A pocas horas de haber presentado la nueva estrategia de seguridad, un documento que incluye las definiciones sobre la estrategia local y global, coyuntural y de mediano y largo plazo, el Trump que ejerce el liderazgo acumuló derrotas significativas en Indiana, en Virginia y en la puja por imponer inconsultamente sus criterios en cuestiones ideológicas y tácticas.
Buena parte de esas controversias no se reducen a un simple choque de personalidades, sino a cuestiones de fondo, de respeto a derechos laborales consolidados y ahora amenazados, como el derecho a la negociación colectiva.
Este capítulo de nuevas asperezas ya no son escaramuzas, más bien son expresión de inconformidades por políticas que han reportado división y terminaron en votación dividida, llevando la peor parte los leales a Trump. Y han sentado no una sino varias situaciones en las que los republicanos han votado directamente contra imposiciones de Trump. Pero en el bando de los que enfrentaron a un terco presidente no había solo moderados sino leales con destacado protagonismo en tiempos recientes.
Hay en el ecosistema de Washington un desfasaje de agendas en las que los legisladores transitan a su propio ritmo y urgencias, a pesar de las recriminaciones de los leales que no han logrado imponer la autoridad presidencial. ¿Será una cuestión circunstancial o son expresiones de un cierto hartazgo que como mancha de aceite comenzó a expandirse y ya resulta algo más que un contratiempo? Parece que se inició el fin de un ciclo de apogeo, marcado por el debilitamiento, acelerado o no, de un accionar y carácter voluble e impredecible.
La nueva estrategia
La administración Trump presentó su tan anunciada nueva estrategia de seguridad, expuesta en la Estrategia de Seguridad Nacional, pero pocos creen que se trata de un documento como otros similares. Se parece más a una declaración de aspiraciones, en tanto “esos valores son vandalismo contra aquello que ha hecho que los Estados Unidos de América sean fuertes, seguros y prósperos”.
Un texto voluntarista que por esa vía pretende imponer una visión que procura reconciliar el dominio global de Estados Unidos prescindiendo del retroceso de su papel global. Un texto más que un documento, y unas ambiciones escasas en tanto desliza contradicciones. Por ejemplo, tanto promueve como critica el intervencionismo y la multilateralidad.
Trump pretendió laudar dicha inconsistencia con una frase versátil e intrascendente: “en todo lo que hacemos, ponemos a Estados Unidos en primer lugar”. Sólo para Trump el texto es una “hoja de ruta para asegurar que Estados Unidos siga siendo la nación más grande y exitosa de la historia humana”.
Él o los redactores no se privaron de lanzar críticas sin fundamentar ninguna. Por ejemplo, ataca el orden global liderado por Estados Unidos después de la Guerra Fría y va incluido como justificación para un cambio de “paradigma”.
Dice el documento: “nuestras élites calcularon muy mal la disposición de Estados Unidos a cargar para siempre con responsabilidades globales a las que el pueblo estadounidense no veía conexión alguna con el interés nacional”. Incluye ideas nacionalistas blancas relacionadas con la teoría conspirativa del Gran Reemplazo, y en otras líneas advierte sobre la “aniquilación civilizatoria” en Europa y propone la restauración de la “identidad occidental” del continente.
En el documento, se divide la visión del mundo de la administración Trump en cinco regiones, con indicaciones y principios para aliados, socios, adversarios y todos los demás en cada una de ellas.
El reenfoque acerca de la influencia sobre su entorno inmediato (una de las primeras y más destacadas partes de la estrategia) ha sido anticipado durante meses, incluso a principios de esta semana cuando la administración publicó un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe de 1823, afirmando que “el pueblo estadounidense (no las naciones extranjeras ni las instituciones globalistas) siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio”.
La estrategia desnuda que está al servicio de la mayor prioridad de Trump: frenar el flujo de personas y drogas a través de las fronteras estadounidenses. Aquí se desluce más el texto, cuando se sobreponen y confunden seguridad, diplomacia y negocios, todo como uno. Se explicita que “todo funcionario del gobierno que interactúe con estos países debe entender que parte de su trabajo es ayudar a las empresas estadounidenses a competir y tener éxito”. Queda claro que “la” estrategia tiene por propósito neutralizar la influencia de China en América Latina. Todo ello sin nombre propio pero es una obviedad.
El plan de Trump es reunir aliados y socios para disuadir a su detractor estratégico, a su mayor competidor. “Para prosperar en casa, debemos competir con éxito allí y lo estamos haciendo”, dice, destacando los acuerdos de Trump con Japón, Corea del Sur y otros países del sudeste asiático durante su viaje de octubre a la región.
Aunque el texto apenas lo menciona, todas esas son expresiones del “Corolario Trump”. Dos pilares serían el reequilibrio económico y la disuasión militar. Para ello promueve que los aliados “le colaboren”. Ejemplo de ello son las fricciones con la Unión Europea: recaudar para disminuir el inmenso déficit comercial y la necesidad de nuevos fondos frescos para reducir el rojo de sus presupuestos.
A modo de ejemplo, el déficit presupuestario creció a 1.833 billones de dólares para el año fiscal 2024. Unas anotaciones más para dimensionar la crisis de viabilidad: los intereses de la deuda federal superaron el billón de dólares por primera vez y creció el gasto para el programa de jubilación de la Seguridad Social, la atención médica y el ejército. Ese déficit se sitúa en el puesto 177 entre 193 países del ranking de déficit respecto al PBI ordenado de menor a mayor.
Y para que no queden dudas, “esta administración está dedicada a utilizar su posición de liderazgo para implementar reformas que aseguren que sirvan a los intereses estadounidenses”.
Respecto a su estrategia hacia Oriente Medio, toma distancia del viejo objetivo estadounidense de promover la democracia no por imposición sino como búsqueda propia, cuando se manifieste.
Que quede tan claro como ha sido escrito: “buscamos buenas relaciones y relaciones comerciales pacíficas con las naciones del mundo sin imponerles cambios democráticos u otros cambios sociales que difieran ampliamente de sus tradiciones e historias”.
Y dice algo más importante; “los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria han terminado afortunadamente, no porque Oriente Medio ya no importe, sino porque ya no es el irritante constante y la fuente potencial de catástrofe inminente que alguna vez fue”. Y augura; “está emergiendo como un lugar de asociación, amistad e inversión, una tendencia que debe ser bienvenida y alentada”.
De la lectura y del mkt de presentación, podría concluirse que Trump está primero, que apenas se intuye hacia dónde se va, y que todos trabajan para el jefe.
