Días atrás nuestra ciudad ha sido el escenario de situaciones de violencia en instituciones tanto educativas como de salud. Estos hechos nos invitan a la reflexión: ¿qué nos está pasando como sociedad que suceden estos acontecimientos?
Para comenzar esta nota cito a la psicóloga y especialista en estudios sociales Mayte Guzmán Pimentel y su obra “La violencia como fenómeno humano”. Esta autora plantea que la violencia no es un acto aislado ni un rasgo individual, sino un fenómeno multicausal donde no podemos caer en el simplismo para analizar un fenómeno complejo.
Muchas veces la violencia emerge cuando otros lenguajes se han agotado: emocionales, sociales y comunitarios. Lo que sucede en escuelas o instituciones no “nace de la nada” sino que refleja tensiones mayores: frustración, desigualdad, falta de escucha y vínculos debilitados. Cuando niños o adolescentes irrumpen con conductas agresivas, con burlas, amenazas o estallidos impulsivos, lejos de ser un problema individual suele estar reflejando una trama de carencias emocionales o vinculares que el entorno aún no supo leer. Un entorno que va desde la familia hasta el ámbito colectivo.
Lo que no se ve pero se siente
Muchas veces como lectores, consumidores de información o afectados por una situación, hacemos lecturas apresuradas del fenómeno. Esta autora, Guzmán Pimentel, afirma que toda violencia habla de un sufrimiento previo.
En escuelas este sufrimiento puede tomar forma de aislamiento, hostilidad entre pares, desbordes emocionales o silencios persistentes. Como sociedad, muchas veces, solemos reaccionar tarde, cuando el conflicto ya escaló.
En el caso de cualquier tipo de violencia “las dinámicas violentas se gestan mucho antes de que aparezca el primer golpe”, expresa Pimentel.
En la falta de modelos de resolución pacífica, en la naturalización del maltrato verbal o en instituciones que no logran contener o dar respuestas a quienes más lo necesitan.
Aulas saturadas, docentes exhaustos, familias sobrecargadas emocionalmente y jóvenes que transitan su desarrollo con algoritmos, acompañados de redes sociales virtuales y no de presencias reales dentro de contextos inciertos, conforman una ecuación que no puede pasar inadvertida.
Romper el ciclo: la responsabilidad es colectiva
Desde la psicología clínica y social, sabemos que intervenir la violencia requiere de algo más que sanciones, es necesario comprenderla.
Cabe destacar la nueva ley Número 9099 de la provincia de Mendoza, Argentina. Es una reforma normativa sobre Responsabilidad Parental en el Acoso Escolar, donde los padres van a ser sancionados con multas económicas o trabajos comunitarios si no toman medidas sobre las conductas de sus hijos.
Además del marco legal está el comunitario, donde la prevención debe incluir espacios reales de participación estudiantil, mediación escolar, educación emocional y fortalecimiento del sentido de pertenencia.
Es importante que la comunidad entera –familias, docentes, estudiantes, equipos técnicos– se sientan parte del mismo proceso.
Reflexionemos:
¿Cómo estamos viviendo juntos?
Es un llamado a la reflexión comunitaria y personal. ¿De qué manera me vinculo con el otro? ¿Qué valores estamos transmitiendo a nuestros hijos, qué tipo de escucha? ¿Me conecto más al celular o a mi hijo/a?
Miremos los hechos con humanidad, sensibilidad y responsabilidad. No solo para señalar errores sino para crear nuevos caminos generando nuevas redes de cuidado.
Cuando la violencia habla, lo hace en nombre de muchos. Escucharlos y visibilizar el fenómeno es el primer paso para la transformación social. (097352937).

