La Junta Departamental se encaminaba esta madrugada a aprobar en general el presupuesto departamental con 21 votos a favor, del Partido Nacional y el Partido Colorado. En tanto, el intendente Nicolás Olivera seguía la sesión desde su despacho, acompañado por algunos directores, probablemente para el caso de que tuviera que subir a la Junta, como ocurrió con el tratamiento del campus universitario y la residencia estudiantil.
Roberto Ciré, coordinador del Frente Amplio, anunció que de todas formas iban a votar en particular la mayoría de los 167 artículos, pues “solamente no votaremos 43”.
La sesión extraordinaria –y por tanto sin límite horario– se pareció más a un conflicto multilateral que a un análisis estrictamente técnico del proyecto presupuestal enviado por el Ejecutivo. Por un lado, el Frente Amplio se plantó en frontal oposición y sostuvo que el texto consolida un modelo recaudador, concentrador de poder y socialmente regresivo. Por otro, el oficialismo salió a defender el presupuesto como una herramienta de gobierno, de planificación y de continuidad de la gestión iniciada en 2020. Y, en paralelo, también quedaron expuestas las diferencias dentro del propio bloque que respalda al intendente, con un Partido Nacional dividido entre el sector de Nicolás Olivera y Paysandú para Arriba, y con un David Helguera que, desde el Partido Colorado, resolvió jugar con perfil propio y hasta desmarcarse de las objeciones que su propia fuerza le hizo llegar a último momento. “Quédense tranquilos porque es mi responsabilidad; yo me llamo Helguera y nadie me mandata. El pueblo me mandató”, dijo en una de las frases más fuertes de la noche. Lejos de un debate acotado a artículos, rubros y planillas, la noche y la madrugada derivaron en una discusión política áspera, con acusaciones cruzadas de “relato”, “impuestazo”, “clientelismo”, “oportunismo electoral”, “violencia política y misógina” y hasta reproches por la interna oficialista. En varios pasajes, el tono fue más el de una batalla por fijar el sentido político de la votación que el de una deliberación técnica sobre el presupuesto quinquenal.
“PRIMERO LA GENTE, DESPUÉS EL RELATO”
La defensa más cerrada del proyecto la realizó Andrés Silva (Partido Nacional) quien buscó presentar el presupuesto como una decisión política orientada a sostener obras, servicios y programas. “Primero está la gente y después el relato”, afirmó al inicio de su exposición, antes de subrayar que “un presupuesto no es una planilla de números”, sino “una decisión ética y política”. Sobre esa base, rechazó con énfasis la idea de que el texto implique un “impuestazo” o una ofensiva contra los sectores más vulnerables. “Este presupuesto no ataca a los más vulnerables, no crea impuestos nuevos, no genera aumentos automáticos, mantiene exoneraciones y criterios sociales. Invierte para crecer y generar empleo. Decir lo contrario no es una opinión, es falsear la realidad”, sostuvo. Silva también buscó colocar al Frente Amplio en el lugar de una oposición negativa, incapaz de construir alternativas. Dijo que durante el tratamiento en comisión “no hubo ni una sola propuesta” integral y que la izquierda se limitó a rechazar. “Rechazan sin proponer. Y eso no es cuidar a la gente, es bloquear”, afirmó. En el mismo tono, sostuvo que mientras Paysandú atraviesa cierre de fábricas, pérdida de empleo y dificultades sociales, “las respuestas del gobierno nacional han sido nulas, han sido insuficientes”, y remató que el Frente Amplio local “propone frenar”. Para el nacionalista, la diferencia quedó nítida: “De un lado el bloqueo, el miedo, el relato y del otro lado va a estar la responsabilidad, la planificación, la inversión, el compromiso con la gente”.
“UN PLAN DE GOBIERNO DE ESPALDAS”
Pero la oposición no solo rechazó ese encuadre, sino que procuró desmontarlo de raíz. Desde el Frente Amplio, Verónica Villarreal desarrolló una de las críticas más estructuradas al proyecto, al definirlo como “un plan de gobierno de espaldas a los barrios” y “un ajuste local”. En su exposición cuestionó la sustentabilidad financiera del texto, denunció que se inflan cifras con recursos que no son propios de la Intendencia y sostuvo que el proyecto descarga sobre vecinos y trabajadores el peso de una administración que, a su juicio, no transparenta con claridad su situación real. “No hay modernización posible sobre el hambre del pueblo”, expresó, al rechazar además el proyecto de catastro departamental en los términos propuestos y al insistir en que el presupuesto abre la puerta a una mayor presión sobre los contribuyentes.
