Escribe Ernesto Kreimerman: La violencia nunca es solución, es fracaso

La tragedia siempre nos toma desprevenidos: llega como una ausencia que se instala, un golpe brutal que nos deja incompletos, aturdidos. Todos esos segundos iniciales se vuelven un caos imposible de ordenar.
Ya han pasado diez largos años del asesinato de David. Un crimen de odio que estremeció a Paysandú. La indignación fue la respuesta de los sanduceros y de los uruguayos. La bestialidad provocó una reacción inmediata y unánime.
Pero un crimen de odio aquí, en Paysandú, y hace una década ya, es muy otra cosa. Aún hoy resulta difícil de concebir. Pero sucedió… Y de un homicidio pasamos a una excepción de inimputabilidad. Se me viene al presente lo que relatara con increíble realismo Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, cuando confiesa uno de los mellizos Vicario: “No te imaginas lo difícil que es matar a un hombre”. Pero cuando se trata de un crimen de odio, cuando se anuncia a gritos “voy a matar a un judío”, es diferente. Es una renuncia moral aceptar que, a nuestro alrededor, en nuestra tranquila ciudad, alguien ha guardado en su corazón el odio suficiente como para acometer esa temeraria acción. Y no hubo arrepentimiento.

David Fremd no fue una víctima colateral ni un daño accidental. Fue el objetivo de un asesinato por odio. Paysandú reaccionó, salió de su sorpresa y dio una respuesta digna. Nada volvería a ser como antes, pero el común de los ciudadanos apeló a esa reserva moral de la que los sanduceros siempre han dado muestras a lo largo de la historia.
La ciudad se envolvió en un abrazo solidario y salió a las calles. Se hizo oír y se la oyó en todo el país. El dolor era inmenso, tanto como la dignidad de la respuesta. Y aunque todo ello signifique mucho para todos, y especialmente para la familia, el drama de la muerte es irreparable.
Ahora mismo quiero recordar la reacción dolida y serena del núcleo familiar de David. Fue y es un ejemplo que habla mucho de ellos y de los valores en los que se formaron.

Crimen de odio

Michel Foucault (1926–1984) fue un filósofo francés cuya obra exploró las relaciones entre poder, saber y derecho, con especial atención a los mecanismos mediante los cuales las instituciones producen normalidad, exclusión y violencia.
Para este autor, el derecho no aparece como un límite neutral a la violencia, sino como uno de los dispositivos que la organizan, la distribuyen y, en ocasiones, la legitiman. El crimen de odio no irrumpe fuera del orden jurídico: se inscribe en una red de discursos, prácticas y silencios que producen cuerpos vulnerables antes de que sean atacados.
En otras palabras, para Foucault el derecho no es un refugio moral, sino un campo de batalla. Su pensamiento, incómodo e insumiso, atento a los márgenes, muestra cómo la violencia no irrumpe desde afuera, sino que se organiza en dispositivos, discursos y normalizaciones. El crimen de odio no es una anomalía: es el punto donde el poder deja ver su rostro más desnudo.

Arendt

Aunque, para no pocos, el mundo occidental ha procesado muy mal su evolución hacia una democracia integradora e inclusiva, derivando esos esfuerzos hacia la deshumanización y la negación del mundo común. Hannah Arendt reflexiona sobre ello en su libro Los orígenes del totalitarismo, publicado en 1951, adelantándose a la explosión del problema. Se ocupa, para resumirlo de algún modo, de la pérdida del mundo común y de la producción de seres superfluos. Se adelantó a un fenómeno que era incipiente por entonces, pero que marcaría más tarde un momento devaluado de la humanidad, en el que ahora mismo estamos inmersos.
En Hannah Arendt, la violencia extrema no se explica por la intensidad del odio individual, sino por la destrucción previa del mundo común. Antes del crimen ocurre una operación política decisiva: ciertos sujetos son privados del espacio de aparición donde la palabra y la acción los constituyen como iguales entre iguales.

El crimen de odio se inscribe en esa lógica de “desmundanización”. No es un acto irracional, sino el resultado de un proceso en el que la pluralidad, como condición ontológica de lo político, es negada y la diferencia es transformada en amenaza. Allí donde alguien deja de contar como parte del mundo, su eliminación se vuelve pensable.
Para Arendt, esta exclusión no es un fenómeno marginal, sino un síntoma de una crisis política profunda. Cuando una comunidad acepta que algunos pueden ser tratados como superfluos, no solo se vulnera a las víctimas directas: se erosiona la estructura misma de lo común.
En ese sentido, el crimen de odio no representa un exceso del orden, sino su fracaso. Señala el punto en que el conflicto político ha sido sustituido por la eliminación, y donde la violencia ocupa el lugar que debería pertenecer al juicio y a la responsabilidad compartida.
En resumen, Hannah Arendt sostiene que antes de la destrucción física de una persona ocurre la destrucción del mundo en el que esa persona puede aparecer como sujeto político, como sujeto social. Sobre estas reflexiones trata Los orígenes del totalitarismo (1951), que referí antes y que encuentra una síntesis consistente en esta conclusión: “La privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta primero y sobre todo en la privación de un lugar en el mundo”.

Recuperar la convivencia

Vivimos un tiempo involutivo en términos de convivencia democrática, porque se han debilitado los acuerdos mínimos que permiten vivir con el desacuerdo. La pluralidad, que es el corazón de la democracia, se percibe cada vez más como amenaza; el conflicto político se desliza hacia la descalificación moral y la diferencia se vuelve sospecha. No es solo una crisis institucional, sino una crisis de reconocimiento: cuesta aceptar que el otro tenga derecho a existir, a hablar y a disentir. Y para ello vale mentir y quebrar todos los límites.
Al mismo tiempo, este retroceso no es lineal ni definitivo. La democracia no muere solo por golpes espectaculares, sino por erosión cotidiana; y del mismo modo se sostiene en prácticas pequeñas pero persistentes. Allí donde aún hay palabra, organización, memoria y exigencia de derechos, el mundo común no está perdido. La conflictividad actual también revela que amplios sectores ya no aceptan exclusiones naturalizadas.

El mensaje realista y alentador es este: la democracia no es un estado alcanzado, sino una tarea frágil y siempre inacabada. Precisamente porque hoy se la discute, se la tensiona y se la pone en riesgo, sigue siendo un horizonte vivo. Recuperar la convivencia no exige unanimidad, sino responsabilidad compartida: volver a disputar el sentido de lo común sin renunciar a la pluralidad que lo hace posible.
Vivimos este retroceso de la convivencia democrática en un contexto marcado por una deriva bélica suicida e irresponsable, donde la guerra vuelve a presentarse como solución y no como fracaso. En ese clima, el mundo común se estrecha, la palabra se endurece y la violencia impone una absurda legitimidad allí donde debería aplicarse el juicio político y la responsabilidad colectiva.
Por todo ello, hoy y todos los días, David está presente.