Estimado lector: este artículo no tiene ninguna relación con aspectos religiosos; en entregas anteriores, varias personas se han comunicado conmigo cuando escribo sobre estos temas. Aprecio y valoro el interés y la reflexión que despierta este espacio. Es importante decir que lo realizo entendiendo la espiritualidad como dimensión de la existencia humana, más allá de toda religión.
Vivimos tiempos de cambios vertiginosos, donde todo se transforma, los trabajos, los vínculos fluctúan, las certezas muchas veces se diluyen con la misma velocidad en la que aparecen. Frente a este escenario, muchos depositan su seguridad en aquello que creen estable: el dinero, el éxito, una pareja, el reconocimiento social.
Todos estos pilares son transitorios, cambian, se pierden, y cuando esto ocurre, la identidad se tambalea. Como advirtió Erich Fromm, “ cuando el tener reemplaza al ser, la vida se vuelve precaria”.
Más allá del ego
Esta fragilidad externa, como expresa Bautista, suele alimentar el ego: esa parte de la mente que busca controlar, destacar y perpetuarse. El ego vive en constante ansiedad porque necesita tener una imagen.
Lo paradójico, es que cuanto más nos aferramos a lo que cambia, más sufrimiento generamos.
Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, sostenía que “quién tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier como”.
Ese por qué, no surge del ego, sino de una dimensión más profunda: la espiritualidad.
No como dogma o religión, sino como ese contacto con lo que no muere, con aquello que permanece cuando todo se derrumba.
El espacio interior
Cultivar la vida espiritual implica un desplazamiento: dejar de mirar hacia el exterior para dirigir la atención hacia el interior. La meditación, la contemplación o simplemente el silencio se convierten en actos subversivos frente a la vorágine del mundo moderno.
Jung decía: “quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro despierta”. Esa mirada interior es un acto de conciencia y responsabilidad con nuestra serenidad y nuestra salud mental en un aspecto más amplio.
Cuando una persona logra aquietarse, descubre una base de calma que no depende de circunstancias externas.
Una seguridad que no venden ni se compra
La auténtica seguridad no surge de acumular, sino de reconocer una fuente interna que no fluctúa con los cambios. Esta comprensión espiritual no niega el valor de lo material, sino que lo pone en su justo lugar. Como dicen las palabras de Bautista, “podemos disfrutar del trabajo, los afectos y los logros sin confundirlos con nuestra esencia”.
En una época marcada por la incertidumbre, volver a lo espiritual, reconectar con lo que somos no es un lujo, es una urgencia. Porque cuando nos toca enfrentar las crisis de vida, el que ha encontrado su centro y tiene un propósito, es más probable que se mantenga en pie.
Continuará el próximo sábado ( 097352937).


