“Vitalicios”: poder, cultura y encierro en clave grotesca

VITALICIOS, de José Sanchis Sinisterra. Grupo de Teatro Biblioteca Rodó, Juan Lacaze. Dirección: Andrés Lean Bentancur. Con: María Eleonora Pérez, Rubén Cortizo, Neliana Gopar, Inés Spuntone. Música: Piotr Chaikovski, Stevie Wonder. Escenografía y Vestuario: Rubén Cortizo. Iluminación, visuales y maquillaje: Andrés Leal Bentancur. Espacio Cultural Arteatro. XX Bienal de Teatros del Interior. Sábado 4 octubre 2025.

La obra es un sainete negro, una comedia grotesca con la mordacidad propia del humor negro, donde la risa estalla sobre un fondo macabro.

Lo primero que llama la atención es la escenografía, distinta a la planteada por el dramaturgo valenciano en su versión original: una gran cantidad de cajas que parecen a punto de caer sobre los tres protagonistas, y una pantalla que parece haber quedado del espectáculo anterior. Más adelante se descubre que, del otro lado, hay una caja con una cámara en su interior que transmite la imagen de la jefa desde un piso superior.

En un opresivo sótano, sin espacio siquiera para sentarse con comodidad, tres empleados públicos toman decisiones sin comprender del todo sus motivos, pues no se les ha explicado gran cosa. Solo tienen una orden: reducir el presupuesto. Hubo un tiempo de vacas gordas en el que se asignaron rentas vitalicias a artistas, pero la situación actual es otra, y deben reducir al mínimo el número de beneficiarios. Sin saber cómo, van determinando “no”, “interrogante” y, de tanto en tanto, algún “sí”. Después de todo, forman parte de la cultura. Estos administrativos, o FRB (Funcionarios Reciclables Blindados), cumplen las órdenes como sea, sin importarles el sentido ni el impacto de su tarea.

Así se desnuda el desinterés del poder político por la cultura, a la que halaga o desprecia según le convenga a sus fines de conservar y aumentar su autoridad. Un tema así podría haberse abordado desde el drama, aunque difícilmente habría tenido el mismo impacto. Aquí, el humor funciona como un arma, que penetra en el sistema y deja al descubierto sus miserias.

Hay un gran trabajo de los tres intérpretes, que eligen el registro del sainete para construir personajes de gestualidad exagerada. Sacan provecho del texto y aseguran la diversión del espectador. No obstante, a medida que avanza la obra, todo se vuelve más opresivo: desde el modo en que reciben contacto con el exterior –a través de un pequeño elevador– hasta el descubrimiento final de que la caja que se abre y cierra para que la jefa les dé órdenes es, en realidad, el lugar donde ellos mismos se encuentran encerrados. Vitalicios.

E.J.S.