Aceite hirviendo
En todo el mundo ya se sienten las secuelas, y aunque Uruguay es un país netamente importador, y en sí los volúmenes que manejamos nos permiten tener cierto margen antes de tomar decisiones, estas van a tener que llegar, porque el cimbronazo será grande, especialmente en actividades muy demandantes de combustible y en las que los números de rentabilidad estén ajustados, y en especial en sectores que tienen efecto de traslado al resto de la economía, como el transporte.
El aumento en el precio del gas natural ya está afectando a los precios de minoristas en Estados Unidos y Europa y el de las naftas ha tenido las mayores subas en años.
En este conflicto la industria petrolera es tan relevante que hemos tenido cruces de amenazas de ataques contra la infraestructura. Arabia Saudita ha reportado la intercepción de drones dirigidos a sitios estratégicos de su producción, a la vez que analiza caminos alternativos para la distribución hacia un mundo que mira preocupado, cada vez más preocupado.
Mientras en nuestro país la oposición anuncia que citará a comisión en el Parlamento a la ministra de Industria, Energía y Minería para escuchar sobre planes de contingencia, en China el Gobierno ordenó detener la exportación de combustibles y Corea del Sur estudia topear los precios.
Hoy el principal impacto con estas idas y vueltas lo están sufriendo los países asiáticos que tienen una extrema dependencia del petróleo de la región en conflicto. Aunque para el resto del globo el impacto también grave, por las reacciones del mercado a la guerra con importantes aumentos de precios. Un ejemplo de ello es Brasil, donde esta suba desató una serie de sacudones no solamente económicos sino además políticos. Trascendió que minoristas e importadores privados de combustible están exigiendo al gobierno que la estatal Petrobras suba los precios, bajo advertencia de provocar un desabastecimiento en el mercado. Esta semana algunas de estas empresas tuvieron subas en los precios de más de un 8%.
Como contrapartida, la Senacon (Secretaría Nacional del Consumidor), del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, envió una carta al Consejo Administrativo de Defensa Económica (CADE) solicitando se analicen los recientes aumentos en los precios del combustible registrados en cuatro estados y el Distrito Federal. Pero no para ahí, porque la Confederación Brasileña de Agricultura y Ganadería (CNA), entidad que representa los intereses del campo en el vecino país, solicitó al Ministerio de Minería y Energía que aumente de manera urgente la mezcla obligatoria de biodiésel con gasoil como una forma de asegurar el abastecimiento interno del combustible a precios razonables. La mezcla obligatoria en Brasil es del 15% y CNA pidió que sea elevado al 17%, ante el aumento de los precios internacionales del petróleo.
En estos días el periodista especializado en temas económicos Nicolás Lussich publicó un análisis sobre los posibles impactos en nuestro país. Como es sobradamente sabido, y hasta que se demuestre lo contrario –y los ambientalistas los permitan–, Uruguay no tiene petróleo y por lo tanto debe importarlo. Apunta Lussich que las importaciones anuales están en el entorno de los 15 a 16 millones de barriles. “Haciendo una cuenta muy gruesa —y simplemente ilustrativa— si hay un aumento de 30 dólares por barril en el precio —digamos de 70 a 100 en el Brent— y el alto precio persiste por unos 6 meses, el país puede ver aumentado su gasto en importaciones de petróleo en más de 200 millones de dólares”.
Pero, como señalábamos previamente, los aumentos en los combustibles se trasladan a otros sectores de la economía rápidamente, lo que tendría inevitablemente efecto inflacionario. “Es bastante obvio que si el petróleo sigue en estos niveles se deberá procesar alguna corrección en el precio de los combustibles. Esto sería de la mayor lógica: si algo escasea, una manera directa de estimular su uso eficiente es la suba de su precio —principio básico de economía, que a veces se omite, generando graves pérdidas y distorsiones—; por supuesto, el Poder Ejecutivo tiene la posibilidad de regular y matizar esto según el escenario económico general y atento a los tiempos de decisión. Siempre hay cierto margen de maniobra, aunque en Uruguay es acotado”. Agrega el colega a su evaluación que “este ‘shock’ petrolero llega además en momentos en que la economía uruguaya muestra pocos síntomas de crecimiento” y con una baja capacidad de amortiguar el impacto. Esto se ha visto reflejado en los números presentados por la Cámara de Comercio y Servicios respecto a la actividad en el último trimestre del año, un período que suele tener un impulso importante tanto en el comercio como en los servicios por las fiestas tradicionales, el inicio o la preparación de la temporada veraniega y el pago de los medios aguinaldos. Así y todo los números fueron a menos.
No es la idea pecar de pesimistas ni nada parecido, pero no podemos dejar de llamar la atención respecto a que el presupuesto que elaboró el actual gobierno asumió un punto de partida sumamente optimista, basado en un supuesto crecimiento de la economía al que no se estaría llegando. Y aunque está planteado hubo un incremento de la recaudación a través de nuevos impuestos y ajustes en los ya existentes, aun así la sábana puede quedar corta. Estaba asumido el riesgo, imaginamos, de que ese crecimiento proyectado no fuese tal y que el presupuesto quinquenal no pueda financiarse “orgánicamente” y haya que recurrir al endeudamiento, que tan a mano tiene el país y en condiciones convenientes gracias a la reputación construida desde el comienzo de este siglo. Pero aunque amigable y envuelto en papeles de colores, el endeudamiento sigue siendo endeudamiento, el viejo y querido patearla para adelante.















