Ya sobre el cierre del año, con la hora de los balances cerrando y más aún, con un nuevo año en ciernes y el marco de incertidumbre que siempre rodea lo que está por venir –sobre todo con el agregado que implica cerrar un primer año de cambio de gobierno– la lógica indica que del análisis de donde estamos parados surjan las perspectivas que se presentan a nuestro país para el año que viene y el futuro inmediato.
Y según surge de los análisis de economistas de sólida reputación –también se ve más o menos en la vida diaria– la política económica en el primer año del gobierno de Yamandú Orsi ha tenido mucho de continuidad de la del gobierno anterior, con la salvedad, además, de que por más voluntad o voluntarismo que se tenga, no hay mucho margen de maniobra para innovar.
Tenemos así que en este 2025 ya feneciendo, la política económica –como ha quedado además consolidado en el presupuesto quinquenal– no parece seguir un rumbo voluntarista, sino que hay un intento de mantener en orden –dentro de lo posible– las cuentas del Estado, para tener una base firme de trabajo, como es el marco característico de todo economista criterioso, apuntando a atender la realidad antes que procurar el aplauso fácil del momento, pero comprometiendo el futuro.
En 2025 ha habido prácticamente un estancamiento del Producto Bruto Interno (PBI) y el empleo, sobre todo en el segundo semestre, en tanto la inflación se ha seguido moderando y circunscripto a las previsiones del rango meta del Banco Central del Uruguay.
Como ha sido la constante desde hace varios años, nuestro país sigue padeciendo serios problemas de competitividad, por sus altos costos internos y un tipo de cambio que favorece las importaciones, pero que a la vez sirve como ancla para la inflación, en un esquema que han aplicado ya gobiernos de todos los partidos, más allá de algún maquillaje de ocasión que no ha movido la aguja. Nada nuevo bajo el sol, tampoco anuncios de reformas relevantes para cambiar la pisada en una u otra dirección, aunque se mantiene en este esquema un déficit fiscal alto, en torno al 4,5 por ciento del PBI, lo que viene ya arrastrándose desde la administración del exministro de Economía Daniel Astori, pasando por el gobierno de Luis Lacalle Pou.
Este escenario no hace pensar que pueda haber grandes cambios en este 2026, salvo algún golpe significativo que venga del exterior, para bien o para mal, y de acuerdo a los apuntes del economista Aldo Lema en el suplemento “Economía y Mercado” del diario El País, para 2026 desde el entorno global “se proyecta más de lo mismo”, por lo que en principio aparecen descartados los peores escenarios asociados a la renovada guerra comercial promovida a través de los aranceles de Donald Trump, aunque por otro lado tampoco habría mayor impulso extrarregional y seguiría alineado a lo visto este año.
Entre otros aspectos, menciona que el crecimiento económico global seguiría por debajo del promedio histórico, las condiciones financieras serían menos restrictivas pero riesgosas, el dólar global se asume relativamente estable, los precios de exportaciones serían iguales o peores que el último año y la inversión extranjera directa parece poco probable que se recupere hacia Uruguay, con países en la región que aparecen como más atractivos para captar estos capitales.
Es decir, con un escenario semicongelado y margen de maniobra hiperacotado, es improbable que se revierta el deterioro en las expectativas económicas de empresarios y consumidores registrado en 2025 y todo parece indicar que se seguiría en el enlentecimiento constatado en el segundo semestre de 2025.
Coincide con este diagnóstico el economista Ignacio Umpiérrez, en el sentido de que “el 2026 sería un año alineado a la nueva normalidad uruguaya de las últimas décadas: deslucida, poco ambiciosa y sin encarar problemas de fondo”, de acuerdo a lo que resume en la nota publicada también en el mencionado suplemento de economía.
“De cara al 2026 no se observan señales firmes de un impulso externo o doméstico, sino más bien de vuelo bajo”, señala, a la vez que destaca que en lo que refiere al escenario externo “las perspectivas son menos negativas que en abril, tras los anuncios arancelarios de Trump, pero siguen sin ofrecer viento a favor, sin que se destaquen hasta ahora sorpresas positivas desde nuestros principales mercados de de bienes, servicios e inversiones, como China, Estados Unidos y Europa. Los precios de las materias primas alimenticias, por otro lado, y el petróleo seguirán siendo volátiles –esto es, con amplio margen de imprevisibilidad– debido a la oferta, aunque la carne podría mantener precios estables, en tanto desde el punto de vista del arrastre regional, habrá mejores perspectivas por el lado de Argentina que de Brasil.
El tema del Uruguay caro se mantendrá por bastante tiempo, además, porque no hay a la vista ninguna perspectiva de avance o siquiera proyecto de reformas estructurales que permitan cambios significativos desde este punto de vista, y al respecto, Umpiérrez cita incluso un claro ejemplo de inamovilidad y dependencia estructural: el precio de un barril de petróleo medido en pesos uruguayos cayó un 30 por ciento a lo largo del año, pero en el mismo período la nafta súper y el gasoil disminuyeron menos del uno por ciento en el surtidor, lo que nos deja al margen de todo abaratamiento interno de costos. Un ejemplo claro de lo poco que se puede esperar en un país donde el Estado caro depende de la recaudación, y no se va a soltar fácilmente lo que se percibe al contado por impuesto a los combustibles, entre otros factores.
Lo que indica que difícilmente se promueva algún cambio estructural en el horizonte cercano, y que es altamente probable que se siga pateando la pelota hacia adelante, como ha sido la constante en los sucesivos gobiernos, por encima de su ideología y prédica electoral.