Villarreal fue todavía más dura cuando llevó la discusión al terreno institucional y sindical. Cuestionó el uso de fundaciones (refiriéndose concretamente a A Ganar) y estructuras paralelas para contrataciones, al considerar que eso debilita la carrera funcional, vulnera la transparencia y consolida mecanismos de afinidad política antes que de mérito.
“Se utilizan los recursos que envía el gobierno nacional para contratar militantes por la puerta de atrás”, afirmó. Y agregó que “esto es neto clientelismo financiado con fondos públicos”. También denunció que el presupuesto “constituye además un ataque directo al sindicato” de Adeyom, porque precariza el empleo y establece trabajadores “de primera y de segunda”. Para el Frente Amplio, detrás del discurso de modernización hay, en realidad, “disciplinamiento político sobre los trabajadores” y una estructura que protege a los círculos de confianza antes que a los servicios básicos.
“EN EL SILENCIO Y LA COMODIDAD”
Si Silva fue la voz de la defensa cerrada del proyecto, Helguera ocupó otro lugar, el de un aliado imprescindible, pero al mismo tiempo incómodo, dispuesto a apoyar el presupuesto después de haber negociado cambios y de dejar en claro que no obedecía ni al Frente Amplio ni tampoco ciegamente a su propio partido.
Desde el arranque rechazó con dureza el informe opositor, al que describió como un texto escrito “en el silencio y la comodidad de haber venido a estar tres meses sentado acá sin hacer ningún aporte”. Más adelante sostuvo que lo leído por la izquierda “parece una novela de otro país” y que “nada tiene que ver ni con lo que va a pasar, ni con lo que hemos venido haciendo”. Su tesis fue clara, el Partido Colorado trabajó desde enero, presentó propuestas, corrigió artículos y ayudó a poner freno a varios puntos del texto original. Helguera fue, además, particularmente duro con el Frente Amplio, al sostener que en tres meses “no hubo un solo aporte” y que la oposición jugó “para la tribuna”. Rechazó que se intentara responsabilizar al presupuesto departamental por la crisis laboral del departamento y afirmó que “todos los problemas de trabajo que son materia nacional” no pueden ser colocados sobre el intendente. Incluso apeló al archivo para recordar los presupuestos frenteamplistas en el departamento, que calificó como “un desastre”. Pero el momento más político de su intervención llegó cuando reveló que, minutos antes de la sesión, desde su partido le habían hecho saber reparos al presupuesto, y él resolvió responder con autonomía.
“Yo me llamo Helguera y nadie me mandata. El pueblo me mandató”, insistió, en un mensaje dirigido tanto hacia afuera como hacia adentro.
CAMPO DE DISPUTA IDEOLÓGICA
De ese modo, la sesión dejó expuestas no solo dos visiones antagónicas sobre el presupuesto, sino también varias capas de conflicto político superpuestas.
El Frente Amplio intentó instalar que se trata de un proyecto que recauda más, concentra poder, posterga respuestas estructurales y utiliza mecanismos opacos para sostener una lógica de privilegios.
El oficialismo respondió que no hay impuestos nuevos, que el presupuesto protege a la gente, mantiene exoneraciones, asegura previsibilidad y permite seguir gobernando en un contexto complejo.
Y, en un tercer plano, quedaron a la vista las tensiones en el bloque de apoyo al intendente, con sectores que acompañaron pero dejando constancia de sus diferencias y de su voluntad de marcar perfil propio.
Así, mientras los votos parecían encaminar la aprobación general del texto, la verdadera fotografía política de la madrugada fue la de una Junta cruzada por reproches de alto voltaje, donde el presupuesto funcionó a la vez como proyecto de gobierno, campo de disputa ideológica y espejo de una interna que sigue abierta. Más que una simple votación presupuestal, la sesión terminó mostrando un mapa de fracturas, alineamientos y pases de factura que probablemente seguirá teniendo consecuencias en los próximos días, meses y –¿por qué no?– años.

