Lo sucedido en Venezuela es el certificado de defunción del liderazgo de Lula en Sudamérica. Su complicidad ideológica con Maduro terminó destruyendo el Acuerdo de Barbados y dejó un vacío de poder que aprovechó Donald Trump para erigirse como el salvador de los opresores del pueblo de Venezuela. Fue la inacción de Brasilia la que le abrió la puerta a la intervención norteamericana.
La posición de nuestro gobierno es decepcionante; como furgón de cola de Brasil… porque no tuvo el coraje de condenar a la dictadura de Maduro y los miles de presos políticos del régimen, pero en cambio salieron rápidamente a rechazar la operación estadounidense para capturar al dictador que mal que nos pese, será el puntapié del proceso de reconstrucción democrática del país caribeño.
Esto deja al desnudo también la más absoluta irrelevancia de la comunidad internacional y de organismos como la ONU, la OEA la CELAC, que son estructuras burocráticas que sirven para cócteles y comunicados vacíos, pero que han demostrado ser totalmente incapaces de prevenir o garantizar una transición democrática real, resultando cómplices del sometimiento a una tiranía despiadada al pueblo de Venezuela.
La parálisis e indefinición internacional favoreció al régimen de Maduro para que pudiera consolidarse determinando que la única respuesta posible haya sido el uso de la fuerza para extraer al tirano.
Lamentablemente el derecho internacional es letra muerta, porque quienes debían proteger a Venezuela prefirieron mirar hacia el costado y he aquí las consecuencias. Hoy más que nunca los orientales tenemos que tener presente la frase de nuestro prócer el general Artigas: “La cuestión es solo entre la libertad y el depotismo”.
Marcelo Tortorella

