “no puedo” es una barrera invisible.

Ejercicios para la vida cotidiana

Detectá frases o pensamientos automáticos: cada vez que pienses yo no puedo… anótalo.
Reformular con un todavía, en vez de decir “no sé hacerlo” decir “todavía no lo sé hacer”.
Recordá los logros que has hecho en el pasado, esos ejemplos donde sí pudiste hacerlo o pensar diferente.

Planteá pequeños desafíos: elegí una situación concreta donde sentís que la creencia te limita, luego te invito a probar un cambio mínimo, gradual. Hablar poco a poco en lugares donde te sentís incómodo para desafiar tu capacidad y aprender nuevas habilidades.
La próxima vez que digas no puedo tal vez puedas cuestionarla y preguntarte: ¿es cierto? o es solo una creencia que aprendí y ya no necesito. (097352937)