En 1874, José Pedro Varela publicó La educación del pueblo y afirmó con claridad: “La educación del pueblo es la única base sólida de la democracia”. Su proyecto buscaba fundar una república sobre ciudadanos instruidos, capaces de participar en la vida pública. La escuela debía ser el núcleo moral de la comunidad, abierta a todos sin distinción de fortuna, color ni creencias. Una realidad que comenzó a tejerse hace poco más de 150 años y que hoy convierte a la escuela vareliana en un ejemplo de educación para la integración en democracia.
Contexto y paradoja
Uruguay atravesaba una profunda crisis, signada por guerras civiles, severa pobreza y una institucionalidad precaria. Una reforma democrática surgió desde la propia conducción del autoritarismo ilustrado del coronel Lorenzo Latorre, persuadido de que “la libertad necesita orden; y el orden, autoridad”. El país se encontraba presionado entre restricción y libertad, tensiones que definieron la modernización uruguaya y dieron paso a un Uruguay moderno basado en la instrucción y la ciudadanía.
Amigos de la Educación Popular
La Sociedad de Amigos de la Educación Popular nació en 1868 por impulso de 206 jóvenes. La primera directiva estuvo presidida por Elbio Fernández (fallecido en 1869, a pocos días de cumplir 28 años), con Eduardo Brito del Pino como vicepresidente, Carlos Ambrosio Lerena como tesorero, y José Pedro Varela (fallecido en 1879, con 34 años) y Carlos María Ramírez como secretarios. Actuaron como vocales José Arechavaleta, Juan Carlos Blanco Fernández, Eliseo Outes y Alfredo Vásquez Acevedo.
El propósito era promover una instrucción laica, gratuita y científica, independiente de la Iglesia y de los partidos. Representaban la vanguardia liberal y republicana de fines del siglo XIX.
Pero en 1876, ante la iniciativa del dictador Latorre, la SAEP se quebró: por un lado quienes rechazaban la propuesta, y por otro quienes veían en ella una oportunidad para revolucionar la instrucción pública. Varela entendió que la educación debía estar por encima de la política: “no trabajo para los gobiernos, sino para el pueblo y los niños del porvenir”.
Ruptura y consolidación
Las tensiones entre ética republicana y eficacia reformista quedaron expuestas. Varela priorizó la urgencia de fundar un sistema educativo capaz de hacer posible la futura democracia. La Ley de Educación Común (1877) y la Inspección Nacional de Instrucción Pública consolidaron la escuela pública, aunque el costo de participar en un régimen sin libertades fue muy alto.
Dictadura modernizadora
El régimen de Latorre, carente de legitimidad democrática, impuso una centralización autoritaria que permitió ejecutar la Reforma Escolar de 1876–1877. Allí se fijaron los principios que definieron el modelo: educación pública, gratuita, obligatoria y laica.
Estos principios delineaban una concepción igualitaria de la república: gratuidad, que eliminaba barreras económicas; obligatoriedad, que universalizaba el derecho; laicidad, que protegía la escuela de credos y facciones; y el reconocimiento de la enseñanza como derecho y responsabilidad del Estado. Finalmente, la laicidad sería postergada.
Un derecho universal
El ideal integrador era claro. La escuela debía recibir a todos los niños, procurando “formar ciudadanos moralmente autónomos”. Aunque el desarrollo inicial fue desigual, se buscó homogeneizar la cultura nacional, sin asumir plenamente la diversidad social y étnica. Aun así, la reforma significó la instalación de un sistema democrático e inclusivo.
La teoría vareliana
En La educación del pueblo (1874), Varela defendió la instrucción pública como pilar del progreso moral, político y económico. Denunció la ignorancia como causa del atraso y afirmó que el Estado debía garantizar la educación sin distinción de clase, religión u origen.
En La legislación escolar (1876) reforzó estas ideas: “La instrucción común debe ser para todos los niños, sin distinción de fortuna, de color, ni de creencias”. Varela entiende la escuela como motor del progreso y de la cohesión social, articulando instrucción, ciudadanía y desarrollo económico. El diseño institucional proyecta áreas de inspección, formación docente, estandarización curricular y expansión territorial. La reforma aseguraría una educación de calidad.
Legado y proyección batllista
La contradicción dictadura-democracia marcó la modernización uruguaya. Las generaciones batllistas abrazaron esa herencia y la elevaron a un nivel superior, convirtiéndola en un modelo cívico-social más amplio y profundo. La educación pública se fortaleció como herramienta de ciudadanía, movilidad e integración nacional.
El batllismo convirtió la escuela en símbolo de igualdad y en espacio de construcción de identidad común, mientras el Estado ampliaba su función social en salud, trabajo y previsión. La democracia se volvió expresión tangible de derechos concretos y de ciudadanos instruidos. La aspiración vareliana dejaba de ser un deseo para convertirse en realidad.
Ciudadanos instruidos
El legado de José Pedro Varela se reconoce en dos planos: la necesidad de instruir a los ciudadanos y la construcción de instituciones capaces de trascender las coyunturas. Varela estaba persuadido de que sería la escuela pública la que contribuiría a poner en valor la libertad de elegir y defender “el orden elegido”.
La educación del pueblo se concretaba a través de una escuela motor del progreso y la cohesión social, que articulaba instrucción, ciudadanía y desarrollo económico. Así, trascendió la coyuntura, consolidando la formación docente, la estandarización curricular y la expansión territorial, y delineando un sistema capaz de proyectarse y asegurar la promesa democrática que la política oscilante no garantizaba.
La escuela se consolidó como espacio de construcción de identidad común. Se abría paso la leyenda de aquel reformador que murió muy joven. Víctor Lima escribiría en la década de 1960 una hermosa canción que los niños entonarían año tras año: “Sembrador de abecedario / líder del verbo oriental / don José Pedro Varela / pastor de la escuela / jamás morirá”.
Condiciones imperfectas
Como fue señalado, el legado de Varela se reconoce en dos dimensiones. Una de ellas —la segunda— refiere a la prudencia política de construir instituciones capaces de durar más que los gobiernos, incluso en condiciones adversas.
Por ello, y vale resignificarlo, destaca la apuesta de Varela por una escuela pública orientada a alimentar las condiciones morales y cívicas para que la libertad se convirtiera en “orden elegido”. Esta visión pone en valor la dimensión pedagógica y contradice los intentos instrumentalistas que reducen la educación a un mero aprendizaje sin profundidad conceptual.
No podrán ser enemigos…
La gesta civilizatoria —aunque exagere, me gusta decirlo así— debería recordarnos que siempre, en toda época y geografía, cualquier conflicto tiene una posibilidad seria de superarse si se apuesta al silencio de las armas, al fortalecimiento institucional y a la fuerza sanadora, sin olvidos ni renuncias, de la educación con sello vareliano para nuestros hijos. Recordándonos, como advertía Varela, que “los que una vez se sentaron juntos en el banco de una escuela común, no podrán ya ser jamás enemigos irreconciliables”.

