Se ha caído el acuerdo Mercosur-Unión Europea. Luego que en los últimos meses se repitiesen señales y discursos favorables respecto a la concreción de un acuerdo que lleva madurando nada menos que 26 años, las presiones del sector agropecuario sobre el gobierno francés, que éste transmitió al seno del bloque europeo, que a su vez encontraron eco en gobiernos con exacerbadas visiones nacionalistas, terminaron por impedir la suscripción de un entendimiento que ambas partes habían considerado conveniente, aun pese a que para algunos era más conveniente que para otros.
Hoy los países del Mercosur celebran en Foz de Iguazú, en Brasil, la cumbre regional en la que se espera la presencia de las máximas autoridades europeas para estampar la rúbrica, pero quedarán como una novia —o un novio, si prefieren— abandonada al pie del altar. Según publicó ayer el diario El País, Ursula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, tenía hasta el pasaje comprado para llegar a la reunión para participar del histórico momento.
El diario Folha, de San Pablo daba cuenta del malestar de Luiz Inacio Lula da Silva, quien ejerce por estos días la presidencia pro tempore del bloque regional y su advertencia de que “Si no lo hacemos ahora, Brasil no firmará más acuerdos mientras yo sea presidente. Es bueno saberlo: llevamos 26 años esperando este acuerdo. Es más favorable para ellos que para nosotros”. Además indicó que en una conversación telefónica entre Lula y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, se decidió una postergación de la firma. Menoni pidió un mes de plazo para convencer a los agricultores italianos de que aceptaran el acuerdo entre la UE y Mercosur. Poco después fue la misma Von der Leyen quien informó a los líderes del bloque europeo que el tratado ya no se firmaría hoy y que ya no tenía sentido realizar el viaje.
Hasta el miércoles todo parecía encaminado. El Consejo y el Parlamento Europeo alcanzaron un acuerdo para adoptar una serie de salvaguardas propuestas para reforzar la protección de los agricultores del viejo continente para el caso de que se concretase el acuerdo de libre comercio.
Unos 15.000 agricultores procedentes de diferentes países recorrieron el jueves las calles de Bruselas, bloquearon accesos por carretera a la capital belga y provocaron una congestión de tráfico en buena parte de la ciudad. Los manifestantes integran unas 40 organizaciones reunidas bajo el paraguas del Copa-Cogeca, la mayor entidad agraria de la Unión Europea.
El 28 de junio de 2019, en la cumbre del G20 de Osaka, y después de dos décadas de idas y vueltas, se anunció la firma de un principio de acuerdo para la firma de un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. El 6 de diciembre de 2024 culminaron las negociaciones y aunque transcurrido más de un año, los textos definitivos no se han firmado, en gran parte debido a la oposición de algunos socios, principalmente Francia. “Espero que nuestros socios en Latinoamérica tengan paciencia”, lamentó el presidente de la comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo. Son 26 años de negociaciones, de pronto un mes más no parece ser la gran cosa, puesto en contexto, pero la sensación es de que esta vez ha sido la más frustrante, porque todo parecía realmente encaminado. Por eso esta vez el fracaso tenga más sabor a definitivo que antes. Así lo transmite una columna de opinión que en la página web de la Deutsche Welle (dw.com) firmó Günther Maihold, experto alemán en relaciones internacionales, en la que cita a la portavoz de la industria automotriz alemana al decir que “El mundo no espera a Europa”. Agrega el autor que, “aunque solo se trataría de unas pocas semanas, esto dañaría la reputación de la economía europea y, en especial, la de Alemania como país exportador. A pesar de que quiere presentarse internacionalmente como una economía europea fuerte, la Unión Europea estaría enviando una señal de debilidad ante la presión de los agricultores europeos”. Sin embargo, mayor importancia aun le otorga al factor de que “la Unión Europea está poniendo en juego su credibilidad como socio negociador de acuerdos comerciales, sobre todo cuando este acuerdo ya tiene 25 años de negociaciones a sus espaldas”. Agrega en el mismo artículo que “en la justificación para mantener vigente el diseño inicial de una negociación interregional, siempre se insiste en que este acuerdo crearía un mercado de más de 700 millones de consumidores, lo que lo convertiría en una de las zonas comerciales más grandes del mundo. Sin embargo, al mismo tiempo, tiene implicaciones adicionales que van más allá de la apertura de nuevas oportunidades para las empresas y el refuerzo de la competitividad, ya que la Unión Europea desea acceder a mercados y materias primas importantes”.
Ya lo decía Lula, para ellos es incluso más conveniente que para el Mercosur, que estampa en el papel su rol de proveedor de materias primas y el de Europa de exportador de productos industriales. Y sin embargo también para nuestros países es conveniente, no en vano llevamos más de cuarto de siglo sosteniendo el ramo de flores esperando el sí.
Para la misma Francia es muy conveniente este acuerdo, su industria, como la de toda Europa afronta en condiciones muy desiguales una competencia contra dos potencias que se expanden y van dejando poco lugar. Un tratado de este tipo maquillaba diferencias y permitía seguir en el juego con la calidad indiscutida y reconocida, en mejores condiciones. Sin embargo el gobierno de Macron, como los anteriores en todo este tiempo, se ha dejado torcer el brazo por el sector primario, un sector que históricamente ha sido considerado estratégico y que por ello ha gozado de condiciones excepcionales, afrontando regulaciones cada vez más estrictas desde el punto de vista ambiental, es cierto, pero con protecciones como en pocos lugares del mundo. Protecciones que difícilmente caigan de aquí a un mes.
