La incógnita de Bolivia

“El país que recibimos está devastado. Nos dejan una economía quebrada, con las reservas internacionales más bajas en 30 años; nos dejan inflación, escasez, deuda, desconfianza y un Estado paralizado”, manifestó el flamante presidente boliviano Rodrigo Paz.

Paz, de 58 años, es hijo del expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993) y un político experimentado que, antes de llegar a la Presidencia, fue diputado, concejal, alcalde y senador. Nacido en Santiago de Compostela durante el exilio de su padre, se formó como economista y cursó estudios en relaciones internacionales y gestión política.

Su triunfo fue sorpresivo en la primera vuelta: los sondeos lo ubicaban lejos de disputar el balotaje que finalmente ganó en seis de nueve regiones, con el 54% de los votos, sobre el expresidente conservador Jorge Quiroga (2001-2002). Para muchos analistas, el mayor caudal de votos lo aportó su compañero de fórmula, Edmand Lara, un expolicía que se hizo famoso en TikTok por denunciar corrupción y abusos dentro de la institución.

Paz contó con el voto mayoritario de los bolivianos en las elecciones presidenciales del 19 de octubre, en las que el país del altiplano dejó atrás largos años de gobiernos voluntaristas de izquierda que terminaron devastando la economía.

El mandatario también llamó a la unidad y a despojarse de ideologías para sacar al país adelante, mientras exigía explicaciones a sus antecesores —Evo Morales y Luis Arce— por la crisis económica en que dejaron sumida a Bolivia. “¿Qué carajo hicieron con la bonanza?”, preguntó. “Bolivia decidió despertar y lo hizo de pie, con el arma más poderosa que existe: el voto y la democracia”, afirmó.

El tema de la “bonanza” —un término siempre relativo y solo válido en comparación con etapas previas— en los gobiernos de izquierda beneficiados por la coyuntura internacional, suele traducirse en disponer de más recursos para gastar, en lugar de destinarlos a mejoras estructurales y reformas de fondo que aseguren sostenibilidad, aun cuando impliquen algunos años iniciales de estrechez. Lamentablemente, ese ha sido históricamente el común denominador de los gobiernos voluntaristas en América Latina. Uruguay no fue excepción durante la bonanza que se extendió por una década hasta 2014, cuando se incrementó el gasto sin destinarlo a generar infraestructura que hubiera evitado muchos de los problemas actuales.

En su primer discurso tras asumir, Rodrigo Paz reiteró los lineamientos de su plan económico, centrado en la descentralización de recursos públicos y en el fomento a la producción mediante créditos accesibles, reformas tributarias y la eliminación de trabas administrativas.

Una de las interrogantes se refiere a la política exterior de Bolivia, que en los gobiernos de sus antecesores de izquierda se alineó sistemáticamente con una agenda “antiimperialista”, pero a la vez complaciente ante los regímenes dictatoriales de Nicolás Maduro en Venezuela, de los Castro en Cuba y de Daniel Ortega en Nicaragua, entre otros del mismo corte. Por lo tanto, se abre un compás de espera respecto al posible cambio de rumbo que podría adoptar Bolivia tras 17 años sin relaciones diplomáticas con Estados Unidos, más de 40 con Chile y dos décadas de política exterior antioccidental. “Nunca más una Bolivia aislada del mundo”, manifestó Paz al saludar a las delegaciones internacionales presentes en su asunción.

Esta reflexión se da en un contexto regional marcado por nuevos gobiernos liberales, tras la victoria de Javier Milei en Argentina y de Daniel Noboa en Ecuador. Asimismo, constituye el cierre del ciclo del Movimiento al Socialismo (MAS), que gobernó Bolivia durante casi veinte años con Evo Morales y luego Luis Arce al frente.

Durante la campaña, Paz apuntó al voto de los trabajadores informales, que representan el 80% de la fuerza laboral, con consignas como “capitalismo para todos”, que surtieron el efecto deseado y conquistaron incluso a la burguesía urbana de origen indígena surgida durante el gobierno del MAS.
En sus primeras semanas como presidente electo viajó a Estados Unidos, se reunió con el FMI, el BID y el Banco Mundial, y luego consiguió un crédito millonario de la CAF, en un movimiento dirigido a atraer a sectores empresariales que lo observaban con desconfianza. Además, en los días previos a su investidura se reunió con emprendedores de El Alto y empresarios de Santa Cruz, las dos regiones más pobladas y prósperas del país, con un mensaje de unidad y de impulso a la producción nacional. Les ofreció inversión y apertura al comercio internacional para superar juntos la crisis.

Y la crisis es profunda: déficit fiscal, inflación, recesión, escasez de dólares y de combustible, con las reservas al límite. Todo ello, según Paz, consecuencia directa de la herencia de los gobiernos populistas de izquierda, con Evo Morales a la cabeza.

Se espera que el nuevo presidente dé un viraje hacia la derecha —según los analistas—, aunque sin abandonar el centro, tan despreciado por los regímenes populistas. Ni qué hablar de la “pluriporquería” con la que Fidel Castro definía a la democracia. Al parecer, Paz procura transmitir un mensaje de moderación, manteniendo distancia tanto de las teorías económicas de Milei en Argentina como del desastre y la corrupción del kirchnerismo.

Aunque aún es temprano para evaluar acciones que ni siquiera se han iniciado o anunciado en la mayoría de los casos, todo indica que el giro al centro en Bolivia es altamente saludable para el país y para la región. Sería una señal positiva para el subcontinente, que pondría fin al populismo de izquierda sin caer en el ultraliberalismo de Milei, Trump o Bolsonaro.

En síntesis, se perfila un centrismo como tercera vía ante los extremos: una economía de mercado —¿podría haber otra?— sin perder de vista las demandas legítimas de amplios sectores del país, pero basada en acciones que aseguren sustentabilidad, en lugar de gastar lo que no se tiene al grito de la tribuna. Un Estado reducido en lo posible y lo necesario, y una actividad privada vigorosa como motor de inversión y empleo.

Todo muy bien, por cierto. Pero los detalles —que son los que definen el partido, que recién comienza— se verán en la cancha. Y todavía queda mucho paño por cortar.